- V -
Entre los seres hay unos que pueden existir aparte, y otros no
pueden: los primeros son sustancias; son, por consiguiente, las causas de
todas las cosas, puesto que las cualidades y los movimientos no existen
independientemente de las sustancias. Añádase esto que estos principios
son probablemente el alma y el cuerpo, bien la inteligencia, el deseo y el
cuerpo (459).
Desde otro punto de vista, los principios son por analogía idénticos
respecto de todos los seres, y así se reducen al acto y a la potencia.
Pero hay otro acto y otra potencia para los diferentes seres, y la
potencia y el acto no están siempre señalados con los mismos caracteres.
Hay seres, por ejemplo, que existen tan pronto en acto como en potencia,
como el vino, la carne, el hombre. Entonces los principios en cuestión
están incluidos entre los que hemos enumerado. En efecto, el ser en acto
es, por una parte, la forma, en caso que la forma pueda tener una
existencia independiente, y el conjunto de la materia y de la forma, y de
otra es la privación, como las tinieblas y la enfermedad. El ser en
potencia es la materia, porque la materia es lo que puede devenir o llegar
a ser uno u otro de los opuestos. Los seres, cuya materia no es la misma,
son en potencia y en actos distintos que aquéllos cuya forma no es la
misma, sino diferentes: de esta manera el hombre tiene por causas los
elementos, a saber: el fuego y la tierra, que son la materia; después su
forma propia; después otra causa, una causa externa, su padre, por
ejemplo, y además de estas causas el Sol y el círculo oblicuo (460), los
cuales no son ni materia, ni forma, ni privación, ni seres del mismo
género que él, sino motores.
Es preciso considerar que hay unos principios que son universales y
otros que no lo son. Los principios primeros de todos los seres son, de un
lado, la actualidad primera, es decir, la forma, y de otro la potencia.
Ahora bien, no son éstos los universales, porque es el individuo el que es
el principio del individuo, mientras que del hombre universal sólo podría
salir un hombre universal; pero no hay hombre universal que exista por sí
mismo: Peleo es el principio de Aquiles; tu padre es tu principio; esta B
es el principio de esta sílaba, B A; la B universal no sería más que el
principio de la sílaba B A en general. Añádase a esto que las formas son
los principios de las esencias. Pero las causas y los elementos son, como
hemos dicho, diferentes para los diferentes seres, para aquellos, por
ejemplo, que no pertenecen al mismo género, como colores, sonidos,
esencias, cualidades; a no ser, sin embargo, que sólo se hable por
analogía. Lo mismo sucede con los que pertenecen a la misma especie; pero
entonces no difieren específicamente, sino que cada principio es diferente
para los diferentes individuos: tu materia, tu forma, tu causa motriz no
son las mismas que las mías; pero, desde el punto de vista general, hay
identidad.
Si se nos hiciese esta pregunta: ¿cuáles son los principios o los
elementos de las esencias, de las relaciones, de las cualidades?, ¿son los
mismos o son diferentes? Evidentemente, nos sería preciso responder que,
tomados en su acepción general, son los mismos para cada ser; pero que, si
se establecen distinciones, ya no son los mismos, son principios
diferentes. Y, sin embargo, entonces mismos son, desde otro punto de
vista, los mismos para todos los seres. Si se considera la analogía, hay
identidad, puesto que los principios son siempre materia, forma,
privación, motor; y aun entonces las causas de las sustancias son las
causas de todas las cosas, porque sí se destruyen las sustancias todo se
destruye. Añadamos que el primer principio existe en acto. Hay en este
concepto tantos principios como contrarios, que no son ni géneros, ni
términos que abracen muchas cosas diferentes. En fin, las materias son
primeros principios.
Hemos expuesto cuáles son los principios de los seres sensibles, cuál
es su número, en qué casos son los mismos y en qué casos diferentes.
- VI -
Hay, hemos dicho, tres esencias (461), dos físicas y una inmóvil. De
esta última es de la que vamos a hablar, mostrando que hay necesariamente
una esencia eterna, que es inmóvil. Las esencias son los primeros seres, y
sí todas ellas son perecederas, todos los seres son perecederos. Pero es
imposible que el movimiento haya comenzado o que concluya; el movimiento
es eterno; lo mismo es el tiempo, porque si el tiempo no existiese, no
habría antes ni después. Además, el movimiento y el tiempo tienen la misma
continuidad. En efecto, o son idénticos el uno al otro, o el tiempo es un
modo del movimiento. No hay más movimiento continuo que el movimiento en
el espacio, no todo movimiento en el espacio, sino el movimiento circular.
Pero si hay una causa motriz, o una causa eficiente, pero que no pase al
acto, no por esto resulta el movimiento, porque lo que tiene la potencia
puede no obrar. No adelantaríamos más aun cuando admitiésemos esencias
eternas, como hacen los partidarios de las ideas, porque sería preciso que
tuviesen en sí mismas un principio capaz de realizar el cambio. No bastan
estas sustancias ni ninguna otra sustancia: si esta sustancia no pasase al
acto, no habría movimiento ni tampoco existiría el movimiento, aun cuando
pasase al acto, si su esencia fuese la potencia, porque entonces el
movimiento no sería eterno, puesto que puede no realizarse lo que existe
en potencia. Es preciso, por lo tanto, que haya un principio tal que su
esencia sea el acto mismo. Por otra parte, las sustancias en cuestión
(462) deben ser inmateriales, porque son necesariamente eternas, puesto
que hay, en verdad, otras cosas eternas (463); su esencia es, por
consiguiente, el acto mismo.
Pero aquí se presenta una dificultad. Todo ser en acto tiene, al
parecer, la potencia, mientras que el que tiene la potencia no siempre
pasa al acto. La anterioridad deberá, pues, pertenecer a la potencia. Si
es así, nada de lo que existe podría existir, porque lo que tiene la
potencia de ser puede no ser aún. Y entonces, ya se participe de la
opinión de los filósofos (464), los cuales hacen que todo salga de la
noche, ya se adopte este principio de los físicos (465); todas las cosas
existían mezcladas, en ambos casos la imposibilidad es la misma. ¿Cómo
podrá haber movimiento, si no hay causa en el acto? No será la materia la
que se ponga en movimiento; lo que lo producirá será el arte del obrero.
Tampoco son los menstruos ni la tierra los que se fecundarán a sí mismos,
son las semillas, el germen, los que los fecundan. Y así algunos filósofos
admiten una acción eterna, como Leucipo y Platón (466), porque el
movimiento, según ellos, es eterno. Pero no explican ni el porqué, ni la
naturaleza, ni el cómo, ni la causa. Y, sin embargo, nada se mueve por
casualidad; es preciso siempre que el movimiento tenga un principio; tal
cosa se mueve de tal manera, o por su naturaleza misma, o por la acción de
una fuerza, o por la de la inteligencia, o por la de cualquier otro
principio determinado. ¿Y cuál es el movimiento primitivo? He aquí una
cuestión de alta importancia que ellos tampoco resuelven. Platón no puede
ni siquiera afirmar, como principio del movimiento, este principio de que
habla a veces, este ser que se mueve por sí mismo (467); porque el alma,
según él mismo confiesa, es posterior al movimiento coetáneo del cielo.
Así pues, considerar la potencia como anterior al acto es una opinión
verdadera desde un punto de vista, errónea desde otro, y ya hemos dicho el
cómo (468).
Anaxágoras reconoce la anterioridad del acto, porque la inteligencia
es un principio activo; y con Anaxágoras, Empédocles admite como principio
la Amistad y la Discordia, así como los filósofos que hacen al movimiento
eterno, Leucipo, por ejemplo. No hay necesidad de decir que, durante un
tiempo indefinido, el caos y la noche existían solos. El mundo de toda
eternidad es lo que es (ya tenga regresos periódicos (469), ya tenga razón
otra doctrina) si el acto es anterior a la potencia. Si la sucesión
periódica de las cosas es siempre la misma, debe de haber un ser cuya
acción subsista siendo eternamente la misma (470). Aún hay más: para que
pueda haber producción es preciso que haya otro principio (471)
eternamente activo, tanto en un sentido como en otro. Es preciso que este
nuevo principio, desde un punto de vista, obre en sí y por sí; y desde
otro, con relación a otra cosa; y esta otra cosa es, o algún otro
principio, o el primer principio. Es de toda necesidad que aquel de que
hablamos obre siempre en virtud del primer principio, porque el primer
principio es la causa del segundo, y lo mismo de este otro principio, con
relación al cual el segundo podría obrar. De manera que el primer
principio es el mejor. Él es la causa de la eterna uniformidad, mientras
que el otro es la causa de la diversidad, y los dos reunidos son
evidentemente la causa de la diversidad eterna. Así es como tienen lugar
los movimientos. ¿Qué necesidad hay, pues, de ir en busca de otros
principios?
- VII -
Es posible que sea así, porque en otro caso sería preciso decir que
todo proviene de la noche (472), de la confusión primitiva (473), del
no-ser (474): éstas son dificultades que pueden resolverse. Hay algo que
se mueve con el movimiento continuo, el cual es el movimiento circular. No
sólo lo prueba el razonamiento, sino el hecho mismo. De aquí se sigue que
el primer cielo debe ser eterno (475). Hay también algo que mueve
eternamente, y como hay tres clases de seres, lo que es movido, lo que
mueve, y el término medio entre lo que es movido y lo que mueve, es un ser
que mueve sin ser movido, ser eterno, esencia pura y actualidad pura.
He aquí cómo mueve. Lo deseable y lo inteligible mueven sin ser
movidos, y lo primero deseable es idéntico a lo primero inteligible.
Porque el objeto del deseo es lo que parece bello, y el objeto primero de
la voluntad es lo que es bello. Nosotros deseamos una cosa porque nos
parece buena, y no nos parece mal porque la deseamos: el principio aquí es
el pensamiento. Ahora bien; el pensamiento es puesto en movimiento por lo
inteligible, y el orden de lo deseable es inteligible en sí y por sí; y en
este orden la esencia ocupa el primer lugar; y entre las esencias, la
primera es la esencia simple y actual. Pero lo uno y lo simple no son la
misma cosa: lo uno designa una medida común a muchos seres; lo simple es
una propiedad del mismo ser (476).
De esta manera lo bello en sí y lo deseable en sí entran ambos en el
orden de lo inteligible; y lo que es primero es siempre excelente, ya
absolutamente, ya relativamente. La verdadera causa final reside en los
seres inmóviles, como lo muestra la distinción establecida entre las
causas finales, porque hay la causa absoluta y la que no es absoluta. El
ser inmóvil mueve con objeto del amor, y lo que él mueve imprime el
movimiento a todo lo demás. Luego en todo ser que se mueve hay posibilidad
de cambio. Si el movimiento de traslación es el primer movimiento, y este
movimiento existe en acto, el ser que es movido puede mudar, si no en
cuanto a la esencia, por lo menos en cuanto al lugar. Pero desde el
momento en que hay un ser que mueve, permaneciendo él inmóvil, aun cuando
exista en acto, este ser no es susceptible de ningún cambio. En efecto, el
cambio primero es el movimiento de traslación, y el primero de los
movimientos de traslación es el movimiento circular. El ser que imprime
este movimiento es el motor inmóvil. El motor inmóvil es, pues, un ser
necesario, y en tanto que necesario, es el bien, y por consiguiente un
principio, porque hay varias acepciones de la palabra necesario: hay la
necesidad violenta, la que coarta nuestra inclinación natural; después la
necesidad, que es la condición del bien; y por último lo necesario, que es
lo que es absolutamente de tal manera y no es susceptible de ser de otra
(477).
Tal es el principio de que penden el cielo y toda la naturaleza. Sólo
por poco tiempo podemos gozar de la felicidad perfecta. Él la posee
eternamente, lo cual es imposible para nosotros (478). El goce para él es
su acción misma. Porque son acciones, son la vigilia, la sensación, el
pensamiento, nuestros mayores goces; la esperanza y el recuerdo sólo son
goces a causa de su relación con éstos. Ahora bien; el pensamiento en sí
es el pensamiento de lo que es en sí mejor, y el pensamiento por
excelencia es el pensamiento de lo que es bien por excelencia. La
inteligencia se piensa a sí misma abarcando lo inteligible, porque se hace
inteligible con este contacto, con este pensar. Hay, por lo tanto,
identidad entre la inteligencia y lo inteligible, porque la facultad de
percibir lo inteligible y la esencia constituye la inteligencia, y la
actualidad de la inteligencia es la posesión de lo inteligible. Este
carácter divino, al parecer, de la inteligencia se encuentra, por tanto,
en el más alto grado de la inteligencia divina, y la contemplación es el
goce supremo y la soberana felicidad.
Si Dios goza eternamente de esta felicidad, que nosotros sólo
conocemos por instantes, es digno de nuestra admiración, y más digno aun
si su felicidad es mayor. Y su felicidad es mayor seguramente. La vida
reside en él, porque la acción de la inteligencia es una vida, y Dios es
la actualidad misma de la inteligencia; esta actualidad tomada en sí, tal
es su vida perfecta y eterna. Y así decimos que Dios es un animal eterno,
perfecto. La vida y la duración continua y eterna pertenecen, por tanto, a
Dios, porque este mismo es Dios.
Los que creen, con los pitagóricos y Espeusipo, que el primer
principio no es lo bello y el bien por excelencia, porque los principios
de las plantas y de los animales son causas, mientras que lo bello y lo
perfecto sólo se encuentra en lo que proviene de las causas (479), tales
filósofos no tienen una opinión fundada, porque la semilla proviene de
seres perfectos que son anteriores a ella, y el principio no es la
semilla, sino el ser perfecto; así puede decirse que el hombre es anterior
al semen, no sin duda el hombre que ha nacido del semen, sino aquel de
donde él proviene.
Es evidente, conforme con lo que acabamos de decir, que hay una
esencia eterna, inmóvil y distinta de los objetos sensibles. Queda
demostrado igualmente que esta esencia no puede tener ninguna extensión,
que no tiene partes y es indivisible. Ella mueve, en efecto, durante un
tiempo infinito. Y nada que sea finito puede tener una potencia infinita.
Toda extensión es finita o infinita; por consiguiente, esta esencia no
puede tener una extensión finita; y, por otra parte, no tiene una
extensión infinita, porque no hay absolutamente extensión infinita (480).
Además, finalmente, ella no admite modificación ni alteración, porque
todos los movimientos son posteriores al movimiento en el espacio.
Tales son los caracteres manifiestos de la esencia de que se trata.
- VIII -
¿Esta esencia es única o hay muchas? Si hay muchas, ¿cuántas son? He
aquí una cuestión que es preciso resolver. Conviene recordar también las
opiniones de los demás filósofos sobre este punto. Ninguno de ellos se ha
explicado de una manera satisfactoria acerca del número de los primeros
seres. La doctrina de las ideas no suministra ninguna consideración que se
aplique directamente a este asunto. Los que admiten la existencia de
aquéllas dicen que las ideas son números, y hablan de los números, ya como
si hubiera una infinidad de ellos, ya como si no fueran más que diez. ¿Por
qué razón reconocen Precisamente diez números? Ninguna demostración
concluyente dan para probarlo. Nosotros trataremos la cuestión partiendo
de lo que hemos determinado y sentado precedentemente.
El principio de los seres, el ser primero, no es susceptible, en
nuestra opinión, de ningún movimiento, ni esencial, ni accidental y antes
bien él es el que imprime el movimiento primero, movimiento eterno y
único. Pero puesto que lo que es movido necesariamente es movido por algo,
que el primer motor es inmóvil en su esencia, y que el movimiento eterno
es impuesto por un ser eterno, y el movimiento único por un ser único; y
puesto que, por otra parte, además del movimiento simple del Universo,
movimiento que, como hemos dicho, imprime la esencia primera e inmóvil,
vemos que existen también otros movimientos eternos, los de los planetas
(porque todo cuerpo esférico es eterno e incapaz de reposo, como hemos
demostrado en la Física), es preciso en tal caso que el ser que imprime
cada uno de estos movimientos sea una esencia inmóvil en sí y eterna. En
efecto, la naturaleza de los astros es una esencia eterna, lo que mueve es
eterno y anterior a lo que es movido, y lo que es anterior a una esencia
es necesariamente una esencia. Es, por lo mismo, evidente que tantos
cuantos planetas hay, otras tantas esencias eternas de su naturaleza debe
de haber inmóviles en sí y sin extensión, siendo esto una consecuencia que
resulta de lo que hemos dicho más arriba.
Por lo tanto, los planetas son ciertamente esencias; y la una es la
primera, la otra la segunda, en el mismo orden que el que reina entre los
movimientos de los astros. Pero cuál es el número de estos movimientos es
lo que debemos preguntar a aquella de las ciencias matemáticas que más se
aproxima a la filosofía; quiero decir, a la astronomía; porque el objeto
de la ciencia astronómica es una esencia sensible, es cierto, pero eterna,
mientras que las otras ciencias matemáticas no tienen por objeto ninguna
esencia real, como lo atestiguan la aritmética y la geometría.
