- XIV -
Véanse claramente las consecuencias de lo que precede en el sistema
de los que admiten las ideas como sustancias, y como si tuviesen una
existencia independiente, y que constituyen al mismo tiempo la especie con
el género y las diferencias. Si existen las ideas y si en el hombre y en
el caballo está el animal, o el animal y sus especies son una sola y misma
cosa numéricamente, o difieren. Es evidente que hay unidad de noción: para
definir uno y otro término sería preciso enumerar los mismos caracteres.
Luego si hay un hombre en sí que tenga una existencia determinada e
independiente, necesariamente en este caso lo que le constituye, el animal
y lo bípedo, tienen igualmente una existencia determinada, son
independientes, son sustancias; y por consiguiente son el animal en sí.
Supongamos que el animal en sí reside en el caballo, en el mismo concepto
que tú estás en ti mismo (316), ¿cómo será uno en seres que existen
separadamente y por qué en este caso el animal de que hablamos no ha de
estar separado de sí mismo?
Pero más aún: si el animal en sí participa del animal que sólo tiene
dos pies y del que tiene un mayor número de ellos, resulta de aquí una
cosa imposible. El mismo ser, un ser uno y determinado, reunirá a la vez
los contrarios.
Pero sí no hay participación, ¿en qué concepto se dirá que el animal
es un bípedo, que es un ser que anda? ¿Podrá quizá admitirse que hay
composición, contacto, mezcla? Pero todas estas suposiciones son absurdas
(317). ¿Será diferente el animal en cada individuo? Habría en este caso
una infinidad de seres, si puede decirse así, que tendrían lo animal por
sustancia; porque el hombre no es un accidente de lo animal. Añádase que
el animal en sí sería múltiple. Por una parte el animal es efectivamente
en cada individuo sustancia; no es el atributo de otro ser, porque si no
este ser sería el que constituiría el hombre, y sería su género. De otro
lado, todas las cosas que constituyen el hombre son ideas. El animal no
será, pues, la idea de una cosa, la sustancia de otra; esto es imposible;
el animal en sí sería cada una de las cosas contenidas en los animales. Y,
por otra parte, ¿qué animal en sí consistiría los animales, y cómo sería
el mismo animal en sí? ¿Cómo es posible que el animal, cuya sustancia es
el animal en sí, exista fuera del animal en sí?
Las mismas consecuencias aparecen con respecto a los seres sensibles,
y más absurdas todavía. Si hay imposibilidad de mantener la suposición, es
evidente que no hay idea de los objetos sensibles, en el sentido en que lo
entienden algunos filósofos
- XV -
El conjunto y la forma definida son sustancias diferentes la una de
la otra. Entiendo por conjunto la sustancia que se compone mediante la
reunión de la forma definida y de la materia; la otra sustancia es pura y
simplemente la forma definida. Todo lo que es sustancia en concepto de
conjunción está sujeto a la destrucción, porque hay producción de
semejante sustancia (318). Por lo que hace a la forma definida, no está
sujeta a destrucción, porque no es producida: es producto, no la forma
sustancial de la casa, sino tal casa particular. Las sustancias formales
existen o no existen, independientemente de toda producción, de toda
destrucción. Hemos demostrado que nadie las produce, que nadie las hace. Y
por esta razón no cabe definición ni demostración de las sustancias.
sensibles particulares. Estas sustancias tienen una materia, y es tal la
naturaleza de la materia que puede ser o no ser; de donde se sigue que
todas las sustancias sensibles particulares son sustancias perecederas.
Ahora bien, la demostración se aplica a lo que es necesario (319), y la
definición pertenece a la ciencia; y así como es imposible que la ciencia
sea tan pronto ciencia como ignorancia, y que lo que en este caso es tan
sólo una opinión (320), en igual forma no hay tampoco demostración ni
definición, sino una opinión relativa a lo que es susceptible de ser de
otra manera de como es. Las sustancias sensibles no deben evidentemente
tener definición ni demostración. Los seres perecederos no se manifiestan
al conocimiento cuando están fuera del alcance de los sentidos y, por lo
tanto, aunque las nociones sustanciales se conserven en el alma, no puede
haber definición ni demostración de estos seres. Así es que los que sirven
de definiciones deben saber que siempre se puede suprimir la definición de
un ser particular, no habiendo posibilidad de definir verdaderamente estos
seres.