Que hay un número de movimientos mayor que el de seres en movimiento
es una cosa evidente hasta para aquellos mismos que apenas están iniciados
en estas materias. En efecto, cada uno de los planetas tiene más de un
movimiento; ¿pero cuál es el número de estos movimientos? Es lo que vamos
a decir. Para ilustrar este punto, y para que se forme una idea precisa
del número de que se trata, citaremos por el pronto las opiniones de
algunos matemáticos, presentaremos nuestras propias observaciones,
interrogaremos a los sistemas; y si hay alguna diferencia entre las
opiniones de los hombres versados en esta ciencia y las que nosotros hemos
adoptado, se deberán tener en cuenta unas y otras, y sólo fijarse en las
que mejor resistan al examen.
Eudoxio explicaba el movimiento del Sol y de la Luna admitiendo tres
esferas para cada uno de estos dos astros. La primera era la de las
estrellas fijas; la segunda seguía el círculo que pasa por el medio del
Zodíaco, y la tercera el que está inclinado a todo lo ancho del Zodíaco.
El círculo que sigue la tercera esfera de la Luna está más inclinado que
el de la tercera esfera del Sol (481). Colocaba el movimiento de cada uno
de los planetas en cuatro esferas. La primera y la segunda eran las mismas
que la primera y la segunda del Sol y de la Luna, porque la esfera de las
estrellas fijas imprime el movimiento a todas las esferas, y la esfera que
está colocada por bajo de ella, y cuyo movimiento sigue el círculo que
pasa por medio del Zodíaco, es común a todos los astros. La tercera esfera
de los planetas tenía sus polos en el círculo que pasa por medio del
Zodíaco, y el movimiento de la cuarta seguía un círculo oblicuo al círculo
medio de la tercera (482). La tercera esfera tenía polos particulares para
cada planeta, pero los de Venus y de Mercurio eran los mismos.
La posición de las esferas, es decir, el orden de sus distancias
respectivas, era en el sistema de Calipo el mismo que en el de Eudoxio. En
cuanto al número de esferas, estos dos matemáticos están de acuerdo
respecto a Júpiter y Saturno; pero Calipo creía que era preciso añadir
otras dos esferas al Sol y dos a la Luna, si se quiere dar razón de estos
fenómenos, y una a cada uno de los otros planetas.
Mas para que todas estas esferas juntas puedan dar razón de los
fenómenos, es necesario que haya para cada uno de los planetas otras
esferas en número igual, menos una, al número de las primeras, y que estas
esferas giren en sentido inverso, y mantengan siempre un punto dado de la
primera esfera en la misma posición relativamente al astro que está
colocado por debajo. Sólo mediante esta condición se pueden explicar todos
los fenómenos por el movimiento de los planetas (483).
Ahora bien, puesto que las esferas en que se mueven los astros son
ocho de una parte y veinticinco de otra; puesto que de otro lado las
únicas esferas que no exigen otros movimientos en sentido inverso son
aquellas en las que se mueve el planeta que se encuentra colocado por
debajo de todos los demás (484), habrá entonces para los dos primeros
astros seis esferas que giran en sentido inverso, y dieciséis para los
cuatro siguientes; y el número total de esferas, de las de movimiento
directo y las de movimiento inverso, será de cincuenta y cinco. Pero si no
se añaden al Sol y a la Luna los movimientos de que hemos hablado, no
habrá en todo más que cuarenta y siete esferas.
Admitamos que es éste el número de las esferas. Habrá entonces un
número igual de esencias y de principios inmóviles y sensibles. Así debe
creerse racionalmente; pero que por precisión haya de admitirse, esto dejó
a otros más hábiles el cuidado de demostrarlo.
Si no es posible que haya ningún movimiento cuyo fin no sea el
movimiento de un astro; si, por otra parte, se debe creer que toda
naturaleza, toda esencia no susceptible de modificaciones, y que existe en
sí y por sí, es una causa final excelente, no puede haber otras
naturalezas que éstas de que se trata, y el número que hemos determinado
es necesariamente el de las esencias. Si hubiese otras esencias,
producirían movimientos, porque serían causas finales de movimiento; pero
es imposible que haya otros movimientos que los que hemos enumerado, lo
cual es una consecuencia natural del número de los seres que están en
movimiento. En efecto, si todo motor existe a causa del objeto en
movimiento, y todo movimiento es el movimiento de un objeto movido, no
puede tener lugar ningún movimiento que no tenga por fin más que el mismo
u otro movimiento; los movimientos existen a causa de los astros.
Supongamos que un movimiento tenga un movimiento por fin; éste entonces
tendrá por fin otra cosa. Pero no se puede ir así hasta el infinito. El
objeto de todo movimiento es, pues, uno de estos cuerpos divinos que se
mueven en el cielo.
Es evidente, por lo demás, que no hay más que un solo cielo. Si
hubiese muchos cielos como hay muchos hombres, el principio de cada uno de
ellos sería uno bajo la relación de la forma, pero múltiple en cuanto al
número. Todo lo que es múltiple numéricamente tiene materia, porque cuando
se trata de muchos seres, no hay otra unidad ni otra identidad entre ellos
que la noción sustancial, y así se tiene la noción del hombre en general;
pero Sócrates es verdaderamente uno. En cuanto a la primera esencia, no
tiene materia, porque es una entelequia (485). Luego, el primer motor, el
inmóvil, es uno, formal y numéricamente; y lo que está en movimiento
eterna y continuamente es único; luego no hay más que un solo cielo.
Una tradición procedente de la más remota antigüedad, y transmitida a
la posteridad bajo el velo de la fábula, nos dice que los astros son los
dioses, y que la divinidad abraza toda la naturaleza; todo lo demás no es
más que una relación fabulosa, imaginada para persuadir al vulgo y para el
servicio de las leyes y de los intereses comunes. Así se da a los dioses
la forma humana; se les representa bajo la figura de ciertos animales, y
se crean mil invenciones del mismo género que se relacionan con estas
fábulas. Si de esta relación se separa el principio mismo, y sólo se
considera esta idea: que todas las esencias primeras son dioses, entonces
se verá que es ésta una tradición verdaderamente divina. Una explicación
que no carece de verosimilitud es que las diversas artes y la filosofía
fueron descubiertas muchas veces y muchas veces perdidas, lo cual es muy
posible, y que estas creencias son, por decirlo así, despojos de la
sabiduría antigua conservados hasta nuestro tiempo. Bajo estas reservas
aceptamos las opiniones de nuestros padres y la tradición de las primeras
edades.
- IX -
Tenemos que resolver algunas cuestiones relativas a la inteligencia.
La inteligencia es, al parecer, la más divina de las cosas que conocemos
(486). Mas para serlo efectivamente, ¿cuál debe ser su estado habitual?
Esto presenta dificultades. Sí la inteligencia no pensase nada, si fuera
como un hombre dormido, ¿dónde estaría su dignidad? (487). Y si piensa,
pero su pensamiento depende de otro principio, no siendo entonces su
esencia el pensamiento, sino un simple poder de pensar, no puede ser mejor
la esencia, porque lo que le da su valor es el pensar. Finalmente, ya sea
su esencia la inteligencia, o ya sea el pensamiento, ¿qué piensa? Porque o
se piensa a sí misma, o piensa algún otro objeto. Y si piensa otro objeto,
o es éste siempre el mismo o varía. ¿Importa que el objeto del pensamiento
sea el bien, o lo primero que ocurra? O mejor, ¿no sería un absurdo que
tales y cuales cosas fuesen objeto del pensamiento? Es claro que piensa lo
más divino y excelente que existe, y que no muda el objeto, porque mudar
sería pasar de mejor a peor, sería ya un movimiento. Y por lo pronto, si
no fuese el pensamiento, y sí sólo una simple potencia, es probable que la
continuidad del pensamiento fuera para ella una fatiga. Además, es
evidente que habría algo más excelente que el pensamiento, a saber: lo que
es pensado, porque el pensar y el pensamiento pertenecerían a la
inteligencia, aun en el acto mismo de pensar en lo más despreciable.
Esto es lo que es preciso evitar (en efecto, hay cosas que es preciso
no ver, más bien que verlas); pues de no ser así el pensamiento no sería
lo más excelente que hay. La inteligencia se piensa a sí misma, puesto que
es lo más excelente que hay, y el pensamiento es el pensamiento del
pensamiento. La ciencia, la sensación, la opinión, el razonamiento tienen,
por lo contrario, un objeto diferente de sí mismos; no se ocupan de sí
mismos sino de paso. Por otra parte, si pensar fuese diferente de ser
pensado, ¿cuál de los dos constituiría la excelencia del pensamiento?
Porque el pensamiento y el objeto del pensamiento no tienen la misma
esencia. ¿O acaso en ciertos casos la ciencia es la cosa misma? En las
ciencias creadoras la esencia independiente de la materia y la forma
determinada, la noción y el pensamiento en las ciencias teóricas, son el
objeto mismo de la ciencia. Respecto a los seres inmateriales, lo que es
pensado no tiene una existencia diferente de lo que piensa; hay con ellos
identidad, y el pensamiento es uno con lo que es pensado.
Resta que examinar una dificultad, a saber: si el objeto del
pensamiento es compuesto, en cuyo caso la inteligencia mudaría, porque
recorrería las partes del conjunto, o si todo lo que no tiene materia es
indivisible. Sucede eternamente con el pensamiento lo que con la
inteligencia humana, con toda inteligencia cuyos objetos son compuestos,
en algunos instantes fugitivos. Porque la inteligencia humana no se
apodera siempre sucesivamente del bien, sino que se apodera en un instante
indivisible de su bien supremo. Pero su objeto no es ella misma, mientras
que el pensamiento eterno, que también se apodera de su objeto en un
instante indivisible, se piensa a sí mismo durante la eternidad.
- X -
Es preciso que examinemos igualmente cómo el Universo encierra dentro
de sí el soberano bien, si es como un ser independiente que existe en sí y
para sí, o como el orden del mundo; o, por último, si es de las dos
maneras a la vez, como sucede en un ejército. En efecto, el bien de un
ejército lo constituyen el orden que reina en él y su general, y sobre
todo su general: no es el general obra del orden, sino que es el general
causa del orden. Todo tiene un puesto marcado en el mundo: peces, aves,
plantas; pero hay grados diferentes, y los seres no están aislados los
unos de los otros; están en una relación mutua, porque todo está ordenado
en vista de una existencia única. Sucede con el Universo lo que con una
familia. En ella los hombres libres no están sometidos a hacer esto o
aquello, según la ocasión; todas sus funciones o casi todas están
arregladas. Los esclavos, por lo contrario, y las bestias de carga
concurren, formando una débil parte, al fin común, y habitualmente se
sirven de ellos como lo piden las circunstancias. El principio es la
misión de cada cosa en el Universo, es su naturaleza misma; quiero decir
que todos los seres van necesariamente separándose los unos de los otros,
y todos, en sus funciones diversas, concurren a la armonía del conjunto.
Debemos indicar todas las consecuencias imposibles, todos los
absurdos que son consecuencias de los otros sistemas. Recordemos aquí las
doctrinas hasta las más especiosas y que presentan menos dificultades.
Todas las cosas, según todos los filósofos, provienen de los
contrarios. Todas las cosas, contrarios: he aquí dos términos que están
los dos mal sentados; y luego, ¿cómo las cosas en que existen los
contrarios pueden provenir de los contrarios? Esto es lo que ellos no
explican, porque los contrarios no ejercen acción los unos sobre los
otros. Nosotros resolvemos racionalmente la dificultad, reconociendo la
existencia de un tercer término (488).
Hay filósofos que hacen de la materia uno de los dos contrarios
(489), como los que oponen lo desigual a lo igual, la pluralidad a la
unidad. Esta doctrina se refuta de la misma manera. La
materia primera no es lo contrario de nada. Por otra parte, todo
participaría del mal, menos la unidad, porque el mal es uno de los dos
elementos.
Otros pretenden que ni el bien ni el mal son principios (490); y sin
embargo, es el principio en todas las cosas el bien por excelencia. Sin
duda alguna, tienen razón los que admiten el bien como principio; pero no
nos dicen cómo el bien es un principio, si en concepto de fin, de causa
motriz, o de forma.
La opinión de Empédocles no es menos absurda. El bien para él es la
Amistad. Pero la Amistad es al mismo tiempo principio como causa motriz,
porque reúne los elementos, y como materia, porque es una parte de la
mezcla de los elementos. Suponiendo que pueda suceder que la misma cosa
exista a la vez en concepto de materia y de principio, y en concepto de
causa motriz, siempre resultaría que no habría identidad en su ser. ¿Qué
es, pues, lo que constituye la amistad? Otro absurdo es el haber
considerado la Discordia imperecedera, mientras que la Discordia es la
esencia misma del mal.
Anaxágoras reconoce el bien como un principio: es el principio motor.
La inteligencia mueve, pero mueve en vista de algo. He aquí un nuevo
principio, a no ser que Anaxágoras admita como nosotros la identidad,
porque el arte de curar es, en cierta manera, la salud. Es absurdo, por
otra parte, no reconocer contrario al bien y a la Inteligencia.
Si fijamos la atención, se verá que todos los que asientan los
contrarios como principios no se sirven de los contrarios. ¿Y por qué esto
es perecedero y aquello imperecedero? Esto ninguno de ellos lo explica
(491), porque hacen provenir todos los seres de los mismos principios.
Hay filósofos que sacan los seres del no-ser (492). Otros, para
librarse de esta necesidad, lo reducen todo a la unidad absoluta (493). En
fin, ¿por qué habrá siempre producción, y cuál es la causa de la
producción? Esto nadie lo dice.
No sólo los que reconocen dos principios deben admitir otro principio
superior, sino que los partidarios de las ideas deben admitir también un
principio superior a las ideas, porque ¿en virtud de qué ha habido y hay
todavía participación de las cosas en las ideas? Y mientras los demás se
ven forzados a reconocer un contrario de la sabiduría y de la ciencia por
excelencia, nosotros no nos vemos en esta situación, no reconociendo
contrario en lo que es primero, porque los contrarios tienen una materia y
son idénticos en potencia. La ignorancia, por ser lo contrario de la
ciencia, implicaría un objeto contrario al de la ciencia. Pero lo que es
primero no tiene contrario.
Por otra parte, si no hay otros seres que los sensibles, no puede
haber ya ni principio, ni orden, ni producción, ni armonía celeste, sino
sólo una serie infinita de principios, como la que se encuentra en todos
los teólogos y físicos sin excepción. Pero si se admite la existencia de
las ideas o de los números no se tendrá la causa de nada; por lo menos no
se tendrá la causa del movimiento. Y además, ¿cómo de seres sin extensión
podrán salir la extensión y la continuidad? Porque no será el número el
que habrá de producir lo continuo, ni como causa motriz ni como forma.
Tampoco uno de los contrarios será la causa eficiente y la causa motriz.
Este principio, en efecto, podría no existir. Pero la acción es posterior
a la potencia. No habría, por lo tanto, seres eternos. Mas hay seres
eternos. Por tanto, es preciso abandonar la hipótesis de un contrario. Ya
hemos dicho cómo. Además ¿en virtud de qué principio hay unidad en los
números, en el alma, en el cuerpo, y en general unidad de forma y de
objeto? Nadie lo dice, ni puede, a menos que reconozca con nosotros que
esto tiene lugar en virtud de la causa motriz.
En cuanto a los que toman por principio el número matemático, y que
admiten también una sucesión infinita de esencia y principios diferentes
para las diferentes esencias, forman de la esencia el Universo una
colección de episodios (494), porque ¿qué importa entonces a una esencia
que otra esencia exista o no exista? Estos tienen una multitud de
principios; pero los seres no quieren verse mal gobernados:
El mando de muchos no es bueno.
Basta un solo jefe (495).
Libro decimotercero
I. ¿Hay seres matemáticos? -II. ¿Son idénticos a los seres sensibles o
están separados de ellos? -III. Su modo de existencia. -IV. No hay ideas
en el sentido en que lo entiende Platón. -V. Las ideas son inútiles. -VI.
Doctrina de los números. -VII. ¿Las unidades son o no compatibles entre
sí? Y si son compatibles, ¿cómo lo son? -VIII. Diferencia entre el número
y la unidad. Refutación de algunas opiniones relativas a este punto. -IX.
El número y las magnitudes no pueden tener una existencia independiente.
-X. Dificultades en punto a las ideas.
- I -
Hemos dicho en nuestro tratado de Física cuál es la naturaleza de la
sustancia de las cosas sensibles, primero cuando nos ocupamos de la
materia y después al tratar de la sustancia en acto (496). He aquí cuál es
ahora el objeto de nuestras indagaciones: ¿Hay o no fuera de las
sustancias sensibles una sustancia inmóvil y eterna? Y si esta sustancia
existe, ¿cuál es su naturaleza? Comencemos por examinar los sistemas de
otros filósofos para no incurrir en sus errores, caso que algunas de sus
opiniones no sean fundadas. Y si por fortuna encontrásemos puntos de
doctrina que conviniesen con los nuestros guardémonos de sentir por ello
pena alguna. Es para nosotros un motivo de respeto el que sobre ciertas
cosas tengan concepciones superiores a las nuestras, y que no sean en
otros puntos inferiores a nosotros.
Hay dos sistemas con relación al asunto que nos ocupa. Se admite como
sustancias particulares los seres matemáticos, como los números, las
líneas, los objetos del mismo género, y con ellos las ideas. Hay unos que
de estos seres hacen dos géneros diferentes; de una parte las ideas, y de
otra los números matemáticos; otros consideran estos dos géneros una sola
y misma naturaleza; y otros, finalmente, pretenden que las sustancias
matemáticas son las únicas sustancias. Comencemos por la consideración de
las sustancias matemáticas, y examinémoslas independientemente de toda
otra naturaleza. No preguntemos, por ejemplo, si son o no ideas, si son o
no principios y sustancias de los seres; preguntemos, como si sólo
tuviéramos que ocuparnos de los seres matemáticos, si estas sustancias
existen o no, y si existen, cuál es el modo de su existencia. Después
hablaremos separadamente de las ideas sin grandes desenvolvimientos, y en
la medida que conviene al objeto que nos proponemos, porque casi todas las
cuestiones que se refieren a este asunto han sido rebatidas ya en nuestros
tratados esotéricos (497). En el curso de nuestro examen habremos de
discutir por extenso esta cuestión. Las sustancias y los principios de los
seres, ¿son números e ideas? Porque ésta es tercera cuestión que viene
después de las ideas.
Los seres matemáticos, si existen están necesariamente en los objetos
sensibles, como suponen algunos, o bien están separados de ellos (hay
quienes admiten esta opinión). Si no están ni en los objetos sensibles ni
fuera de ellos, o no existen o existen de otra manera. Nuestra duda
recaerá, por lo tanto, aquí, no sobre el ser mismo, sino sobre la manera
de ser.
- II -
Hemos dicho, cuando se trataba de las dudas que debían resolverse
(498), que era imposible que los seres matemáticos existiesen en los
objetos sensibles, y que esto no era más que una pura ficción, porque es
imposible que haya a un mismo tiempo dos sólidos en el mismo lugar. Hemos
añadido que la consecuencia de esta doctrina es que todas las demás
potencias, todas las demás naturalezas, se encontrarían en las cosas
sensibles, y que ninguna existiría independiente de ellas. Esto es lo que
hemos dicho precedentemente. Es evidente, por otra parte que, en esta
suposición, un cuerpo cualquiera no podría ser dividido. En tal caso, el
sólido se dividiría por la superficie, la superficie por la línea, la
línea por el punto; de suerte que si el punto no puede ser dividido, la
línea es indivisible. Pero si la línea es indivisible, todo en el sólido
es igualmente. ¿Qué importa, por lo demás, que los seres matemáticos sean
o no tales o cuales naturalezas, si estas naturalezas cualesquiera que
ellas sean, existen en las cosas sensibles? Se llega siempre al mismo
resultado. La división de los objetos sensibles llevaría consigo siempre
la división de aquellos, o no habría división ni de los objetos sensibles.
Tampoco es posible que las naturalezas de que se trata tengan una
existencia independiente. Si fuera de los sólidos reales hubiera otros
sólidos que estuviesen separados de ellos, sólidos anteriores a los
reales, evidentemente habría también superficies, puntos, líneas que
existirían separadamente: el caso, en efecto, es el mismo. Pero si es así,
es preciso admitir, fuera del sólido matemático, la existencia separada de
otras superficies, con sus líneas y sus puntos; porque lo simple es
anterior a lo compuesto, y puesto que hay cuerpos no sensibles anteriores
a los cuerpos sensibles por la misma razón debe haber superficies en sí
anteriores a las superficies que existen en los sólidos inmóviles.
He aquí, pues, superficies con sus puntos diferentes de aquéllas cuya
existencia va unida a la existencia de los sólidos separados: éstas
existen al mismo tiempo que los sólidos matemáticos; aquéllas son
anteriores a los sólidos matemáticos. Por otra parte, en estas últimas
superficies habrá líneas; y, por la misma razón que antes, deberá haber en
ellas líneas con sus puntos anteriores a estas líneas y, en fin, otros
puntos anteriores a los puntos de estas líneas anteriores, y más alla de
las cuales no habrá ya otros puntos anteriores. Pero ésta es una
aglomeración absurda de objetos. En efecto, resulta de la hipótesis que
hay fuera de las cosas sensibles, por lo pronto, una especie única de
cuerpos, y después tres especies de superficies: las superficies fuera de
las superficies sensibles, las superficies de los sólidos matemáticos, las
superficies fuera de las superficies de estos sólidos, luego cuatro
especies de líneas, y después cinco especies de puntos. ¿Cuáles eran,
entonces, entre estos elementos, aquellos de que se ocuparán las ciencias
matemáticas? No serán, sin duda, las superficies, las líneas, los puntos
que existen en el sólido inmóvil, porque la ciencia tiene siempre por
objeto lo que es primero.
El mismo razonamiento se aplica a los números. Habría mónadas
diferentes fuera de cada punto diferente; luego mónadas fuera de cada uno
de los seres sensibles, y después mónadas fuera de cada uno de los seres
inteligibles. Habría, por consiguiente, una infinidad de géneros de
números matemáticos.
¿Cómo, por otra parte, llegar a la solución de las dudas que nos
hemos propuesto cuando se trataba de las cuestiones que debían resolverse?
La Astronomía tiene por objeto cosas suprasensibles, lo mismo que la
Geometría (499). ¿Y cómo se puede concebir la existencia separada del
cielo y de sus partes, o de cualquiera otra cosa que está en movimiento?
El mismo embarazo ocurre con la óptica, con la Música. Habrá un sonido,
una vista, aisladas de los seres sensibles, de los seres particulares. La
consecuencia evidente es que los demás sentidos y los demás objetos
sensibles tendrían una existencia separada: ¿por qué la habrían de tener
unos y no otros? Pero si es así, si hay sentidos separados, debe haber
también animales separados. En fin, los matemáticos admiten ciertos
universales fuera de las sustancias de que hablamos. Ésta sería otra
sustancia intermedia, separada de las ideas y de los seres intermedios,
sustancia que no sería ni un número, ni puntos, ni una magnitud, ni un
tiempo. Pero esta sustancia no puede existir, y por consiguiente es
imposible que los objetos de que acabamos de hablar tengan una existencia
separada de las cosas sensibles.
En una palabra, no se reconocen las magnitudes matemáticas como
naturalezas separadas, la consecuencia está en oposición con la verdad y
con la opinión común. Es necesario, si tal es su modo de existencia, que
sean anteriores a las magnitudes sensibles: ahora bien, en la realidad son
posteriores. La magnitud incompleta tiene, en verdad, la prioridad de
origen, pero sustancialmente es posterior; siendo ésta la relación del ser
inanimado al ser animado. Por otra parte, ¿qué principio, qué
circunstancia podría constituir la unidad de las magnitudes matemáticas?
La que constituye la de los cuerpos terrestres es el alma, es una parte
del alma, es cualquiera otro principio que participa de la inteligencia,
principio sin el que hay pluralidad, disolución sin fin (500). Pero
respecto de las magnitudes matemáticas, que son divisibles, que son
cantidades, ¿cuál es la causa de su unidad y de su persistencia? La
producción es una prueba también: la producción obra, por lo pronto, en el
sentido de la longitud, después en el sentido de la latitud y, por último,
en el de la profundidad, siendo éste el término definitivo. Ahora, si lo
que tiene la posteridad de origen es anterior sustancialmente, el cuerpo
debe de tener la prioridad sobre la superficie y sobre la longitud. De
este modo, el cuerpo tiene una existencia más completa, es más un todo que
la magnitud y la superficie, se hace animado. Pero ¿cómo concebir una
linea, una superficie animada? Semejante concepción estaría fuera del
alcance de nuestros sentidos. Finalmente, el cuerpo es una sustancia,
porque en cierta manera es una cosa completa; pero las líneas, ¿cómo
podrán ser sustancias? No en concepto de forma, de figura, como lo es el
alma, si tal es efectivamente el alma; tampoco en concepto de materia,
como lo es el cuerpo. Se ve claramente que nada se puede constituir con
las líneas, ni con las superficies, ni con los puntos. Y, sin embargo, si
estos seres fuesen una sustancia material, serían susceptibles
evidentemente de esta modificación.
Los puntos, las líneas y la superficie tienen, convengo en ello, la
prioridad lógica. Pero todo lo que es anterior lógicamente, no por ello es
sustancialmente anterior. La prioridad sustancial es patrimonio de los
seres que, tomados aisladamente, no pierden por esto su existencia;
aquéllos, cuyas nociones entran en otras nociones, tienen la prioridad
lógica. Pero la prioridad lógica y la prioridad sustancial no se
encuentran unidas. Las modificaciones no existen independientemente de las
sustancias, independientemente de un ser que se mueve, por ejemplo, o que
es blanco. Lo blanco tiene sobre el hombre blanco la prioridad lógica,
pero no la prioridad sustancial; no puede existir separadamente; su
existencia va siempre unida a la del conjunto, y aquí llamo conjunto al
hombre que es blanco. Según esto, es evidente que ni las existencias
abstractas tienen la anterioridad ni las existencias concretas la
posterioridad sustancial. Y así, por estar unido a lo blanco, damos al
hombre blanco el nombre de blanco.
Lo que precede basta para probar que los seres matemáticos son menos
sustancia que los cuerpos; que no son anteriores, en razón al ser mismo, a
las cosas sensibles; que sólo tienen una anterioridad lógica; y,
finalmente, que no pueden tener en ningún lugar una existencia separada. Y
como, por otra parte, no pueden existir en los mismos objetos sensibles,
es evidente o que no existen absolutamente, o bien que tienen un modelo
particular de existencia, y por consiguiente que no tienen una existencia
absoluta. En efecto, el ser se toma en muchas acepciones (501).
- I -
Así como en las matemáticas los universales no abrazan existencias
separadas, existencias fuera de las magnitudes y de los números, y estos
números y estas magnitudes son el objeto de la ciencia, pero no en tanto
que susceptibles de magnitud y división, de igual forma es posible que
haya razonamientos, demostraciones relativas a las mismas magnitudes
sensibles, no consideradas en tanto que sensibles, sino en tanto que
tienen tal o cual propiedad. Se discute mucho sobre los seres considerados
únicamente en tanto que se mueven, sin atención alguna a la naturaleza de
estos seres ni a sus accidentes, y no es necesario para esto, o que el ser
en movimiento tenga una existencia separada de los seres sensibles, o que
haya en los seres en movimiento una naturaleza determinada. Así que puede
haber razonamientos, conocimientos relativos a los seres que se mueven, no
en tanto que experimentan el movimiento, sino únicamente en tanto que los
cuerpos; después únicamente en tanto que superficies: luego únicamente en
tanto que longitudes; después en tanto que son divisibles o indivisibles,
teniendo una posición; en fin, en tanto que son absolutamente
indivisibles. Puesto que no hay absolutamente ningún error en dar nombre
de seres, no sólo a las existencias separadas, sino también a las que no
se pueden separar, a los objetos en movimiento, por ejemplo; no hay
tampoco absolutamente error atribuir el ser a los objetos matemáticos y en
considerarlos como se los considera. Y así como las demás ciencias no
merecen el título de ciencia sino cuando tratan del ser de que nosotros
hablamos, y no de lo accidental (502), cuando tales ciencias se preguntan,
por ejemplo, no si lo que produce la salud es lo blanco, porque el ser que
produce la salud es blanco, sino qué es este ser que la produce; cuando
cada una de ellas es la ciencia de su objeto propio, ciencia del ser que
produce salud, si su objeto es lo que produce la salud; ciencia del hombre
si examina al hombre como tal; en igual forma, la Geometría no indaga sí
los objetos de que se ocupa son accidentalmente seres sensibles; no los
estudia en tanto que seres sensibles.
Por consiguiente, las ciencias matemáticas no tratan de los seres
sensibles, ni tampoco tienen por objeto otros seres separados. Pero hay
una multitud de accidentes que son esenciales a las cosas, en tanto que
cada uno de ellos reside esencialmente en ellas. El animal, en tanto que
hembra y en tanto que macho, es una modificación propia del género; sin
embargo, no hay nada que sea hembra o macho independientemente de los
animales. Puede considerarse los objetos sensibles únicamente en tanto que
longitudes, en tanto que superficies. Y cuanto más primitivos sean los
objetos de la ciencia, según el orden lógico, y más simples sean, tanto
más rigor tiene la ciencia, porque el rigor es la simplicidad. La ciencia
de lo que no tiene magnitud es más rigurosa que la ciencia de lo que tiene
magnitud; si su objeto no tiene movimiento, es mucho más riguroso aún. Y
la ciencia del primer movimiento lo es más entre las ciencias de
movimientos; porque es el movimiento más simple, y el movimiento uniforme
es el más simple entre los movimientos primeros. El mismo razonamiento
cabe respecto de la Música y de la óptica. Ni una ni otra consideran la
vista en tanto que vista, ni el sonido en tanto que sonido; tratan de las
líneas en tanto que líneas, de los números en tanto que números, los
cuales son modificaciones propias de la vista y del sonido. Lo mismo
acontece con la Mecánica.
Así pues, cuando se admiten como existencias separadas algunos de
estos accidentes esenciales; cuando se trata de estos accidentes en tanto
que existencias separadas, no se incurre en error, como se incurriría, por
ejemplo, si midiendo la tierra se diese al pie otro nombre que el de pie.
El error jamás se encuentra en lo primero que se afirma y se asienta.
Puede llegarse a resultados excelentes afirmando como separado lo que no
existe separado; y así lo hacen el aritmético y el geómetra. El hombre es,
en efecto, uno e indivisible en tanto que hombre. El aritmético, después
de haberlo afirmado como uno e indivisible, buscará cuáles son los
accidentes propios del hombre en tanto que indivisible; mientras que el
geómetra no lo considera ni en tanto que hombre ni en tanto que
indivisible, sino en tanto que cuerpo sólido. Porque suponiendo las
propiedades que se manifiestan en el hombre una división real, estas
propiedades existen en él en potencia, hasta cuando no hay división. Y así
los geómetras tienen razón. Sobre seres giran sus discusiones; los objetos
de su ciencia son seres: hay dos clases de seres, el ser en acto y el ser
material.
El bien y lo bello difieren el uno del otro: el primero reside
siempre en las acciones, mientras que lo bello se encuentra igualmente en
los seres inmóviles. Incurren en un error los que pretenden que las
ciencias matemáticas no hablan ni de lo bello ni del bien (503). De lo
bello es de lo que principalmente hablan, y lo bello es lo que demuestran.
No hay razón para decir que no hablan de lo bello porque no lo nombren;
mas indican sus efectos y sus relaciones. ¿No son las más imponentes
formas de lo bello el orden, la simetría y la limitación? Pues esto es en
lo que principalmente hacen resaltar las ciencias matemáticas. Y puesto
que estos principios, esto es, el orden y la limitación, son evidentemente
causa de una multitud de cosas, las Matemáticas deberían considerarse como
causa, desde cierto punto de vista, la causa de que hablamos; en una
palabra, lo bello. Pero de este asunto trataremos en otra parte con más
detención.
Acabamos de demostrar que los seres matemáticos son seres, y cómo son
seres, en qué concepto no tienen la prioridad, y en cuál son anteriores.
- IV -
(504)
Llegamos ya a las ideas; comencemos por el examen del concepto mismo
de la idea. No uniremos a su explicación la de la naturaleza de los
números; la examinaremos tal como nació en el espíritu de los primeros que
admitieron la existencia de las ideas.
La doctrina de las ideas nació en los que la proclamaron como
consecuencia de este principio de Heráclito, que aceptaron como verdadero:
todas las cosas sensibles están en un flujo perpetuo; de cuyo principio se
sigue que, si hay ciencia y razón de alguna cosa, debe de haber, fuera del
mundo sensible, otras naturalezas, naturalezas persistentes porque no hay
ciencia de lo que pasa perpetuamente. Sócrates se encerró en la
especulación de las virtudes morales, y fue el primero que indagó las
definiciones universales de estos objetos. Antes de este filósofo,
Demócrito se había limitado a una parte de la Física (apenas sí definió lo
caliente y lo frío); y los pitagóricos, anteriores a Demócrito, habían
definido pocos objetos, cuyas nociones referían a los números: tales eran
las definiciones de la Oportunidad, de lo Justo, del Matrimonio. No sin
motivo Sócrates intentaba determinar la esencia de las cosas. La
argumentación regular era el punto a que dirigía sus esfuerzos. Ahora
bien, el principio de todo silogismo es la esencia (505). La dialéctica
aún no tenía en este tiempo un poder bastante fuerte para razonar sobre
los contrarios independientemente de la esencia, y para determinar si es
la misma ciencia la que trata de los contrarios. Y así, con razón puede
atribuirse a Sócrates el descubrimiento de estos dos principios: la
inducción y la definición general. Estos dos principios son el punto de
partida de la ciencia.