No para en esto: ninguna idea es susceptible de definición. La idea,
tal como se entiende, es un ser particular, y es independiente. Ahora
bien, la definición se compone necesariamente de palabras, y estas
palabras no deben ser obra del que define, porque no tendrían
significación conocida. Las expresiones de que se sirva deben ser
inteligibles para todos. Sería preciso, además, que las que entrasen en la
definición de la idea formaran parte de la definición de los demás seres.
Si se tratare de definirte a ti, se diría: animal, flaco o blanco, o
cualquiera otra palabra, la cual puede convenir a otro ser que a ti. Se
pretenderá, sin duda, que nada obsta a que todas las expresiones convengan
separadamente a un gran número de seres, y que al mismo tiempo sólo
convengan a tal ser determinado. Pero por lo pronto animal bípedo es común
a los dos seres, quiero decir, al animal y al bípedo. Esta observación se
aplica necesariamente a los seres eternos. Son anteriores a todo, y son
parte de los compuestos. Son, además, independientes; porque o ningún ser
lo es o el hombre y el animal lo son ambos. Ahora bien, si ninguno lo
fuese, no habría género fuera de las especies; y si el género es
independiente, la diferencia lo es igualmente. Por otra parte, ella tiene
la anterioridad de ser, y no hay reciprocidad de destrucción entre el
género y la diferencia. Diremos, además, que si las ideas se componen de
ideas, las más simples son las ideas componentes. Será preciso también que
lo que constituye la idea, que el animal y lo bípedo, por ejemplo, se
refieran a un gran número de seres. Sin esto, ¿cómo llegar a conocer?
Resultaría una idea particular, que sería imposible aplicar a más de un
individuo. Pues bien, en el sistema, por lo contrario, toda idea es
susceptible de participación en los seres.
Conforme con lo que hemos dicho, no se ve que hay imposibilidad de
definir los seres eternos, y sobre todo lo que son únicos, como el Sol y
la Luna. Es un error añadir caracteres cuya supresión no impediría que
hubiese aún Sol, como por ejemplo, los epítetos: que da vuelta a la
Tierra, que se oculta durante la noche. Sin esto, si el Sol se detuviera o
apareciera durante la noche, no habría ya Sol, y sería un absurdo que no
lo hubiese, porque el Sol es una sustancia (321). Además, estos caracteres
pueden convertir a otros seres, y si otro ser los posee, este ser será el
Sol, y habrá comunidad de definición (322). Pero es cosa admitida que el
Sol es un ser particular, como Cleón, como Sócrates. En fin, ¿en qué
consiste que ninguno de los que admiten las ideas da una definición de
ellas? Si intentasen hacerlo se vería claramente la verdad de lo dicho.
- XVI -
Es evidente que entre las cosas que parecen ser sustancias, la mayor
parte de ellas sólo lo son en potencia, como las partes de los animales,
ninguna de las cuales tiene una existencia independiente. Si están
separadas de su sujeto, en este caso ya sólo existen en el estado de
materia, y lo que con ellas, sucede con la tierra, el fuego y el aire;
porque no hay unidad en los elementos; son como un montón de cosas antes
de la cocción, antes de componer algo que sea uno. Podría creerse que las
partes, sobre todo los seres animales, y las partes del alma, reúnen en
cierta manera los dos caracteres, y que existen en acto y en potencia. Hay
en las articulaciones principios de movimiento, principios producidos
ciertamente por otro principio, pero que hacen que ciertos animales
continúen viviendo aún después de ser divididos en partes. Sin embargo, no
hay sustancia en potencia, sino cuando hay unidad y continuidad natural;
cuando la unidad y la continuidad son resultado de la violencia o de una
conexión arbitraria, entonces no es más que una multiplicación.