Sócrates no concedía una existencia separada, ni a los universales ni
a las definiciones. Los que vinieron después de él las separaron, y dieron
a esta clase de seres el nombre de ideas. La consecuencia a que les
condujo esta doctrina es que hay ideas de todo aquello que es universal.
Se encontraron próximamente en el caso del hombre que, queriendo contar un
pequeño número de objetos, y persuadido de que no podría conseguirlo,
aumentase el número para mejor contarlos. Hay, en efecto, si no me engaño,
un número mayor de ideas que de estos seres sensibles particulares, cuyas
causas tratan de averiguar, indagación que les condujo de los seres
sensibles a las ideas. Hay, por lo pronto, independientemente de las ideas
de las sustancias, la idea de cada ser particular; idea que es la
representación de este ser; después ideas que abrazan un gran número de
seres en su unidad respecto de los objetos sensibles y de los seres
eternos.
No para en esto: ninguna de las razones en que se apoya la existencia
de las ideas tiene un valor demostrativo. Muchas de estas razones no
conducen a la conclusión que de ellas se deduce; otras ideas llevan a
admitir ideas de objetos, de los que la teoría no reconoce que las haya.
Si de la naturaleza de las ciencias se toman las pruebas habrá ideas de
todo lo que es objeto que una ciencia. Habrá hasta negaciones, si se
arguye que hay algo que es uno en la multiplicidad; si se trata del
concepto de lo que es destruido, se tendrán ideas de cosas perecederas,
porque hasta cierto punto se puede formar una imagen de lo que ha
perecido. Los más rigurosos razonamientos de que es posible servirse,
conducen, los unos a ideas de las relaciones, de las que no hay género en
sí, y otros a asentar la existencia del tercer hombre. En una palabra,
todo lo que se alega para probar la existencia de las ideas destruye el
principio que a los partidarios de las ideas importa sostener con más
interés que la existencia misma de las ideas. En efecto, la consecuencia
de esta doctrina es que no es la díada la primera, sino el número; que la
relación es anterior al número, y al ser en sí; y todas las demás
contradicciones con sus principios, en que han incurrido los partidarios
de la doctrina de las ideas.
Añadamos que si hay ideas, debe de haber ideas, no sólo de las
esencias, sino también otra multitud de cosas, porque la esencia no es la
única cosa que la inteligencia concibe con un mismo pensamiento: concibe
también lo que no es esencia. Finalmente, la esencia no sería el único
objeto de la ciencia, y prescindimos de todas las demás consecuencias del
mismo género que lleva consigo la suposición. Ahora bien, es de toda
necesidad, atendidos los caracteres que se atribuyen a las ideas, que si
se admite la participación de los seres en ellas, sólo pueda haber ideas
de las esencias. La participación de los seres en las ideas no es una
participación accidental; cada uno de ellos puede participar tan sólo en
tanto que no es el atributo de algún sujeto. He aquí, por lo demás, lo que
yo entiendo por participación accidental. Admitamos que un ser participa
del doble: entonces participará de lo eterno también, pero
accidentalmente, porque sólo accidentalmente lo doble es eterno. Se sigue
de aquí que las ideas deben de ser esencias. Las ideas son en este mundo,
y en el mundo de las ideas, la representación de las esencias. De otra
manera, ¿qué significaría esta proposición: la unidad en la pluralidad es
algo que está fuera de los objetos sensibles? Y por otra parte, si todas
las ideas son del mismo género que las cosas que participan de ellas,
habrá alguna relación común entre estas cosas y las ideas; porque ¿qué
razón hay para que haya unidad e identidad del carácter constitutivo de la
díada entre las díadas perecederas, y las díadas, que son también varias,
pero eternas, más bien que entre la díada ideal y la particular? Si no hay
comunidad de género sólo quedará de común el nombre de hombre a Calias y a
un trozo de madera sin haber observado nada de común entre ellos.
¿Admitiremos, por otra parte, que hay concordancia entre las
definiciones generales y las ideas, esto es, en cuanto al círculo
matemático, concordancia con las ideas, de la noción de figura plana y de
todas las demás partes que entran en la definición del círculo? ¿Estará
unida la idea al objeto de que es ella la idea? Tengamos cuidado, no sea
que no haya aquí más que palabras vacías de sentido. En efecto, ¿a qué se
unirá la idea? ¿Se unirá al centro del círculo, a la superficie, a todas
sus partes esenciales? Todo en la esencia es una idea; el animal es una
idea, el bípedo es una idea. Se ve por lo demás claramente que la idea de
que se trata sería necesariamente algo y, al modo que el plano, una cierta
naturaleza, que se encontraría en concepto de género en todas las ideas.
- V -
La mayor dificultad que se presenta es la de saber cuál puede ser la
utilidad de las ideas para los seres sensibles eternos o para aquellos de
estos seres que nacen y los que mueren. No son ellas por sí mismas causa
de ningún movimiento, de ningún cambio en ellos, ni tampoco auxiliar a la
ciencia de los demás seres. En efecto, las ideas no constituyen la esencia
de estos seres, porque entonces estarían en ellos; tampoco son ellas las
que los traen a la existencia, puesto que no residen en los seres que
participan de las ideas. Quizá se creerá que son causas, en el mismo
concepto que la blancura es causa del objeto blanco con que ella se
mezcla. Esta opinión, que tiene su origen en las doctrinas de Anaxágoras,
y que Eudoxio abrazó después, no sabiendo qué partido tomar, y que algunos
otros han admitido, también es muy fácil combatirla. Podría acumularse
contra semejante doctrina argumentos sin número. Voy más lejos: es
imposible que los demás seres provengan de las ideas en ninguno de los
sentidos en que se emplea la expresión provenir. Decir que las ideas son
ejemplares y que los demás seres participan de las ideas es contentarse
con palabras vacías de sentido, es formar metáforas poéticas. El que
trabaja en su obra, ¿tiene necesidad para esto de tener los ojos fijos en
las ideas? Un ser cualquiera puede ser, puede hacerse, sin que nada le
haya servido de modelo. Y así, exista o no Sócrates, puede nacer un hombre
como Sócrates. La misma consecuencia resultaría evidentemente aun cuando
Sócrates fuese eterno. Habría, además, muchos modelos de una misma cosa, y
por consiguiente muchas ideas. Así, para el hombre habría el animal, el
bípedo, el hombre en sí.
Hay más aún. No sólo las ideas serían modelos de los objetos
sensibles, sino que serían también modelos de ellas mismas; tal sería el
género en tanto que género de ideas; de donde se sigue que la misma cosa
sería a la vez modelo y copia. En fin, no es posible, al parecer, que la
esencia exista separadamente de aquello de que es la esencia. ¿Cómo
entonces es posible que las ideas que son las esencias de las cosas tengan
una existencia separada?
Se dice en el Fedón que las ideas son las causas del ser y del
devenir. Pues bien, aun cuando hubiese ideas, no habría producción si no
hay una causa motriz. Y, además, hay una multitud de cosas que devienen:
una casa, un anillo, por ejemplo, y no se pretende que existan ideas de
ellas; de donde se sigue que los seres respecto de los que se admiten
ideas son susceptibles de ser y de devenir, mediante la acción de causas
análogas a las que obran sobre las cosas que acabamos de hablar, y que no
son las ideas las causas de estos seres.
Por lo demás, es posible, valiéndose de este modo de refutación que
acabamos de emplear, y por medio de argumentos todavía más concluyentes y
más rigurosos, acumular, contra la doctrina de las ideas, una multitud de
argumentos semejantes a los que acabamos de indicar.
- VI -
Hemos fijado el valor de la teoría de las ideas, y ahora debemos
examinar las consecuencias de la teoría de los números considerados como
sustancias independientes y como causas primeras de los seres.
Si el número es una naturaleza particular; si para el número no hay
otra sustancia que el número mismo, como lo pretenden algunos, en tal caso
cada número difiere necesariamente de especie; éste es primero, aquél
entra en segunda línea. Y, por consiguiente, o hay una diferencia
inmediata entre las mónadas, y una mónada cualquiera no puede combinarse
con otra mónada cualquiera, o todas las mónadas se siguen inmediatamente,
y una mónada cualquiera puede combinarse con otra mónada cualquiera (esto
tiene lugar en el número matemático, porque en el número matemático no hay
ninguna diferencia entre una mónada y otra mónada), o unas pueden
combinarse y otras no pueden (si admitimos, por ejemplo, que la díada es
la primera después de la unidad, que la tríada lo es después de la díada,
y así sucesivamente para los demás números, que hay contabilidad entre las
mónadas de cada número particular, entre las que componen la primera
díada, después entre las que componen la primera tríada, luego entre las
que componen cada uno de los otros números; pero que las de la díada ideal
no son combinables con los de la tríada ideal, y que lo mismo sucede con
los demás números sucesivos, se sigue de aquí que mientras que en los
números matemáticos el número dos, que sigue a la unidad, no es más que la
adición de otra unidad a la unidad precedente, el número tres la adición
de otra unidad al número dos, y así de los demás, en los números ideales,
por el contrario, el número dos, que viene después de la unidad, es de
otra naturaleza e independiente de la unidad primera, y la tríada es
independiente de la díada, y así de los demás números), o bien entre los
números hay unos que están en el primer caso, otros que son números en el
sentido en que lo entienden los matemáticos, y otros que están en el
último de los tres casos en cuestión. En fin, o los números están
separados de los objetos, o no están separados; existen en las cosas
sensibles, no como en la hipótesis que hemos examinado más arriba (506),
sino en tanto que constituyan las cosas sensibles los números que residen
en ellas, y entonces, o bien entre los números hay unos que existen y
otros que no existen en las cosas sensibles, o bien todos los números
existen en ellas igualmente.
Tales son los modos de existencia que pueden afectar los números, y
son necesariamente los únicos. Los mismos que asientan la unidad como
principio, como sustancia y como elemento de todos los seres, y el número
como producto de la unidad y de otro principio, todos han adoptado alguno
de estos puntos de vista, excepto el de la incompatibilidad absoluta de
las mónadas entre sí. Esto no carece de razón. No puede imaginarse otro
caso fuera de los enumerados.
Hay quien admite dos especies de números, los números en que hay
prioridad y posterioridad (que son las ideas) y el número matemático fuera
de las ideas y de los objetos sensibles (507); estas dos clases de números
están igualmente separadas de los objetos sensibles. Otros sólo reconocen
el número matemático, que consideran como el primero de los seres, y que
separan de los objetos sensibles (508). El único número para los
pitagóricos es también el número matemático, pero no separado, y él, en su
opinión, constituye las esencias sensibles. Organizan el cielo con los
números, sólo que éstos no se componen de mónadas verdaderas. Atribuyen la
magnitud a las mónadas. Pero como la unidad primera puede tener una
magnitud, nace de aquí una dificultad que, a nuestro parecer, no
resuelven. Otro filósofo sólo admite un número primitivo ideal (509);
otros identifican el número ideal con el número matemático (510).
Los mismos sistemas aparecen con relación a las longitudes, a las
superficies, a los sólidos. Hay unos que admiten dos clases de magnitudes:
las magnitudes matemáticas y las que proceden de las ideas. Entre los que
son de distinta opinión, hay unos que admiten, pero les atribuyen algo más
que una existencia matemática; éstos son los que no reconocen ni las ideas
números, ni las ideas; otros admiten las magnitudes matemáticas, pero les
atribuyen algo más que una existencia matemática. No toda magnitud se
divide en magnitudes, según ellos, y la díada no se compone
indistintamente de cualesquiera mónadas. El número lo constituyen las
mónadas. Todos los filósofos están de acuerdo en este punto, excepto
algunos pitagóricos, que pretenden que la unidad es el elemento y el
principio de todos los seres; éstos atribuyen la magnitud a las mónadas,
como hemos dicho precedentemente.
Hemos demostrado de cuántas maneras se podían considerar los números;
y acabamos de ver la enumeración completa de las diversas hipótesis. Todas
estas hipótesis son inadmisibles, pero probablemente unas los son más que
otras.
- VII -
Necesitamos examinar, por lo pronto, como nos hemos propuesto, si las
unidades son combinables o incombinables; y caso de que sean combinables,
de cuántas maneras lo son. Es posible que una unidad cualquiera sea
incombinable con otra unidad cualquiera, o bien que las unidades de la
díada en sí sean incombinadas con las de la tríada en sí, y que las
unidades de cada número primo sean igualmente incombinables entre sí. Si
todas las unidades son combinables y no difieren, se tiene entonces el
número matemático, no hay más número que éste, y no es posible que las
ideas sean números. Porque ¿qué número serían el hombre en sí, el animal
en sí, o cualquiera otra idea? No hay más que una sola idea para cada ser,
una sola idea para el hombre en sí, una sola igualmente para el animal en
sí, y por lo contrario, hay una infinidad de números semejantes y que no
difieren. No sería, por tanto, esta tríada más bien que aquella otra la
que fuese el hombre en sí. Por otra parte, si las ideas no son números, es
imposible que existan, porque ¿de qué principios podrían venir las ideas?
El número viene de la unidad y de la díada indefinida; estos son los
principios y elementos del número; pero no se puede afirmar un orden de
prioridad ni de posterioridad entre los elementos y los números.
Si las unidades son incombinables, si toda unidad es incombinable con
toda unidad, entonces el número matemático no puede existir (porque el
número matemático se compone de unidades que no difieren, y todas las
operaciones que se hacen con el número implican esta condición), ni el
número ideal (porque la primera díada no se compondrá de la unidad y de la
díada indefinida). Después, en los números, hay un orden de sucesión, dos,
tres, cuatro. En cuanto a la díada primera, las unidades que la componen
son coetáneas bajo la relación de la producción, ya sea, como lo ha dicho
el primero que trató esta cuestión, porque resulten ellas de la
desigualdad hecha igual, o ya sea de otra manera. Por otra parte, si una
de estas dos unidades es anterior a la otra, será anterior igualmente al
número dos compuesto de dos unidades; porque cuando de dos cosas, la una
es anterior, la otra posterior; el compuesto de estas dos cosas es
anterior a la una y posterior a la otra. En fin, puesto que hay la unidad
en sí, que es la primera, y luego la primera unidad real, habrá una
segunda después de aquélla, y luego una tercera; la segunda después de la
segunda, es la tercera después de la primera, y entonces las unidades
serán anteriores a los números que las comprenden. Por ejemplo, es preciso
que una tercera unidad se una a la díada antes que se tenga el número
tres, y que una cuarta se añada a la tríada, después una quinta, para
obtener los números siguientes.
Ninguno de los filósofos de que se trata ha podido decir que las
unidades sean incombinables de esta manera. Sin embargo, así resulta de
sus principios. Pero esto es contrario a la realidad. Es natural decir que
hay anterioridad y posterioridad en las unidades, si hay una unidad
primera y un primer uno; y lo mismo de las díadas, si hay una primera
díada. Porque después de lo primero, es natural, es necesario que haya el
segundo; y si hay un segundo, es preciso que haya un tercero, y así
sucesivamente. Mas por otra parte es imposible afirmar que después de la
unidad primera y en sí, hay al mismo tiempo una primera unidad, una
segunda unidad, y una díada primera. Porque se admite una primera mónada,
una primera unidad, y jamás se habla de segunda ni de tercera; se dice que
hay una primera díada, y no se admite una segunda, una tercera. Es
evidente que no es posible, si todas las unidades son incombinables, que
el mismo número dos, que el tres, existan; y lo mismo puede decirse de los
demás números.
Que las unidades todas difieran o no entre sí, es preciso que los
números se formen necesariamente por adición; y así el número dos
resultará de la unidad unida a otra unidad; el número tres del número dos
aumentado con una unidad y lo mismo sucederá con el número cuatro.
Conforme a esto, es imposible que los números sean producidos, como se ha
dicho, por la díada y la unidad. La díada, en efecto, es una parte del
número tres, éste del número cuatro y, en el mismo caso, están los números
siguientes. El número cuatro se dice que encierra dos díadas, procedente
de la primera díada y de la díada indeterminada, ambas diferentes de la
díada en sí. Pero si la díada en sí no entra como parte en esta
composición, será preciso decir entonces que una segunda díada se ha unido
a la primera; y la díada, a su vez, resultará de la unidad en sí y de otra
unidad. Sí es así, no es posible que uno de los elementos del número dos
sea la díada indeterminada, porque ella no engendra más que una unidad, y
no la díada determinada. Además, fuera de la díada y de la tríada en sí,
¿cómo podrá haber otras tríadas y otras díadas? ¿Cómo podrán componerse de
las primeras mónadas y de las siguientes? Todo esto no es más que una pura
ficción, y es imposible que haya por el pronto una primera díada y en
seguida una tríada en sí, lo cual es una consecuencia necesaria, sin
embargo, si se admite la unidad y la díada indeterminada como elementos de
los números. Si la consecuencia no puede ser aceptada, es imposible que
sean éstos los principios de los números. Tales son las consecuencias a
que se ve uno conducido necesariamente y a otras análogas, si todas las
unidades son diferentes entre sí.