La unidad se toma en el mismo sentido que el ser (323), y la
sustancia de la unidad es una, y los seres, cuya sustancia es una en
número, son numéricamente un solo ser. Se ve, puesto que así es, que ni la
unidad ni el ser pueden ser sustancias de las cosas, como tampoco pueden
serlo el elemento ni el principio, Cuando preguntamos: ¿cuál es el
principio?, lo que queremos es referir el objeto en cuestión a un término
más conocido. El ser y la unidad tienen más títulos a ser sustancia de las
cosas que el principio, el elemento y la causa; y sin embargo no lo son.
Lo que es común a los seres no es sustancia; la sustancia no existe en
ningún otro ser que sí misma, y en el ser a que pertenece, del que es
sustancia. Por otra parte, tampoco la unidad puede ser al mismo tiempo
sustancia en muchos seres; pero lo que es común a todos los seres debe
encontrarse al mismo tiempo en cada uno de ellos.
Es, pues, evidente que nada que sea universal tiene una existencia
aislada de los seres particulares. Sin embargo, los que admiten las ideas
tienen razón en un sentido, al darle una existencia independiente, puesto
que son sustancias. Pero en otro no tienen razón al hacer de la idea una
unidad en la pluralidad. La causa de su error es la imposibilidad en que
están de decir cuál es la naturaleza de estas sustancias imperecederas,
que están fuera de las particulares y sensibles. De esta manera hacen
estas sustancias a imagen de las sustancias perecederas, de aquellas que
nosotros conocemos: el hombre en sí, el caballo en sí; no hacen más que
añadir al ser sensible la expresión: en sí (324). Y sin embargo, aun
cuando no viésemos los astros, no por eso dejaría de haber, creo,
sustancias sensibles, eternas, fuera de las sustancias que nosotros
conociésemos. Y así, aun cuando ignoráramos qué sustancias son eternas,
deberían, sin embargo, existir algunas.
Hemos demostrado que nada de lo que se aplica a todos los seres es
sustancia, y que no hay ninguna sustancia compuesta de sustancias.
- XVII -
¿Qué es la sustancia y en qué consiste? Vamos a decirlo. De esta
manera haremos, por decirlo así, otro principio; porque saldrá
probablemente de esta indagación alguna luz relativamente a esta
sustancia, que existe separada de las sustancias sensibles.
La sustancia es un principio y una causa; de este punto de vista
debemos partir. Preguntar el porqué es preguntar siempre por qué una cosa
existe en otra. En efecto, si se indaga por qué el hombre músico es un
hombre músico, o equivale a indagar lo que se acaba de expresar, es decir,
por qué el hombre es músico, o bien se indaga otra cosa. Indagar por qué
una cosa es una cosa es no indagar nada. Es preciso que el porqué de la
cosa que se busca se manifieste realmente; es preciso por ejemplo, que se
haya visto que la Luna está sujeta a eclipses. En los casos en que se
pregunta por qué un ser es el mismo, por qué el hombre es hombre, o el
músico músico, no cabe más que una respuesta a todas estas preguntas, no
hay más que una razón que dar, a menos, sin embargo, de que no se
responda: es porque cada uno de estos seres es indivisible en sí mismo, es
decir, porque es uno; respuesta que se aplica igualmente a todas las
preguntas de este género, y que las resuelve en pocas palabras. Pero se
puede preguntar: ¿por qué el hombre es tan animal? En este caso,
evidentemente no se trata de indagar por qué el ser que es un hombre es un
hombre, y sí de indagar por qué un ser se encuentra en otro ser. Es
preciso que se vea claro que se encuentra en él, pues de no ser así la
indagación no tendría objeto. ¿Por qué truena?, porque se produce un ruido
en las nubes. En este ejemplo lo que se busca es la existencia de una cosa
en otra, lo mismo que cuando se pregunta: ¿por qué estas piedras y
ladrillos son una casa?