Si las unidades difieren en los números diferentes y son idénticas
entre sí sólo en un mismo número, también en este caso se presentan
dificultades no menores en número. Así, en la década en sí se encuentran
diez unidades; pero el número diez se compone de estas unidades, y también
de dos veces el número cinco. Y como esta década no es un número
cualquiera, porque no se compone de dos números cinco cualesquiera, ni de
cualesquiera unidades, es de toda necesidad que las unidades que la
componen difieran entre sí. Si no difieren, los dos números cinco que
componen el número diez no diferirán tampoco. Si estos números difieren,
habrá diferencia igualmente en las unidades. Si las unidades difieren, ¿no
habrá en el número diez otros números cinco, no habrá más que los dos
números en cuestión? Que no haya otros, esto es absurdo; y si hay otros,
¿qué número diez no hay otro número diez fuera de él mismo? Por otra
parte, es de necesidad que el número cuatro se componga de díadas que no
se toman al azar; porque se dice, es la díada indeterminada la que
mediante su unión con la díada determinada, ha formado dos díadas. Con
aquello que ha tornado es con lo que podía producir díadas.
Además, ¿cómo pueden ser la díada una naturaleza particular fuera de
las dos unidades, y la tríada fuera de las tres unidades? Porque, o bien
la una participa de la otra, como el hombre blanco participa de lo blanco
y del hombre, aunque sea distinto de ambos; o bien la una será una
diferencia de la otra, así como hay el hombre independiente del animal y
del bípedo. Además, hay unidad por contacto, unidad por la mezcla, unidad
por posición (511); pero ninguno de estos modos conviene a las unidades
que componen la díada o la tríada. Pero así como los hombres no son un
objeto uno, independientemente de los dos individuos, lo mismo sucede
necesariamente respecto a las unidades. Y no podrá decirse que el caso no
es el mismo, por ser indivisibles las unidades; los puntos son también
indivisibles y, sin embargo, los dos puntos, tomados colectivamente, no
son una cosa independiente de cada uno de los dos. Por otra parte, no debe
olvidarse que las díadas son unas anteriores, otras posteriores, y los
demás números son como las díadas. Porque supongamos que las dos díadas
que entran en el número cuatro sean coetáneas; por lo menos son anteriores
a las que entran en el número ocho; ellas son las que han producido los
dos números cuatro que se encuentran en el número ocho, así como ellas
mismas habían sido producidas por la díada. Conforme a esto, si la primera
díada es una idea, estas díadas serán igualmente ideas. El mismo
razonamiento cabe respecto de las unidades. Las unidades de la primera
díada producen las cuatro unidades que forman el número cuatro; por
consiguiente, todas las unidades son ideas, y hay por tanto ideas
compuestas por ideas. Por consiguiente, es claro que los mismos objetos de
que estas unidades son ideas, se compondrán de la misma manera; habría,
por ejemplo, animales compuestos de animales, si hay ideas de los
animales.
Finalmente, establecer una diferencia cualquiera entre las unidades,
es un absurdo, una pura ficción; digo ficción, porque esto va contra la
idea misma de la unidad. Porque la unidad no difiere, al parecer, de la
unidad, ni en cantidad, ni en cualidad; es la necesidad que el número sea
igual o desigual; todo número, pero sobre todo el número compuesto de
unidades. De suerte que, si no es ni más grande ni más pequeño, es igual.
Ahora bien, cuando dos números son iguales y no difieren en nada, se dice
que son los mismos. Si no fuese así, las díadas que entren en el número
diez podrían diferir a pesar de su igualdad; porque, ¿qué razón podría
haber para decir que no difieren? Además, si toda unidad unida a otra
unidad forma el número dos, la unidad sacada de la díada formará, con la
unidad sacada de la tríada, una díada, díada compuesta de unidades
diferentes; y entonces esta díada, ¿será anterior a la tríada o posterior?
parece que debe más bien ser necesariamente anterior, porque una de estas
dos unidades es coetánea de la tríada, y la otra coetánea de la díada. Es
cierto, en general, que toda unidad unida a otra unidad, ya sean iguales o
desiguales, forman dos: como el bien y el mal, el hombre y el caballo.
Pero los filósofos de que se trata no admiten ni siquiera que esto tenga
lugar en cuanto a las mónadas. Sería extraño, por otra parte, que el
número tres no fuese más grande que el número dos: ¿se admite que es más
grande? Pero hemos visto que era igual. De suerte que ni diferirá del
mismo número dos. Pero esto no es posible, si hay un número que sea
primero, otro que sea segundo; y entonces las ideas no serán números, y
bajo esta relación tienen razón los que dicen que las unidades difieren;
en efecto, si fuesen ideas no habría, como dijimos más arriba, más que una
sola idea en la hipótesis contraria. Si, por el contrario, las mónadas no
difieren, las díadas, las tríadas, tampoco diferirán; y entonces será
preciso decir que se cuenta de esta manera: uno, dos, sin que el número
siguiente resulte del precedente unido la otra unidad, sin lo cual el
número no sería ya producido por la díada indeterminada y no habría ya
ideas. Una idea se encontraría en otra idea, y todas las ideas serían
partes de una idea única.
Los que pretenden, por tanto, que las unidades no difieren, razonan
bien en la hipótesis de las ideas, pero no en absoluto. Necesitan suprimir
muchas cosas. Ellos mismos confiesan que, sobre esta cuestión, cuando
contamos y decimos, uno, dos, tres, ¿el segundo número no es más que el
primero unido a una unidad, o bien es considerado aparte en sí mismo?
Confesarán, digo, que es dudoso. Y en realidad podemos considerar los
números desde este doble punto de vista. Es, pues, ridículo admitir que
hay en los números tan gran diferencia de esencia.
- VIII -
Ante todo es bueno determinar qué diferencia hay entre el número y la
unidad, si es que la hay. Sólo podría haber diferencia bajo la relación de
la cantidad o bajo la de la cualidad; pero no se puede aplicar aquí ni uno
ni otro supuesto; sólo los números difieren en cantidad. Si las unidades
difieren en cantidad, un número diferiría de otro, aun conteniendo la
misma suma de unidades. En seguida, ¿las primeras unidades serían las más
grandes o serían las más pequeñas? ¿Irían creciendo o sucedería lo
contrario? Todas estas hipótesis son irracionales.
Por otra parte, las unidades tampoco pueden diferir por la cualidad,
porque no pueden tener en sí ninguna modificación propia; en los números,
en efecto, se dice que la cualidad es posterior a la cantidad. Por otra
parte, esta diferencia de cualidad no podría venir sino del uno o del dos;
pero la unidad no tiene cualidad, y el dos sólo tiene cualidad en tanto
que es una cantidad, y por ser esta su naturaleza puede producir la
pluralidad de los seres. Si la mónada puede tener cualidad de cualquiera
otra manera, sería preciso comenzar por decirlo; debería determinarse
antes, porque las mónadas deben necesariamente diferir; y si esta
necesidad no existe, ¿de dónde puede proceder esta cualidad de que se
habla? Es, pues, evidente, que si las ideas son números, no es posible que
todas las mónadas sean absolutamente combinables, como no lo es que sean
todas incombinables entre sí.
Lo que otros filósofos dicen de los números no es más verdadero;
quiero hablar de los que creen que las ideas no existen, ni absolutamente,
ni en tanto que números; pero que admiten la existencia de los seres
matemáticos, pretendiendo que los números son los primeros seres, y que
tienen por principio la unidad en sí. Sería un absurdo que hubiese, como
quieren, una unidad primera, anterior a las unidades realizadas, y que la
misma cosa no tuviese lugar también respecto de la díada y de la tríada,
porque las mismas razones hay en ambos casos. Por lo tanto, si lo que se
hay en ambos es exacto, y si se admite que el número matemático existe
solo, no tiene la unidad por principio. Esta unidad, en efecto, debería
necesariamente diferir de las otras mónadas; y por consiguiente, la díada
primitiva diferiría igualmente de las demás díadas, y lo mismo sucedería
con todos los números sucesivamente. Si la unidad es principio, el punto
de vista de Platón, relativamente a los números, es mucho más verdadero, y
es necesario decir con él que hay también una díada, una tríada primitiva,
y que los números no son combinables entre sí. Por otra parte, si se
admite esta opinión, ya hemos demostrado todas las consecuencias absurdas
que de ella resultan. Sin embargo, es preciso optar entre una y otra de
estas dos opiniones. Si ni la una ni la otra son verdaderas, no será
posible que el número exista separado.
Es evidente, conforme a esto, que el tercer sistema que admite que el
mismo número es a la vez el número ideal y el número matemático, es el más
falso de todos porque este sistema reúne él solo todos los defectos de los
otros dos. El número matemático no es ya verdaderamente el número
matemático; pero como se transforma hipotéticamente su naturaleza, se ve
uno forzado a atribuirle otras propiedades, además de las propiedades
matemáticas; y todo lo que resulta de suponer la existencia de un número
ideal, es verdadero igualmente respecto a este número considerado de esta
manera.
El sistema de los pitagóricos presenta, desde un punto de vista,
menos dificultades que los precedentes; pero desde otro tienen algunas
otras que le son propias. Decir que el número no exista separado es
suprimir ciertamente un gran número de consecuencias imposibles que
nosotros hemos indicado; pero admitir, por otra parte, que los cuerpos se
componen de números, y que el número componente es el número matemático,
he aquí lo que es imposible. En efecto, no es cierto que las magnitudes
sean indivisibles; precisamente porque son indivisibles es por lo que las
mónadas no tienen magnitud; ni ¿cómo es posible componer las magnitudes
con elementos indivisibles? Pero el número aritmético se compone de
mónadas indivisibles; y sin embargo, se dice que los números son los seres
sensibles; se aplican a los cuerpos las propiedades de los números como si
vinieran de los números. Además, es necesario, si el número es un ser, en
sí, que lo sea de alguna de las maneras que hemos indicado, pero no puede
serlo de ninguna de ellas. Por lo tanto, es evidente que la naturaleza del
número no es la que le atribuyen los filósofos que le consideran como un
ser independiente.
No es esto todo: ¿es cada mónada el resultado de la igualdad de lo
grande y de lo pequeño, o preceden unas de lo grande y otras de lo
pequeño? En este último caso no viene cada número de todos los elementos
del número, y por lo tanto las mónadas son diferentes; porque en las unas
entre lo grande, en las otras lo pequeño, que es por su naturaleza lo
contrario de lo grande. Por otra parte, ¿cuál es la naturaleza de las que
forman la tríada? Porque en este número hay una mónada impar. Por esto
mismo, se dirá se admite que la unidad ocupa un medio entre el par y el
impar. Sea así; pero si cada mónada es el resultado de la igualdad de lo
grande y de lo pequeño, ¿cómo la díada constituirá una sola y misma
naturaleza estando compuesta de lo grande y de lo pequeño? ¿En qué
diferirá de la mónada? Además, la mónada es anterior a la díada, porque su
supresión lleva consigo la de la díada. La mónada será necesariamente una
idea de idea, puesto que es anterior a una idea, y la mónada primera
procederá de otra cosa. La mónada en sí es la que produce la primera
mónada; lo mismo que la díada indeterminada produce el número dos.
Añádase a esto que es de toda necesidad que el número sea infinito o
finito, porque se forma de él un ser separado; y es, por lo tanto,
necesariamente un ser en una u otra de estas dos condiciones. Por lo
pronto, no puede ser infinito, y esto es evidente, porque el número
infinito no sería par ni impar, y todos los números producidos son siempre
pares o impares. Si una unidad llega a unirse a un número par, se hace
impar; si la díada indefinida se junta a la unidad, se tiene el número
dos; y se tiene un número par, si dos números impares se juntan.
Además, si toda idea corresponde a un objeto, y si los números son
ideas, habrá un objeto sensible o de cualquiera otra especie que
corresponderá al número infinito. Pero esto no es posible conforme a la
doctrina misma, ni conforme a la razón. En la hipótesis de que nos
ocupamos, toda idea tiene un objeto correspondiente; pero si el número es
finito, ¿cuál es el límite? No basta afirmarlo; es preciso dar la
demostración. Si el número ideal no pasa de diez, como algunos pretenden,
las ideas faltarán bien pronto; si, por ejemplo, el número tres es el
hombre en sí, ¿qué número será el caballo en sí? Los números hasta diez
son los únicos que pueden representar los seres en sí, y todos los objetos
deberán tener por idea alguno de estos números, porque sólo ellos son
sustancias e ideas. Pero faltarán números para los demás objetos, porque
no bastarán ni siquiera para las especies del género animal. Es evidente
también que si el número tres es el hombre en sí, siendo todos semejantes,
puesto que entran en los mismos números habrá entonces un número infinito
de hombres. Si cada número tres es una idea, cada hombre es el hombre en
sí; si no, habrá solamente el ser en sí, correspondiendo al hombre en
general. Además, si el número más pequeño es una parte del más grande, los
objetos representados por las mónadas componentes serán parte del objeto
representado por el número compuesto. Y así, si el número cuatro es la
idea de un ser, del caballo o de lo blanco, por ejemplo, el hombre será
una parte del caballo si el hombre es el número dos. Es, pues, un absurdo
decir que el número diez es una idea, y que el número once y siguientes no
son ideas. Añádase a esto que existen y se producen seres de los que no
hay ideas. ¿Por qué, pues, no hay también ideas de estos seres? Las ideas
no son, por tanto, causas. Por otra parte, es un absurdo que los números
hasta el diez sean más bien seres e ideas que el mismo número diez. Es
cierto que estos números, en la hipótesis que discutimos, no son
engendrados por la unidad, mientras que sucede lo contrario con la década;
y esto quieren explicarlo diciendo que todos los números hasta el diez son
números perfectos. En cuanto a todo lo que se liga a los números, como el
vacío, la analogía, el impar, son, según ellos, producciones de los diez
primeros números. Atribuyen ciertas cosas a la acción de los principios,
como el movimiento, el reposo, el bien, el mal; y todas las demás cosas
resultan de los números. La unidad es el impar, porque si fuese el número
tres, ¿cómo el número cinco sería el impar? En fin, ¿hasta qué límite
llega la cantidad para las magnitudes y las demás cosas de este género? La
línea primera es indivisible, después la díada, y después los demás
números hasta la década.
Además, si el número se ha separado, podría preguntarse ¿quién tiene
la prioridad, la unidad o la tríada y la díada? En tanto que los números
son compuestos, la unidad en tanto que el universal y la forma son
anteriores, el número. Cada unidad es una parte del número, como materia:
el número es la forma. Asimismo, desde un punto de vista el ángulo agudo
es posterior al ángulo recto, porque se le define por el recto; desde
otro, es anterior, porque es una parte de él, puesto que el ángulo recto
pude dividirse en ángulos agudos. En tanto que materia, el ángulo recto,
el elemento, la unidad son anteriores; pero bajo la relación de la forma y
de la moción sustancial, lo que es anterior es el ángulo recto que se
compone de la materia y de la forma; porque lo compuesto de la materia y
de la forma se aproxima más a la forma y a la moción sustancial; pero bajo
la relación de la producción, es posterior. ¿Cómo, por tanto, es la unidad
principio? Es, se dice, porque es indivisible. Pero lo universal, lo
particular, el elemento, son indivisibles igualmente, pero no de la misma
manera: lo universal es indivisible en su noción; el elemento lo es en el
tiempo. ¿De qué manera, por último, la unidad es un principio? El ángulo
recto, acabamos de decir, es anterior al agudo, y el agudo parece anterior
al recto, y cada uno de ellos es uno. Se dirá que la unidad es principio
desde estos dos puntos de vista. Pero esto es imposible; lo sería por una
parte, a título de forma y de esencia, y por otra a título del parte de
materia. En la díada verdaderamente sólo hay unidades en potencia. Si el
número es, como se pretende, una unidad y no un montón; si cada número se
compone de unidades diferentes, las dos unidades se dan en él en potencia
y o en acto.