Es, pues, evidente que lo que se busca es la causa. Pero la causa,
desde el punto de vista de la definición, es la esencia. En ciertos casos
la esencia es la razón de ser; como sucede probablemente respecto a la
cama y a la casa; ella es el primer motor en otros porque también es una
causa. Pero esta última causa sólo se encuentra en los hechos de
producción y destrucción, mientras que la causa formal obra hasta en el
hecho de la existencia.
La causa se nos oculta, sobre todo, cuando no se refieren los seres a
otros: si no se ve por qué el hombre es hombre, es porque el ser no es
referido a otra cosa, porque no se determina que es tales cosas o tal
cosa. Pero esto es preciso decirlo, y decirlo claramente, antes de indagar
la causa; porque si no sería a la vez buscar algo y no buscar nada. Puesto
que es preciso que el ser por cuya causa se pregunta tenga una existencia
cierta y que se refiera a otro ser, es evidente que lo que se busca es el
porqué de los estados de la materia. Esto es una causa, ¿por qué?, porque
se encuentra en ella tal carácter, que es su esencia. Por la misma causa,
tal hombre, tal cuerpo es tal o cual cosa. Lo que se busca es la causa de
la materia. Y esta causa es la forma que determina el ser, es la esencia.
Se ve, que respecto de los seres simples no da lugar a pregunta ni
respuesta sobre este punto, y que las preguntas que se refieren a estos
seres son de otra naturaleza.
Lo que tiene una causa es compuesto, pero hay unidad en el todo; no
es una especie de montón, sino que es uno como la sílaba. Pero la sílaba
no es solamente las letras que la componen, no es lo mismo que A y B. La
carne tampoco es el fuego y la tierra solamente. En la disolución, la
carne, la sílaba, cesan de existir, mientras que las letras, el fuego y la
tierra subsisten. La silaba es, por tanto, algo más que las letras; la
vocal y la consonante son también otra cosa; y la carne no es sólo el
fuego y la tierra, lo caliente y lo frío, sino que es también otra cosa
(325).
¿Se admitirá como una necesidad que esta otra cosa sea también o un
elemento o un compuesto de elementos? Si es un elemento, repetiremos
nuestro razonamiento de antes: lo que constituirá la carne será este
elemento con el fuego y la tierra, y otra cosa además, y de esta manera se
irá hasta el infinito. Si es un compuesto de elementos, evidentemente ya
no se compone de uno solo, sino de muchos; de lo contrario, sería el
elemento componiéndose a sí mismo. El mismo razonamiento que hacemos
respecto de la carne se puede hacer en cuanto a la sílaba.
La causa en cuestión es, al parecer, algo que no es elemento, y que
es causa de que aquello sea carne y esto una sílaba, y lo mismo en los
demás casos. Ahora bien, esta causa es la sustancia de cada ser, porque
ésta es la causa primera de la existencia. Pero entre las cosas las hay
que no son sustancias; sólo son sustancias los seres que existen por sí
mismos, y cuya naturaleza no está constituida por otra cosa que por ellos
mismos. Por consiguiente, esta naturaleza que es en los seres, que es no
un elemento sino un principio, es evidentemente una sustancia (326). El
elemento es aquello en que se divide un ser; es una materia intrínseca
(327). Los elementos de la sílaba son A y B.
Libro octavo
I. Recapitulación de las observaciones relativas a la sustancia. De las
sustancias sensibles. -II. De la sustancia en acto de los seres sensibles.
-III. ¿El nombre del objeto designa el conjunto de la materia y de la
forma, o sólo el acto y la forma? Consideraciones sobre la producción y la
destrucción de las sustancias. Soluciones a las objeciones suscitadas por
la escuela de Antístenes. -IV. De la sustancia material. De las causas.
-V. No todos los contrarios se producen recíprocamente. Diversas
cuestiones. -VI. Causa de la forma sustancial.
- I -
Necesitamos ahora deducir las consecuencias de lo que hemos dicho, y
resumiendo sumariamente cada punto llegar a la conclusión. Hemos dicho que
el objeto de nuestras indagaciones era averiguar las causas de las
sustancias, sus principios y sus elementos. Entre las sustancias hay unas
que son universalmente admitidas; otras, por el contrario, sólo son
reconocidas por algunos filósofos. Las sustancias universalmente admitidas
son las físicas, como, por ejemplo, el fuego, la tierra, el agua, el aire
y los demás cuerpos simples; después las plantas y sus partes, los
animales y las partes de los animales; en fin, el cielo y las partes del
mismo. Las sustancias admitidas sólo por algunos filósofos, son las ideas
Y los seres matemáticos. Hay también, como hemos mostrado, otras
sustancias, que son la forma sustancial y el sujeto. Además hemos dicho
que el género es sustancia más bien que las especies, y lo universal más
que lo particular; las ideas son análogas a lo universal y al género,
porque por el mismo motivo se las considera como esencias.
Siendo la forma sustancial una esencia, y estando su noción encerrada
en la definición y el ser en sí. Y como la definición es la expresión de
la noción del ser, y esta noción tiene partes, era necesario ocuparse de
las partes, ver cuáles son partes de la sustancia y cuáles no y, por
último, si hay identidad entre las de la sustancia y las de la definición.
Después hemos visto que ni lo universal ni el género eran sustancias.
De las ideas y de los seres matemáticos nos ocuparemos más tarde; pues
algunos hacen de ellas sustancias independientes de las sustancias
sensibles. Ocupémonos ahora de las sustancias unánimemente reconocidas.
Estas son las sustancias sensibles, y todas las sustancias sensibles
tienen una materia: el sujeto es una sustancia, ya se le considere como
materia, y por materia entiendo lo que es en potencia tal ser determinado,
pero no en acto; ya se le considere como forma y figura del ser, es decir,
esta esencia que es separable del ser, pero separable sólo por el
pensamiento. En tercer lugar viene el conjunto de la materia y de la
forma, único que está sometido a producción y a destrucción, y único que
es completamente separable. Porque entre las sustancias que no hacemos más
que concebir hay unas que son separables, otras que no.
Es, por tanto, evidente que la materia es una sustancia; porque en
todos los cambios de lo contrario a lo contrario hay un sujeto sobre el
cual se opera el cambio (328): y así, en los cambios de lugar, lo que
ahora está aquí más tarde estará en otra parte; en los cambios por aumento
y disminución, lo que ahora tiene tal magnitud será más tarde menor o
mayor; en los cambios por alteración, lo que hoy está sano mañana está
enfermo; y de igual modo, por lo que respecta a la sustancia, lo que ahora
se produce más tarde se destruye, el que es actualmente sujeto como ser
determinado será más tarde sujeto por privación. Todos los demás cambios
acompañan siempre a este último, la producción y la destrucción; éste, por
lo contrario, no se encuentra necesariamente unido a d de que upa un
lugar, esté sujeta otros. Porque no hay necesidad de que porque tenga un
ser una materia que ocupa un lugar, esté sujeta una materia a producción y
destrucción (329). ¿Qué diferencia hay entre la producción simple y la que
no lo es? Esto es lo que hemos explicado ya en los tratados relativos a la
Naturaleza (330).
- II -
Puesto que hay acuerdo unánime [con relación a] a la sustancia
considerada como sujeto y como materia, y que esta sustancia sólo existe
en potencia, nos resta decir cuál es la sustancia en acto de los objetos
materiales.