He aquí la causa del error en que se incurre: se examina a la vez la
cuestión desde el punto de vista matemático y desde el punto de vista de
las nociones universales. En el primer caso se considera la unidad y el
principio como un punto, porque la mónada es un punto sin posición; y
entonces los partidarios de este sistema componen, como lo hacen también
algunos otros, los seres con el elemento más pequeño. La mónada es la
materia de los números, y así es anterior a la díada; pero bajo otra
relación es posterior, siendo la díada considerada como un todo, una
unidad, como la forma misma. El punto de vista de lo universal condujo a
considerar la unidad como el principio general: por otra parte se le
consideró como parte, como elemento: dos caracteres que no podrán
encontrarse a la vez en la unidad. Si solamente la unidad en sí debe
existir sin posición, porque lo que únicamente la distingue es que es
principio y que la díada es divisible, mientras que la mónada no lo es, se
sigue de aquí que lo que se aproxima más a la unidad en sí es la mónada; y
si es la mónada, la unidad en sí tiene más relación con la mónada que con
la díada. Por consiguiente, la mónada y la unidad en sí deben ser
anteriores a la díada. Pero se pretende lo contrario; que lo que se
produce primero es la díada. Por otra parte, si la díada en sí y la tríada
en sí son ambas una unidad, ambas son la díada. ¿Qué es, pues, lo que
constituye esta díada?
- IX -
Podría presentarse esta dificultad: no hay contacto en los números,
no hay más que sucesión: ahora bien, ¿todas las mónadas entre las que no
hay intermedios, por ejemplo, las de la díada o de la tríada, siguen a la
unidad en sí? ¿La díada es anterior sólo a las unidades que se encuentran
en los números siguientes, o bien es anterior a toda unidad? La misma
dificultad tiene lugar respecto de los otros géneros del número, de la
línea, de la superficie, del cuerpo. Algunos los componen con las diversas
especies de lo grande y de lo pequeño: así componen las longitudes con lo
largo y lo corto; las superficies con lo ancho y lo estrecho; los sólidos
con lo profundo y lo no profundo, cosas todas que son especies de lo
grande y de lo pequeño. En cuanto a la unidad considerada como principio
de estos números hay diversas opiniones, las cuales están llenas de mil
contradicciones, de mil ficciones evidentes y que repugnan al buen
sentido. En efecto, las partes del número quedan sin ningún vínculo, si
los principios mismos no tienen ninguno entre sí: se tienen separadamente
lo ancho y lo estrecho, lo largo y lo corto; y si así fuese, la superficie
sería una línea y el sólido un plano. Además, ¿cómo darse razón, en este
sistema, de los ángulos, de las figuras, etc.? Estos objetos se encuentran
en el mismo caso que los componentes del número; porque son modos de la
magnitud. Mas la magnitud no resulta de los ángulos y de las figuras; lo
mismo que la longitud no resulta de lo curvo ni de lo recto, ni los
sólidos de lo áspero y de lo liso.
Pero hay una dificultad común a todos los géneros considerados como
universales: se trata de las ideas que encierran un género. Y así, ¿el
animal en sí está en el animal o es diferente de él? Si no existe separado
de él, no hay dificultad; pero si existe independientemente de la unidad y
de los números, como pretenden los partidarios del sistema, entonces la
solución es difícil, a no ser que por fácil se quiera entender lo
imposible. En efecto, cuando se considera la unidad en la díada, o en
general en un número, ¿se considera la unidad en sí u otra unidad?
Lo grande y lo pequeño constituyen, según algunos, la materia de las
magnitudes; según otros, el punto (el punto les parece ser, no la unidad,
sino algo análogo a la unidad), y otra materia del género de la cantidad,
pero no cantidad. Las mismas dificultades se producen igualmente en este
sistema. Porque si no hay más que una sola materia, hay identidad entre la
línea, la superficie y el sólido; si hay muchas, una para la línea, otra
para la superficie, otra para el sólido, ¿estas diversas materias se
acompañan o no? Se tropezará por este camino con las mismas dificultades:
la superficie, o no contendrá la línea o bien será una línea. Además,
¿cómo el número puede componerse de unidad y de pluralidad? Esto es lo que
no se intenta demostrar. Cualquiera que sea la respuesta, se tropieza con
las mismas dificultades que cuando se compone el número con la díada
indefinida. Unos componen el número con la pluralidad tomada en su
acepción general, y no con la pluralidad determinada; otros con una
pluralidad determinada, la primera pluralidad; porque la díada es una
especie de pluralidad primera. No hay ninguna diferencia, por decirlo así;
los mismos embarazos se encuentran en los dos sistemas con relación a la
posición, a la mezcla, a la producción y a todos los modos de este género.
Veamos una de las más graves cuestiones que puedan proponérsenos para
su resolución. Si cada mónada es una, ¿de dónde viene? No es cada una de
ellas la unidad en sí; es una necesidad, por tanto, que vengan de la
unidad en sí y de la pluralidad o de una parte de la pluralidad. Pero es
imposible decir que la mónada es una pluralidad, puesto que es
indivisible; si se dice que vienen de una parte de la pluralidad, surgen
otras dificultades. Porque es necesario que cada una de las partes sea
indivisible o que sea una pluralidad; y en este último caso la mónada
sería divisible y los elementos del número no serían ya la unidad ni la
pluralidad. Por lo demás, no se puede suponer que cada mónada venga de la
pluralidad y de la unidad. Por otra parte, el que compone así la mónada,
no hace más que dar un número nuevo, porque el número es una pluralidad de
elementos indivisibles. Además es preciso preguntar a los partidarios de
este sistema si el número es finito o infinito. Debe ser, al parecer, una
pluralidad finita, la cual, junto con la unidad, ha producido las mónadas
finitas; una cosa es la pluralidad en sí, y otra la pluralidad infinita.
¿Qué pluralidad con y en qué unidad se dan aquí los elementos?
Las mismas objeciones podrían hacerse [con relación] al punto y al
elemento con que se componen las magnitudes. No hay un punto único, el
punto generador: ¿de dónde vienen, pues, cada uno de los demás puntos?
Seguramente no proceden de cierta dimensión y del punto en sí. Más aún; no
es siquiera posible que las partes de esta dimensión sean indivisibles,
como lo son las partes de la pluralidad, con las cuales se producen las
mónadas, porque el número se compone de elementos indivisibles y no de
magnitudes (512).
Todas estas dificultades y otras muchas del mismo género prueban
hasta la evidencia que no es posible que el número y las magnitudes
existan separadas. Además, la divergencia de opinión entre los primeros
filósofos, con relación al número, prueba la perpetua confusión a que les
conduce la falsedad de sus sistemas. Los que sólo han reconocido los seres
matemáticos son independientes de los objetos sensibles, han desechado el
número ideal y admitido el número matemático, porque vieron las
dificultades, las hipótesis absurdas que entrañaba la doctrina de las
ideas. Los que han querido admitir a la vez la existencia de las ideas y
la de los números, no viendo claramente cómo, reconociendo dos principios,
se podría hacer el número matemático independiente del número ideal, han
identificado verbalmente el número ideal y el número matemático. Esto, en
realidad, equivale a suprimir el número matemático, porque el número es en
tal caso un ser particular, hipotético, y no el número matemático. El
primero que admitió que había números e ideas, separó con razón los
números de las ideas. En este punto de vista de cada uno hay, por tanto,
algo de verdadero; pero no están completamente en la verdad. Ellos mismos
los confirman con su desacuerdo y sus contradicciones. La causa de esto es
que sus principios son falsos, y es difícil, dice Epicarmo, decir la
verdad partiendo de lo que es falso; porque la falsedad se hace evidente
desde el momento en que se habla.
Estas objeciones y estas observaciones [con relación] al número son
ya bastantes: mayor número de pruebas convencería más a los que ya están
persuadidos; pero no persuadiría más a los que no lo están. En cuanto a
los primeros principios, a las primeras causas y a los elementos que
admiten los que sólo tratan de la sustancia sensible, una parte de esta
cuestión ha sido ya tratada en la Física, y el estudio de los demás
principios no entran en la indagación presente (513). Debemos estudiar
ahora estas otras sustancias que algunos filósofos consideran como
independientes de las sustancias sensibles. Los hay que han pretendido que
las ideas y los números son sustancias de este género, y que sus elementos
son los elementos y los principios de los seres, y es preciso examinar y
juzgar sus opiniones sobre este punto. En cuanto a los que se admiten sólo
los números y los hacen números matemáticos, nos ocuparemos de ellos más
adelante; ahora vamos a examinar el sistema de aquellos que admiten las
ideas, y ver las dificultades que lleva consigo.
Por lo pronto consideran las ideas a la vez, primero como esencias
universales, después como esencias separadas, y por último como la
sustancia misma de las cosas sensibles; pero nosotros hemos demostrado
precedentemente que esto era imposible. Lo que dio lugar a que los que
afirman las ideas como esencias universales las reunieran así en un solo
género, fue que no atribuyeron la misma sustancia a los objetos sensibles.
Creían que los objetos sensibles están en un movimiento perpetuo, sin que
ninguno de ellos persista; pero que fuera de estos seres particulares,
existe lo universal, y que lo universal tiene una existencia propia.
Sócrates, como precedentemente dijimos, se ocupó de lo universal en sus
definiciones; pero no lo separó de los seres particulares, y tuvo razón en
no separarlo. Una cosa resulta probada por los hechos, y es que sin lo
universal no es posible llegar hasta la ciencia; pero la separación de lo
general de lo particular es la causa de todas las dificultades que lleva
consigo el sistema de las ideas.
Algunos filósofos, creyendo que sí hay otra sustancia además de las
sustancias sensibles, que pasan perpetuamente, era imprescindible que
tales sustancias estuviesen separadas, y no viendo, por otra parte, otras
sustancias, admitieron esencias universales; de suerte que en su sistema
no hay casi ninguna diferencia de naturaleza entre las esencias
universales y las sustancias particulares. Esta es, en efecto, una de las
dificultades que lleva consigo la doctrina de las ideas.
- X -
Hemos dicho al principio, al proponer las cuestiones que debían
resolverse (514), las dificultades que se presentan, ya se admita, ya se
deseche la doctrina de las ideas. Volvamos a tratar este punto.
Si se quiere que no sean sustancias separadas a manera de seres
individuales, entonces se anonada la sustancia tal como nosotros la
concebimos. Si se supone, al contrario, que son sustancias separadas,
¿cómo representarse sus elementos y principios? Si estos elementos son
particulares y no universales, habrá tantos elementos como seres, y no
habrá ciencia posible de los elementos. Supongamos, por ejemplo, que las
sílabas que componen la palabra sean sustancias, y que sus elementos sean
los elementos de éstas; será preciso que la sílaba BA sea lo mismo que
cada una de las demás sílabas, porque no son universales, y no son
idénticas por una relación de la especie; cada una de ellas es una en
número, es un ser determinado, es sola de su especie. Luego en esta
hipótesis cada sílaba existe aparte e independiente, y si esto son las
sílabas, lo mismo lo serán también sus elementos. De suerte que no habrá
mas que una sola A, y lo mismo sucederá con cada uno de los otros
elementos de las sílabas en virtud de este principio, según el que una
misma sílaba no puede representar papeles diferentes. Si es así, no habrá
otros seres fuera de los elementos, no habrá más que elementos. Añádase a
esto que no hay ciencia de los elementos, pues no tienen el carácter de la
generación, y la ciencia abraza lo general. Esto se ve claramente en las
definiciones y demostraciones: no se concluiría que los tres ángulos de un
triángulo particular son iguales a dos rectos si los tres ángulos de todo
triángulo no fuesen iguales a dos rectos; no se diría que este hombre es
un animal si no fuese todo hombre un animal.
Si, de otro lado, los principios son universales, o si constituyen
las esencias universales, lo que no es sustancia será anterior a la
sustancia, porque lo universal no es una sustancia, y los elementos y los
principios son universales. Todas estas consecuencias son legítimas, si se
componen las ideas de elementos, si se admite que independientemente de
las ideas y de las sustancias de la misma especie hay otra sustancia
separada de las primeras. Pero nada obsta a que con las demás sustancias
suceda lo que con los elementos de los sonidos; esto es, que se tienen
muchas A y muchas B, que sirven para formar una infinidad de sílabas, sin
que por esto haya, independientemente de estas letras, la A en sí, ni la B
en sí.
La dificultad más importante que debemos tener en cuenta es la
siguiente: toda ciencia recae sobre lo universal, y es de necesidad que
los principios de los seres sean universales y no sustancias separadas.
Esta aserción es verdadera desde un punto de vista, y desde otro no lo es.
La ciencia y el saber son dobles en cierta manera: hay la ciencia en
potencia y la ciencia en acto. Siendo la potencia, por decirlo así, la
materia de lo universal y la indeterminación misma, pertenece a lo
universal y a lo indeterminado, pero el acto es determinado: tal acto
determinado recae sobre tal objeto determinado. Sin embargo, el ojo ve
accidentalmente el color universal, porque tal color que él ve es color en
general. Esta A particular que estudia el gramático es una A en general.
Porque si es necesario que los principios sean universales, lo que de
ellos se deriva lo es necesariamente, como se ve en las demostraciones. Y
si esto es así, nada existe separado, ni aun la sustancia misma. Por lo
tanto, es cosa clara que desde un punto de vista la ciencia es universal y
que desde otro no lo es.
Libro decimocuarto
I. Ningún contrario puede ser el principio de todas las cosas. -II. Los
seres eternos no se componen de elementos. -III. Refutación de los
pitagóricos y de su doctrina sobre los números. -IV. De la producción de
los números. Otras objeciones a las opiniones de los pitagóricos. -V. El
número no es la causa de las cosas. -VI. Más objeciones contra la doctrina
de los números y de las ideas.
- I -
Por lo que toca a esta sustancia, atengámonos a lo que precede. Los
filósofos de que se trata hacen derivar de los contrarios lo mismo las
sustancias inmobles que los seres físicos. Pero si no es posible que haya
nada anterior al principio de todas las cosas, el principio, cuya
existencia constituye otra cosa, no puede ser un verdadero principio.
Sería como decir que lo blanco es un principio, no en tanto que otro, sino
en tanto que blanco, reconociendo que lo blanco se da siempre unido a un
sujeto, y que está constituido por otra cosa que él mismo; esta cosa
tendría ciertamente la anterioridad. Todo proviene de los contrarios,
convengo en ello, pero de los contrarios inherentes a un sujeto. Luego
necesariamente los contrarios son ante todo atributos; luego siempre son
inherentes a un sujeto, y ninguno de ellos tiene una existencia
independiente, pues que no hay nada que sea contrario a la sustancia, como
es evidente y atestigua la noción misma de la sustancia. Ningún contrario
es, pues, el principio primero de todas las cosas; luego es preciso otro
principio.
Algunos filósofos hacen de uno de los dos contrarios la materia de
los seres. Unos oponen a la unidad, a la igualdad, la desigualdad, que
constituye, según ellos, la naturaleza de la multitud; otros oponen la
multitud misma a la unidad. Los números se derivan de la díada, de lo
desigual, es decir, de lo grande y de lo pequeño, en la doctrina de los
primeros; y en la de los otros, de la multitud; pero en ambos casos bajo
la ley de unidad como esencia. Y en efecto, los que admiten como elementos
lo uno y lo desigual, y lo desigual como díada de lo grande y de lo
pequeño, admiten la identidad de lo desigual con lo grande y lo pequeño,
sin afirmar en la definición que es una identidad lógica y no una
identidad numérica. Y así no es posible entenderse sobre los principios a
que se da el nombre de elementos. Los unos admiten lo grande y lo pequeño
con la unidad; admiten tres elementos de los números; los dos primeros
constituyen la materia; la forma es la unidad. Otros admiten lo poco y lo
mucho; elementos que se aproximan más a la naturaleza de la magnitud,
porque no son más que lo grande y lo pequeño. Otros admiten elementos más
generales: el exceso y el defecto.
Todas las opiniones de que se trata conducen, por decirlo así, a las
mismas consecuencias. No difieren, bajo esta relación, más que en un
punto: algunos evitan las dificultades lógicas, porque dan demostraciones
lógicas. Observemos, sin embargo, que la doctrina que asienta como
principios el exceso y el defecto, y no lo grande y lo pequeño, es en el
fondo la misma que la que concede el número, compuesto de elementos, la
anterioridad sobre la díada. Pero los filósofos que nos ocupan adoptan
aquélla y rechazan ésta.
Hay algunos que oponen a la unidad lo diferente y lo otro; algunos
oponen la multitud a la unidad. Si los seres son, como ellos pretenden,
compuestos de contrarios, o la unidad no tiene contrario, o si lo tiene,
este contrario es la multitud. En cuanto a lo desigual, es el contrario de
lo igual, lo diferente lo es de lo idéntico, lo otro lo es de lo mismo.