Demócrito, al parecer, cree que hay entre los diversos objetos tres
diferencias esenciales (331): el cuerpo, sujeto común en tanto que
materia, es uno e idéntico; pero los objetos difieren o por la
configuración, es decir, la forma, o por la estructura, que es la
posición, o por la colocación, es decir el orden. Pero hay, al parecer, un
gran número de diferencias; y así ciertas cosas resultan de una
composición material, por ejemplo, las que provienen de la mezcla, como el
aguamiel; en otras entran las clavijas, como en un cofre; en otras las
ataduras, como en un manojo; en otras la cola, como en un libro; y en
algunos objetos entran varias de estas cosas a la vez. Para ciertas cosas
solo hay diferencia de posición, como el umbral de la puerta y el
coronamiento; diferencia de tiempo: el comer y el cenar; diferencia de
lugar; los vientos (332). Los objetos pueden diferir también por las
cualidades sensibles, la dureza y la blandura, lo denso y lo poroso, lo
seco y lo húmedo; unos difieren en algunas de estas relaciones y otros en
todas a la vez. En fin, puede haber diferencia en más o en menos. Es
evidente, en vista de todo esto, que el ser se tomará en tantas acepciones
como diferencias hemos señalado: tal objeto es un umbral de puerta, porque
tiene tal posición; ser respecto de él significa estar colocado de tal
manera. Ser hielo significa, respecto del agua, tener tal densidad. En
algunas circunstancias, el ser estará determinado por todas estas
diferencias a la vez, por la mezcla, la composición, el encadenamiento, la
densidad y todas las demás: por ejemplo, la mano y el pie. Necesitamos,
por tanto, tomar los géneros de las diferencias, y estos géneros serán los
principios del ser. Y así lo más grande y lo más pequeño, lo denso y lo
raro, y otros modos análogos pueden referirse a un mismo género; porque
todo se reduce al más y al menos. La forma, lo liso, lo áspero, se pueden
reducir a lo recto y a lo curvo. Respecto de otros objetos, ser
equivaldría a ser mezclado; lo contrario será el no-ser.
Es evidente, según esto, que si la sustancia es la causa de la
existencia de cada ser, en la sustancia es donde es preciso buscar cuál es
la causa de la existencia de cada una de estas diferencias. Ninguna de
estas diferencias es sustancia, ni tampoco lo es la reunión de muchas de
estas diferencias: tienen, sin embargo, con la sustancia algo de común.
Así como tratándose de sus sustancias, cuando se quiere hablar de la
materia, por ejemplo, se habla siempre de la materia en acto, lo mismo y
con más razón sucede con las demás definiciones: y así, si se quiere
definir el umbral, se dirá que es una piedra o un pedazo de madera
dispuesto de tal manera; si de una casa, que son vigas y ladrillos
dispuestos de cierto modo. Se define también algunas veces por el fin. Por
último, si se quiere definir el hielo, se dirá que es el agua congelada,
condensada de tal manera. Un acorde músico será cierta mezcla del sonido
agudo y del sonido grave; y lo mismo sucederá en todo lo demás. De aquí
resulta claramente que para las diferentes materias hay diferentes actos,
nociones diversas: el acto es para la una la composición, para la otra la
mezcla, o alguno de los demás caracteres que hemos señalado. De donde
sigue que los que definen una casa, diciendo que es piedra, ladrillos,
madera, hablan de la casa en potencia, porque todo esto es la materia; los
que dicen que es un abrigo destinado a refugiarse los hombres y guardar
los muebles, o determinan algún otro carácter de este género, éstos
definen la casa en acto. Los que reúnen estas dos especies de caracteres
definen la tercera sustancia, el conjunto de la materia y de la forma (en
efecto, la definición por las diferencias al parecer es la definición de
la forma y del acto: aquella que sólo recae sobre el objeto constitutivo,
es más bien la definición de la materia). Las definiciones que ha hecho
Arquitas (333) son de este género: recaen sobre el conjunto de la forma y
de la materia. Por ejemplo ¿qué es la calma? Es el reposo en la inmensidad
de los aires. El aire es, en este caso, la materia, y el reposo es el acto
y la esencia. ¿Qué es la bonanza? Es la tranquilidad del mar: el sujeto
material es el mar, el acto y la forma es la tranquilidad.
Se ve claramente, después de lo que hemos dicho, qué es la sustancia
sensible y en cuántos sentidos se toma; es la materia, o la forma cuando
hay acto o, en tercer lugar, el conjunto de la forma y de la materia.
- III -
No conviene olvidar que a veces no se puede reconocer si el nombre
expresa la sustancia compuesta, o solamente el acto y la forma; por
ejemplo, si casa quiere decir el conjunto de la forma y de la materia; un
abrigo compuesto de ladrillos, maderas y piedras dispuestas de tal manera;
o solamente el acto y la forma; un abrigo. Línea ¿significa la díada en
longitud o simplemente la díada? Animal ¿expresa el alma en un cuerpo o
simplemente el alma? Porque el alma es la esencia y el acto de un cuerpo.
En uno y otro caso podrá decirse animal; pero será en dos sentidos
diferentes, aunque ambos se refieren a algo común. Esta distinción puede
ser útil en otro concepto; más en nuestras indagaciones sobre la sustancia
sensible es inútil, porque respecto a la esencia siempre hay forma y acto.
Hay identidad entre alma y forma sustancial del alma. Pero no hay
identidad entre hombre y forma sustancial del hombre; a menos, sin
embargo, que por hombre se quiera entender sólo el alma. De esta manera
hay identidad en un sentido, y en otro no.
Si se reflexiona no se dirá que la sílaba resulte de los elementos y
de la composición; que en la casa hay ladrillos y composición; y con
razón, porque la composición, la mezcla, no son cosas que se unan a los
seres compuestos y mezclados. Y lo mismo sucede en los demás casos: y así,
a causa de la posición es tal cosa un umbral; pero la posición no es cosa
extraña al umbral, más bien lo contrario. En igual forma el hombre no es
el animal, y es bípedo; pero es preciso que además de esto haya algo, si
se toman el animal y el bípedo como materia. Este algo no es un elemento,
ni proviene de un elemento: es la esencia, aquello que, suprimido, sólo
deja subsistente la materia indeterminada. Luego, si esta esencia es la
causa de la existencia, si es la sustancia, a ella debe darse el nombre de
sustancia, La esencia debe ser necesariamente eterna, o bien perecer en un
objeto, sin perecer ella por esto; o producirse en un ser, sin estar ella
misma sujeta a la producción. Hemos probado y demostrado más arriba (334),
que nadie produce la forma; que no nace, y que solamente se realiza en un
objeto. Lo que nace es el conjunto de la materia y de la forma.
Si están separadas las sustancias de los seres perecederos, no es aún
una cosa evidente. Sin embargo, sí lo es que respecto a algunos seres no
puede ser así, como sucede con los que no pueden tener existencia fuera de
lo particular, por ejemplo, una casa, un vaso. Quizá estos objetos no son
verdaderamente sustancias, quizá debe decirse que la forma natural es la
única sustancia de los seres perecederos.
Esto no da ocasión para resolver la objeción hecha por la escuela de
Antístenes (335) y por otros ignorantes de esta especie. Dicen que no se
puede definir la forma sustancial, porque la definición es una larga serie
de palabras; que se puede muy bien dar a conocer cuál es la cualidad de un
objeto, la de la plata, por ejemplo; pero no decir en qué consiste: podrá
decirse que la plata es análoga al estaño. Ahora bien, resulta de lo que
hemos dicho que hay sustancias respecto de las que son posibles la noción
y la definición; éstas son las sustancias compuestas, sean sensibles o
inteligibles. Pero no se pueden definir los elementos primeros de estas
sustancias, porque definir una cosa es referirla a otra. Es preciso que
haya en toda definición, de una parte la materia, de la otra la forma.
Es evidente igualmente que las sustancias, si son números, es a
título de definición, y no, según la opinión de algunos, como compuestas
de mónadas. La definición, en efecto, es una especie de número (es
divisible como el número en partes indivisibles, porque no hay una
infinidad de nociones en la definición); hay, pues, bajo esta relación,
analogía entre el número y la definición. Y así como si se quita alguna de
las partes que constituyen el número, o si se añade, no se tiene ya el
mismo número, sino uno diferente, por pequeña que sea la parte añadida o
quitada, así la forma sustancial no queda la misma, si de ella se quita o
se añade algo.