Sin embargo, aunque los que oponen la unidad a la multitud tengan razón
hasta cierto punto, no están en lo verdadero. Según su hipótesis, la
unidad sería lo poco, porque lo opuesto del pequeño número es la multitud,
de lo poco es lo mucho. Pero el carácter de la unidad es ser la medida de
las cosas, y la medida, en todos los casos, es un objeto determinado que
se aplica a otro objeto; para la música, por ejemplo, es un semitono; para
la magnitud, el dedo o el pie, u otra unidad análoga; para el ritmo, la
base o la sílaba. Lo mismo pasa con la pesantez: la medida es un peso
determinado. Y finalmente, lo propio sucede con todos los objetos, siendo
una cualidad particular la medida de las cualidades, y la de las
cantidades una cantidad determinada. La medida es indivisible, indivisible
en ciertos casos bajo la relación de la forma; en otros indivisible para
los sentidos; lo que prueba que la unidad no es por sí misma una esencia.
Se puede uno convencer de ello examinándolo. En efecto, el carácter de la
unidad es el ser la medida de una multitud; el del número el ser una
multitud y una multitud de medidas. Así que, con razón, la unidad no se
considera como un número; porque la medida no se compone de medidas, sino
que es ella el principio, la medida, la unidad. La medida siempre debe ser
una misma cosa, común a los seres medidos. Si la medida, por ejemplo, es
el caballo, los seres medidos son caballos; son hombres si la medida es un
hombre. Si se trata de un hombre, un caballo, un dios, será probablemente
la medida del animal, y el número formado por estos tres será un número de
animales. Si se trata, por lo contrario, de un hombre blanco, que anda,
entonces no puede haber número, porque en este caso todo reside en el
mismo ser, en un ser numéricamente uno. Puede haber, sin embargo, el
número de los géneros o de las otras clases de seres a que pertenecen
estos objetos.
La opinión de los que reconocen lo desigual como unidad, y que
admiten la díada indefinida de lo grande y de lo pequeño, se separa mucho
de las ideas recibidas y hasta de lo posible. Aquellas son, en efecto,
modificaciones, accidentes, más bien que sujetos de los números y de las
magnitudes. Al número pertenecen lo mucho y lo poco; a la magnitud lo
grande y lo pequeño; lo mismo que lo par y lo impar, lo liso y lo áspero,
lo recto y lo curvo. Añádase a este error que lo grande y lo pequeño son
necesariamente una relación, así como todas las cosas de este género. Pero
de todas las categorías, la relación es la que tiene una naturaleza menos
determinada, la que es menos sustancia, y es al mismo tiempo posterior a
la cualidad y a la cantidad. La relación es, como dijimos, un modo de la
cantidad y no una materia u otra cosa. En el género y sus partes y en las
especies reside la relación. No hay, en efecto, grande ni pequeño, mucho y
poco; en una palabra, no hay relación que sea esencialmente mucho y poco;
grande y pequeño; relación en fin. Una prueba basta para demostrar que la
relación no es en manera alguna una sustancia y un ser determinado, y es
porque no está sujeta ni al devenir, ni a la destrucción, ni al
movimiento. En la cantidad hay el aumento y la disminución; en la
cualidad, la alteración; el movimiento, en el lugar; en la sustancia, el
devenir y la destrucción propiamente dicha; nada semejante hay en la
relación. Sin que ella se mueva, puede ser una relación, ya más grande, ya
más pequeña; puede ser una relación de igualdad; basta el movimiento de
uno de los dos términos en el sentido de la cantidad. Y luego la materia
de cada ser es necesariamente este ser en potencia, y por consiguiente una
sustancia en potencia. Pero la relación no es una sustancia, ni en
potencia, ni en acto.
Es, pues, absurdo o, por mejor decir, es imposible admitir como
elemento de la sustancia, y como anterior a la sustancia, lo que no es una
sustancia. Todas las categorías son posteriores; y por otra parte, los
elementos no son atributos de los seres de que ellos son elementos; y lo
mucho y lo poco, ya separados, ya reunidos, son atributos del número; lo
largo y lo corto lo son de la línea; y la superficie tiene por atributos
lo ancho y lo estrecho. Y si hay una multitud, cuyo carácter sea siempre
lo poco (como díada, porque si la díada fuese lo mucho, la unidad sería lo
poco), o si hay un mucho absoluto, si la década, por ejemplo, es lo mucho
(o si no se quiere tomar la década por lo mucho) un número más grande que
el mayor, ¿cómo pueden derivarse semejantes números de lo poco o de lo
mucho? Deberían estar señalados con estos dos caracteres o no tener ni el
uno ni el otro. Pero en el caso de que se trata, el número sólo está
señalado como uno de los dos caracteres.
- II -
Debemos examinar de paso esta cuestión: ¿es posible que los seres
eternos estén formados de elementos? En este caso tendrían una materia,
porque todo lo que proviene de elementos es compuesto. Pero un ser, ya
exista de toda eternidad, o ya haya sido producido, proviene de aquel que
lo constituye; por otra parte, todo lo que deviene o se hace sale de lo
que es en potencia el ser que deviene, porque no saldría de lo que no
tuviese el poder de producir, y su existencia, en esta hipótesis, sería
imposible; en fin, lo posible es igualmente susceptible de pasar al acto y
de no pasar. Luego el número o cualquier otro objeto que tenga una
materia, aun cuando existiese esencialmente de todo tiempo, sería
susceptible de no ser, como ser el que no tiene más que un día. El ser que
tiene un número cualquiera de años está en el mismo caso que el que no
tiene más que un día y, por tanto, como aquel cuyo término no tiene
límites. Estos seres no serían eternos, puesto que lo que no es
susceptible de no ser no es eterno, y hemos tenido ocasión de probarlo en
otro tratado (515). Y si lo que vamos a decir es una verdad universal, a
saber: que ninguna sustancia es eterna, si no existe en acto y si, de otro
lado, los elementos son la materia de la sustancia, ninguna sustancia
eterna puede tener elementos constitutivos.
Hay algunos que admiten por elemento, además de la unidad, una aliada
indefinida, y que rechazan la desigualdad, y no sin razón, a causa de las
consecuencias imposibles que se derivan de este principio. Pero estos
filósofos sólo consiguen hacer desaparecer las dificultades que
necesariamente lleva consigo la doctrina de los que constituyen un
elemento con la desigualdad y la relación. En cuanto a los embarazos, que
son independientes de esta opinión, tienen que reconocerlos de toda
necesidad, si componen de elementos, ya el número ideal, ya el matemático.
Estas opiniones erróneas proceden de muchas causas, siendo la
principal el haber planteado la cuestión al modo de los antiguos. Se creyó
que todos los seres se reducirían a uno solo ser, al ser en sí, si no se
resolvía una dificultad, si no se salía al encuentro de la argumentación
de Parménides: «es imposible, decía éste, que no hay en ninguna parte
no-seres» (516). Se creía, por lo mismo que era preciso probar la
existencia del no-ser; y en tal caso los seres provendrían del ser y de
alguna otra cosa, y de esta manera la pluralidad quedaría explicada.
Pero observemos, por lo pronto, que el ser se toma en muchas
acepciones (517). Hay el ser que significa sustancia; después el ser según
la cualidad, según la cantidad; en fin, según cada una de las demás
categorías. ¿Qué clase de unidad serán todos los seres, si el no-ser
existe? ¿Serán las sustancias o las modificaciones, etc.? ¿O serán a la
vez todas estas cosas, y habrá identidad entre el ser determinado, la
cualidad, la cantidad, en una palabra, entre todo lo que es uno? Pero es
absurdo, digo más, es imposible que una naturaleza única haya sido la
causa de todos los seres, y que este ser, que el mismo ser constituya a la
vez por un lado la esencia, por otro la cualidad, por otro la cantidad, y
por otro finalmente el lugar. ¿Y de qué no-ser y de qué ser provendrían
los seres? Porque si se toma el ser en varios sentidos, el no-ser tiene
varias acepciones; no-hombre significa la no existencia de un ser
determinado, no-ser derecho la no existencia de una cualidad; no tener
tres codos de altura la no existencia de una cuantidad. ¿De qué ser y de
qué no-ser proviene, por tanto, la multiplicidad de los seres?
Se llega a pretender que lo falso es la naturaleza, este no-ser que
con el ser produce la multiplicidad de los seres (518). Esta opinión es la
que ha obligado a decir que es preciso admitir desde luego una falsa
hipótesis, como los geómetras, que suponen que lo que no es un pie es un
pie. Pero es imposible aceptar semejante principio. En primer lugar, los
geómetras no admiten hipótesis falsas, porque no es de la línea realizada
de la que se trata en el razonamiento. Además, no es de esta especie de
no-ser de donde provienen los seres, ni en él se resuelven, sino que el
no-ser, desde el punto de vista de la pérdida de la existencia, se toma en
tantas acepciones como categorías hay; viene después el no-ser que
significa lo falso, y luego el no-ser que es el ser en potencia; de este
último es del que provienen los seres. No es del no-hombre, y sí de un
hombre en potencia de donde proviene el hombre; lo blanco proviene de lo
que no es blanco, pero que es blanco en potencia. Y así se verifica, ya no
haya más que un solo ser que devenga, ya haya muchos.
En el examen de esta cuestión, ¿cómo el ser es muchos?, no se han
ocupado, al parecer, más que del ser entendido como esencia; lo que se
hace devenir o llegar a ser son números, longitudes y cuerpos. Al tratar
esta cuestión: ¿cómo el ser es muchos seres? Es, pues, un absurdo fijarse
únicamente en el ser determinado, y no indagar los principios de la
cualidad y cantidad de los seres. No son, en efecto, ni la díada
indefinida, ni lo grande, ni lo pequeño, causa de que dos objetos sean
blancos, o que haya pluralidad de colores, sabores, figuras. Se dice que
éstos son números y mónadas. Pero si se hubiera abordado esta cuestión, se
habría descubierto la causa de la pluralidad de que yo hablo: esta causa
es la identidad analógica de los principios (519). Resultado de la omisión
que yo señalo, la indagación de un principio opuesto al ser y a la unidad,
que constituyese con ellos todos los seres, hizo que se encontrara este
principio en la relación, en la desigualdad, los cuales no son ni lo
contrario, ni la negación del ser y de la unidad, y pertenecen, como la
esencia y la cualidad, a una sola y única naturaleza entre los seres.
Era preciso también preguntarse asimismo: ¿cómo hay pluralidad de
relaciones? Se indaga, en verdad, cómo es que hay muchas mónadas fuera de
la unidad primitiva; pero cómo hay muchas cosas desiguales fuera de la
desigualdad es lo que no se ha tratado de averiguar. Y, sin embargo, se
reconoce esta pluralidad; se admite lo grande y lo pequeño, lo mucho y lo
poco, de donde se derivan los números; lo largo y lo corto, de donde se
deriva la longitud; lo ancho y lo estrecho, de donde se derivan las
superficies; lo profundo y su contrario, de donde se derivan los
volúmenes; por último, se enumeran muchas especies de relaciones. ¿Cuál
es, pues la causa de la pluralidad? Es preciso asentar el principio del
ser en potencia, del cual se derivan todos los seres. Nuestro adversario
(520) se ha hecho esta pregunta: ¿qué son en potencia el ser y la esencia?
Pero no el ser en sí, porque sólo hablaba de un ser relativo, como si
dijera la cualidad, la cual no es ni la unidad, ni el ser en potencia, ni
la negación de la unidad o del ser, sino uno de los seres. Principio en el
que se hubiera fijado más si, como dijimos, hubiera promovido la cuestión:
¿cómo hay pluralidad de seres? Si la hubiera promovido, no respecto de una
sola clase de seres, no preguntándose: ¿cómo hay muchas esencias o
cualidades?, sino preguntándose: ¿cómo hay pluralidad de seres? Entre los
seres, en efecto, hay unos que son esencias, otros modificaciones, otros
relaciones.
Respecto de ciertas categorías, hay una consideración que explica su
pluralidad; hablo de las que son inseparables del sujeto: porque el sujeto
deviene porque se hace muchos; por esto tiene muchas cualidades y
cantidades; es preciso que, bajo cada género, haya siempre una materia,
materia que es imposible, sin embargo, separar de las esencias. En cuanto
a las esencias, es preciso, al contrario, una solución especial a esta
cuestión: ¿cómo hay pluralidad de esencias?, a menos que no haya algo que
constituya la esencia y toda naturaleza análoga a la esencia. O, más bien,
he aquí bajo qué forma se presenta la dificultad: ¿cómo hay muchas
sustancias en acto y no una sola? Pero si esencia y cantidad no son una
misma cosa, no se nos explica, en el sistema de los números, cómo y por
qué hay pluralidad de seres, sino cómo y por qué hay muchas cantidades.
Todo número designa una cantidad; y la mónada no es más que una medida,
porque es indivisible en el sentido de la cantidad. Si cantidad y esencia
son dos cosas diferentes, no se explica cuál es el principio de la
esencia, ni cómo hay pluralidad de esencia. Pero si de admite su
identidad, resulta una multitud de contradicciones.
Podría suscitarse otra dificultad con motivo de los números, y
examinar dónde están las pruebas de su existencia. Para quien afirma en
principio la existencia de las ideas, ciertos números son la causa de los
seres, puesto que cada uno de los números es una idea, y que la idea es,
de una manera o de otra, la causa de la existencia de los demás objetos.
Quiero concederles este principio. Pero al que no es de su dictamen, al
que no reconoce la existencia de los números ideales, en razón de las
dificultades que a sus ojos son consecuencia de las teorías de las ideas,
y que reduce los números al número matemático, ¿qué pruebas se le darán de
que tales son los caracteres del número, y que éste entra por algo en los
demás seres? Y estos mismos que admiten la existencia del número ideal no
prueban que sea la causa de ningún ser: sólo reconocen una naturaleza
particular que existe por sí; en fin, es evidente que este número no es
una causa, porque todos los teoremas de la aritmética se explican muy
bien, según hemos dicho (521), con números sensibles (522).
- III -
Los que admiten la existencia de las ideas, y dicen que las ideas son
números, se esfuerzan en explicar cómo y por qué, dado su sistema, puede
haber unidad en la pluralidad; pero como sus conclusiones no son
necesarias ni tampoco admisibles, no puede justificarse la existencia del
número. En cuanto a los pitagóricos, viendo que muchas de las propiedades
de los números se encontraban en los cuerpos sensibles, han dicho que los
seres eran números: estos números, según ellos, no existen separados; sólo
los seres vienen de los números. ¿Qué razones alegan? Que en la música, en
el cielo y en otras muchas cosas se encuentran las propiedades de los
números. El sistema de los que sólo admiten el número matemático no
conduce a las mismas consecuencias que el precedente; pero hemos dicho
que, según ellos, no habría ciencia posible. En cuanto a nosotros,
deberemos atenernos a lo que hemos dicho anteriormente: es evidente que
los seres matemáticos no existen separados de los objetos sensibles,
porque si estuviesen separados de ellos, sus propiedades no se
encontrarían en los cuerpos. Desde este punto de vista, los pitagóricos
son ciertamente intachables; pero cuando dicen que los objetos naturales
vienen de los números, que lo pesado o ligero procede de lo que no tiene
peso ni ligereza, al parecer hablan de otro cielo y de otros cuerpos
distintos de los sensibles. Los que admiten la separación del número,
porque las definiciones sólo se aplican al número y en modo alguno a los
objetos sensibles, tienen razón en este sentido. Seducidos por este punto
de vista, dicen que los números existen, y que están separados; y lo mismo
de las magnitudes matemáticas. Pero es evidente que, bajo otro aspecto, se
llegaría a una conclusión opuesta; y los que aceptan esta otra conclusión
resuelven por este medio la dificultad que acabamos de presentar. ¿Por qué
las propiedades de los números se encuentran en los objetos sensibles si
los números mismos no se encuentran en estos objetos?
Algunos, en vista de que el punto es el término, la extremidad de la
línea, la línea de la superficie, la superficie del sólido, concluyen que
éstas son naturalezas que existen por sí mismas. Pero es preciso parar la
atención, no sea que este razonamiento sea débil. Las extremidades no son
sustancias. Más exacto es decir que toda extremidad es el término, porque
la marcha y el movimiento en general tienen igualmente un término. Este
sería un ser determinado, una sustancia; y esto es absurdo. Pero admitamos
que los puntos y líneas son sustancias. No se dan nunca sino en objetos
sensibles, como hemos probado por el razonamiento. ¿Por qué, pues, hacer
de ellos seres separados?
Además, al no admitir ligeramente este sistema, deberá observarse,
con relación al número y a los seres matemáticos, que los que siguen nada
toman de los que preceden. Porque admitiendo que el número no exista
separado, las magnitudes no por eso dejan de existir para los que sólo
admiten los seres matemáticos. Y si las magnitudes no existen como
separadas, el alma y los cuerpos sensibles no dejarían por eso de existir.
Pero la naturaleza no es, al parecer, un montón de episodios sin enlace,
al modo de una mala tragedia (523). Esto es lo que no se ven los que
admiten la existencia de las ideas: hacen magnitudes con la materia y el
número, componen longitudes con la díada, superficies con la tríada,
sólidos con el número cuatro o cualquier otro, poco importa. Pero si estos
seres son realmente ideas, ¿cuál es su lugar y qué utilidad prestan a los
seres sensibles? No son de ninguna utilidad, como tampoco los números
puramente matemáticos.
Por otra parte, los seres que nosotros observamos no se parecen en
nada a los seres matemáticos, a no ser que se quiera conceder a estos
últimos el movimiento y formar hipótesis particulares. Pero aceptando toda
clase de hipótesis, no es difícil construir un sistema y responder a las
objeciones. Por este lado es por donde pecan los que identifican las ideas
y los seres matemáticos.
Los primeros que admitieron dos especies de números, el ideal y el
matemático, no han dicho ni podrían cómo existe el número matemático y de
dónde proviene. Forman con él un intermedio entre el número ideal y el
sensible. Pero si le componen de lo grande y de lo pequeño, en nada
diferirá del número ideal. ¿Se dirá que se compone de otro grande y otro
pequeño porque produce las magnitudes? En este caso se admitirían, por una
parte, muchos elementos, y por otra, si el principio de los dos números es
la unidad, la unidad será una cosa común a ambos. Sería preciso indagar
cómo la unidad puede producir la pluralidad, y cómo al mismo tiempo, según
este sistema, no es posible que el número provenga de otra cosa que de la
unidad y de la díada indeterminada. Todas estas hipótesis son
irracionales; ellas se destrozan entre sí y están en contradicción con el
buen sentido. Mucho se parecen al largo discurso de que habla Simónides
(524), porque un largo discurso se parece al de los esclavos cuando hablan
sin reflexión. Los elementos mismos, lo grande y lo pequeño, parecen
sublevarse contra un sistema que los violenta, porque no pueden producir
otro número que el dos. Además, es un absurdo que seres eternos hayan
tenido un principio, o más bien es imposible. Pero respecto a los
pitagóricos, ¿admiten o no la producción del número? Esta no es cuestión.
Dicen evidentemente que la unidad preexistía, ya procediese de las
superficies, del color, de una semilla, o de alguno de los elementos que
ellos reconocen; que esta unidad fue en el momento arrastrada hacia el
infinito (525), y que entonces el infinito fue circunscrito por un límite.
Pero como quieren explicar el mundo y la naturaleza, han debido tratar
principalmente de la naturaleza, y separarse de este modo del orden de
nuestras indagaciones, pues lo que buscamos son los principios de los
seres inmutables. Veamos, pues, cómo se producen, según ellos, los
números, que son los principios de las cosas.
- IV -
Ellos dicen que no hay producción de lo impar, porque, añaden,
evidentemente es lo par lo que se produce. Algunos pretenden que el primer
número par viene de lo grande y pequeño, desiguales al pronto y reducidos
después de la igualdad. Es preciso admitan que la desigualdad existía
antes que la igualdad. Pero si la igualdad es eterna, la desigualdad no
podría ser anterior, porque nada hay antes de lo que existe de toda
eternidad. Es claro, pues, que su sistema, con relación a la producción
del número es defectuoso.
Pero he aquí una nueva dificultad que, si se mira bien, acusa a los
partidarios de este sistema. ¿Qué papel desempeñan, en relación al bien y
a lo bello, los principios y elementos? La duda consiste en lo siguiente:
¿hay algún principio que sea lo que nosotros llamamos el bien en sí, o no,
y el bien y lo excelente son posteriores bajo la relación de la
producción? Algunos teólogos de nuestro tiempo adoptan, al parecer, esta
última solución; no adoptan el bien como principio, sino que dicen que el
bien y lo bello aparecieron después que los seres del Universo alcanzaron
la existencia. Adoptaron esta opinión para evitar una dificultad real que
lleva consigo la doctrina de los que pretenden, como han hecho algunos
filósofos, que las unidades son principio. La dificultad nace, no de que
se diga que el bien se encuentra unido al principio, sino de que se admite
la unidad como principio en tanto que elemento, y se hace proceder al
número de la unidad. Los antiguos poetas, parece participaron de esta
opinión. En efecto, lo que reina y manda, según ellos, no son los primeros
seres, no es la Noche, el Cielo, el Caos, ni el Océano, sino Júpiter. Pero
a veces mudan los jefes del mundo, y dicen que la Noche, el Océano, son el
principio de las cosas. Aun aquellos que han mezclado la filosofía con la
poesía, y que no encubren siempre su pensamiento bajo el velo de la
fábula, por ejemplo Ferecides (526), los Magos y otros, dicen que el bien
supremo es el principio productor de todos los seres. Los sabios que
vinieron después, como Empédocles y Anaxágoras, pretendieron, el uno que
es la amistad el principio de los seres, y el otro que es la inteligencia.
Entre los que admiten que los principios de los seres son sustancias
inmóviles, hay algunos que sentaron que la unidad en sí es el bien en sí;
pero creían, sin embargo, que su esencia era sobre todo la unidad en sí.
La dificultad es la siguiente: el principio, ¿es la unidad o es el bien?
Ahora bien, extraño sería si hay un ser primero, eterno, si ante todo se
basta a sí mismo, que no sea el bien el que constituye este privilegio e
independencia. Porque este no es imperecedero y no se basta a sí mismo
sino porque posee el bien.
Decir que éste es el carácter del principio de los seres es afirmar
la verdad, es hablar conforme a la razón. Pero decir que este principio es
la unidad o, si no la unidad, por lo menos un elemento, el de los números,
esto es inadmisible. De esta suposición resultarían muchas dificultades, y
por huir de ellas es por lo que algunos han dicho que la unidad era
realmente un primer principio, un elemento, pero que era el del número
matemático. Porque cada mónada es una especie de bien, y así se tiene una
multitud de bienes. Además, si las ideas son números, cada idea es un bien
particular. Por otra parte, poco importa cuáles sean los seres de que se
diga que hay ideas. Si sólo hay ideas de lo que es bien, las sustancias no
serán ideas; si hay ideas de todas las sustancias, todos los animales,
todas las plantas, todo lo que participe de las ideas será bueno. Pero
ésta es una consecuencia absurda; y, por otra parte, el elemento
contrario, ya sea la pluralidad o desigualdad, o lo grande y pequeño,
sería el mal en sí. Así un filósofo (527) ha rehusado reunir en un solo
principio la unidad y el bien, porque sería preciso decir que el principio
opuesto, la pluralidad, era el mal, puesto que la producción viene de los
contrarios.
Hay otros, sin embargo, que pretenden que la desigualdad es el mal.
De donde resulta que todos los seres participan del mal, excepto la unidad
en sí, y además que el número participa menos de él que las magnitudes;
que el mal forma parte del dominio del bien; que el bien participa del
principio destructor, y que aspira a su propia destrucción, porque lo
contrario es la destrucción de lo contrario. Y si, como hemos reconocido,
la materia de cada ser es este ser en potencia, como el fuego en potencia
es la materia del fuego en acto, entonces el mal será el bien en potencia.
Todas estas consecuencias resultan de admitir que todo principio es
un elemento, o que los contrarios son principios, que la unidad es
principio o, por último, los números son las primeras sustancias, que
existen separados y son ideas.
- V -
Es imposible colocar a la vez el bien entre los principios, y no
colocarlo. Entonces es evidente que los principios, las primeras
sustancias, no han sido bien determinados. Tampoco están en lo verdadero
aquellos que asimilan los principios del conjunto de las cosas a los de
los animales y plantas, y dicen que lo más perfecto viene siempre de lo
indeterminado, imperfecto (528). Tal es también, dicen, la naturaleza de
los primeros principios; de suerte que la unidad en sí no es un ser
determinado. Pero observemos que los principios que producen los animales
y las plantas son perfectos: el hombre produce al hombre. ¿No es la
semilla el primer principio? (529).
Es absurdo decir que los seres matemáticos ocupan el mismo lugar que
los sólidos. Cada uno de los seres individuales tiene su lugar particular,
y por esta razón se dice que existen separados respecto al lugar; pero los
seres matemáticos no ocupan lugar; y es absurdo pretender que lo ocupan
sin precisarlo. Los que sostienen que los seres vienen de elementos y que
los primeros seres son números, han debido determinar cómo un ser viene de
otro, y decir de qué manera el número viene de los principios.
El número, ¿procederá de la composición como la sílaba? Pero entonces
los elementos ocuparían diversas posiciones, y el que pensase el número
pensaría separadamente la unidad y la pluralidad. El número, en este caso,
será la mónada y la pluralidad, o bien lo uno y lo desigual.
Además, como proceder de un ser significa componerse de este ser
tomado como parte integrante, y significa también otra cosa (530), ¿en qué
sentido debe decirse que el número viene de los principios? Sólo los seres
sujetos a producción y no el número pueden venir de principios
considerados como elementos constitutivos. ¿Procede como de una semilla?
Es imposible que salga nada de lo indivisible. ¿El número precederá
entonces de los principios como de contrarios que no persisten en tanto
que sujeto? Pero todo lo que se produce así viene de otra cosa que
persiste como sujeto. Puesto que unos oponen la unidad a la pluralidad
como contrario, y otros la oponen a la desigualdad, tomando la unidad por
la igualdad, el número procederá de los contrarios; pero entonces será
preciso que haya algo que sea diferente de la unidad, que persista como
sujeto, y de que proceda el número. Además, estando todo lo que viene de
los contrarios y todo lo que tiene en sí contrario sujeto a la
destrucción, aunque contuviese por entero todos los principios, ¿por qué
es el número imperecedero? Esto es lo que no se explica. Y, sin embargo,
lo contrario destruye su contrario, esté o no comprendido en el sujeto: la
discordia es en verdad la destrucción de la mezcla (531). Pero no debería
ser así, si lo contrario no destruyese su contrario, porque aquí no hay
siquiera contrariedad (532).
Pero nada de esto se ha determinado. No se ha precisado de qué manera
los números son causas de las sustancias y de la existencia: es decir, si
es a título de límites, como los puntos son causas de las magnitudes; y
sí, conforme al orden inventado por Eurito (533), cada número es la causa
de alguna cosa, éste, por ejemplo, del hombre, aquél del caballo, porque
se puede, siguiendo el mismo procedimiento que los que reducen los números
a figuras, al triángulo, al cuadrilátero, representar las formas de las
plantas por operaciones de cálculo; o bien, si el hombre y cada uno de los
demás seres vienen de los números, como vienen la proporción y el acorde
de música. Y respecto a las modificaciones, como lo blanco, lo dulce, lo
caliente, ¿cómo son números? Evidentemente los números no son esencias ni
causas de la figura. Porque la forma sustancial es la esencia; el número
de carne, de hueso, he aquí lo que es: tres partes de fuego, dos de tierra
(534). El número, cualquiera que sea, es siempre un número de ciertas
cosas, de fuego, tierra, unidades; mientras la esencia es la relación
mutua de cantidades que entran en la mezcla: pero esto no es un número, es
la razón misma de la mezcla de los números corporales o cualesquiera
otros. El número no es, pues, una causa eficiente; y ni el número en
general ni el compuesto de unidades son la materia constituyente, o la
esencia, o forma de las cosas; voy más lejos: no es siquiera la causa
final.
- VI -
Una dificultad que podría todavía suscitarse es la de saber qué clase
de bien resulta de los números, ya sea el número que preside a la mezcla
par, ya impar. No se ve que el aloja valga más para la salud, por ser
mezcla arreglada por la multiplicación de tres por tres. Será mejor, al
contrario, si no se encuentra entre sus partes esta relación, si la
cantidad de agua supera a las demás: suponed la relación numérica en
cuestión, la mezcla ya no tiene lugar. Por otra parte, las relaciones que
arreglan las mezclas consisten en adición de números diferentes, y no en
multiplicación de unos números por otros: son tres que se añaden a dos, no
son dos que se multiplican por tres. En las multiplicaciones, los objetos
deben ser del mismo género: es preciso que la clase de seres que son
producto de los factores uno, dos y tres, tenga uno por medida; que los
mismos que provienen de los factores cuatro, cinco y seis, sean medidos
por cuatro. Es preciso, pues, que todos los seres que entran en la
multiplicación tengan una medida común. En la suposición de que nos
ocupamos, el número del fuego podría ser el producto de los factores dos,
cinco, tres y seis y el del agua el producto de tres multiplicado por dos.
Añádase a esto que si todo participa necesariamente del número, es
necesario que muchos seres se hagan idénticos, y que el mismo número sirva
a la vez a muchos seres. ¿Pueden los números ser causas? ¿Es número el que
determina la existencia del objeto o más bien la causa está oculta a
nuestros ojos? El Sol tiene cierto número de movimientos; la Luna
igualmente; y como ellos la vida y desenvolvimiento de cada animal. ¿Qué
impide que, entre estos números, haya cuadrados, cubos u otros iguales o
dobles? No hay en ello obstáculo alguno. Es preciso entonces que todos los
seres estén, de toda necesidad, señalados con algunos de estos caracteres,
si todo participa del número; y seres diferentes serán susceptibles de
caer bajo el mismo número. Y si el mismo se encuentra, pues, común a
muchos seres, estos que tienen la misma especie de número serán idénticos
unos a otros; habrá identidad entre Sol y Luna.
Pero ¿por qué los números son causas? Hay siete vocales, siete
cuerdas tiene la lira, siete acordes; las Pléyades son siete; en los siete
primeros años pierden los animales, salvo excepciones, los primeros
dientes; los jefes que mandaban delante de Tebas eran siete. ¿Es porque el
número siete es siete el haber sido siete los jefes, y que la Pléyade se
compone de siete estrellas, o sería, respecto a los jefes, a causa del
número de las puertas de Tebas, por otra razón? Este es el número de
estrellas que atribuimos la Pléyade; pero sólo contamos doce en la Osa,
mientras que algunos distinguen más (535). Hay quien dice que xi, psi y
dzeta son sonidos dobles, y por lo mismo que hay tres acordes, hay tres
letras dobles; pero admitida esta hipótesis, habría gran cantidad de
letras dobles. No se presta atención a esta consecuencia; no se quiere
representar la unión de gamma con rho. Se dirá que, en el primer caso, la
letra compuesta es el doble de cada uno de los elementos que la componen,
lo cual no se demuestra. Nosotros responderemos que no hay más que tres
disposiciones del órgano de voz propias para la emisión de la sigma
después de la primera consonante de la sílaba. Ésta es la única razón de
que no haya más que tres letras dobles, y no porque haya tres acordes,
porque hay más de tres mientras que no puede haber más de tres letras
dobles.
Los filósofos de que hablamos son, como los antiguos intérpretes de
Homero, quienes notaban las pequeñas semejanzas y despreciaban las
grandes. He aquí algunas de las observaciones de estos últimos:
Las cuerdas intermedias son la uno como la nueve, la otra como ocho;
y así el verso heroico es de diecisiete (536), número que es la suma de
los otros dos, apoyándose a la derecha sobre nueve y a la izquierda sobre
ocho sílabas (537). La misma distancia hay entre el alpha y omega, que
entre el agujero más grande de la flauta, el que da la nota más grave, y
el pequeño, que da el más agudo; y el mismo número es el que constituye la
armonía completa del cielo.
Es preciso no preocuparse con semejantes pequeñeces. Estas son
relaciones que no deben buscarse ni encontrarse en los seres eternos,
puesto que ni siquiera es preciso buscarlas en los seres perecederos.
En una palabra, vemos desvanecerse delante de nuestro examen los
caracteres con que honraron a esas naturalezas, que entre los números
pertenecen a la clase del bien, y a sus contrarios, a los seres
matemáticos, en fin, los filósofos que los constituyen en causas del
Universo: ningún ser matemático es causa en ninguno de los sentidos que
hemos determinado al hablar de los principios (538). Sin embargo, ellos
nos revelan el bien que reside en las cosas, y a la clase de lo bello
pertenecen lo impar, lo recto, lo igual y ciertas potencias de los
números. Hay paridad numérica entre las estaciones del año y tal número
determinado, pero nada más. A esto es preciso reducir todas estas
consecuencias que se quieren sacar de las observaciones matemáticas. Las
relaciones en cuestión se parecen mucho a coincidencias fortuitas: éstas
son accidentes; pero éstos pertenecen igualmente a dos géneros de seres:
tienen una unidad, la analogía. Porque en cada categoría hay algo análogo:
lo mismo que en la longitud la analogía es lo recto, lo es el nivel en lo
ancho; en el número es probablemente el impar; en el color, lo blanco.
Digamos también que los números ideales no pueden ser tampoco causa de los
acordes de música: aunque iguales bajo la relación de especie, difieren
entre sí, porque las mónadas difieren unas de otras. De aquí se sigue que
no se pueden admitir las ideas.
Tales son las consecuencias de estas doctrinas. Podrían acumularse
contra ellas más objeciones aún. Por lo demás, los despreciables embarazos
en que pone el querer mostrar cómo los números producen, y la
imposibilidad absoluta de responder a todas las objeciones, son una prueba
convincente de que los seres matemáticos no existen, como algunos
pretenden, separados de los objetos sensibles, y que estos seres no son
principios de las cosas.