Además, es preciso que haya en el número algo que constituya su
unidad, y los que le componen con mónadas no pueden decirnos en qué
consiste esta unidad, si él es uno. Porque, o el número no es uno, y se
parece a un montón o, si es uno, es preciso que se nos diga lo que
constituyen la unidad de la pluralidad (336). En igual forma la definición
es una; pero tampoco pueden afirmarlo, y es muy natural. Es una por la
misma razón que el número; no, como dicen algunos, en tanto que mónada o
punto, sino porque cada esencia es un acto, una naturaleza particular. Y
así como el número, si permanece el mismo, no es susceptible de más o de
menos, lo mismo sucede con la sustancia formal; sin embargo, unida a la
materia, es susceptible de más o menos.
Bástenos con lo dicho por lo que hace a la producción y destrucción
de las sustancias. Hemos expuesto claramente en qué sentido se puede decir
que hay o no posibilidad de producción, y cuál es la analogía entre
definición y número.
- IV -
En cuanto a la sustancia material, es preciso no perder de vista que
si todos los objetos vienen de uno o de muchos elementos primeros, y si la
materia es el principio de todos los seres materiales, cada uno, sin
embargo, tiene una materia propia. Así la materia inmediata de la flema es
lo dulce y craso, la de la bilis lo amargo, o cualquier otra cosa de este
género; pero quizá estas diversas sustancias proceden todas de una misma
materia. Un mismo objeto puede tener muchas materias, cuando una de estas
viene de otra, y en este sentido es como podrá decirse que la flema viene
de lo craso y de lo dulce, si lo craso viene de lo dulce. La flema, en
fin, podrá venir de la bilis, mediante la resolución de la bilis en su
materia prima. Porque una cosa viene de otra de dos maneras: puede haber
producción inmediata o bien producción después de la resolución de la una
en sus primeros elementos (337).
Es posible que de una sola materia provengan objetos diferentes, en
virtud de una causa motriz diferente. Y así de madera pueden provenir un
cofre, una cama. Sin embargo, hay también objetos cuya materia debe
necesariamente ser diferente; no se puede hacer una sierra con madera; la
causa motriz no hará nunca una sierra con lana o madera, si es posible
producir las mismas cosas con materias diferentes, es preciso que en este
caso el arte, el principio motor, sea el mismo, porque si la materia y el
motor difieren a un tiempo, el producto será también diferente.
Cuando se quiera, por tanto, estudiar las causas, será preciso
enumerar todas las causas posibles, puesto que la causa se entiende de
diferentes maneras (338). Así ¿cuál es la causa material del hombre? Los
menstruos. ¿Cuál es la causa motriz? La esperma, quizá. ¿Cuál es la causa
formal? La esencia pura. ¿Cuál es la causa final? El fin. Quizá estas dos
últimas causas son idénticas. Es preciso también tener cuidado de indicar
siempre la causa más próxima; si se pregunta, por ejemplo, cuál es la
materia, no responder el fuego o la tierra, sino decir la materia propia.
Tal es, [con relación] a las sustancias físicas sujetas a producción, el
orden de indagación que necesariamente debe seguirse, si se quiere
proceder en debida forma, puesto que tal es el número y tal la naturaleza
de las causas (339), y lo que es preciso conocer son las causas.
En cuanto a las sustancias físicas eternas es preciso proceder de
otra manera; porque algunas quizá no tienen materia, o por lo menos su
materia no es de la misma naturaleza que la de los demás seres, y sólo es
móvil en el espacio. Tampoco hay materia en las cosas que, aunque
producciones de la naturaleza, no so sustancias; su sustancia es el sujeto
mismo que es modificado Por ejemplo, ¿cuál es la causa, cuál es la materia
del eclipse? No la hay, y sólo la Luna experimenta el eclipse. La causa
motriz, la causa de la destrucción de la luz, es la Tierra. En cuanto a la
causa final, quizá no la hay. La causa formal es la noción misma del
objeto, pero esta noción es vaga, si no se le une la de la causa
productora. Y así, ¿qué es el eclipse? Es la privación de la luz. Se
añade: esta privación resulta de la interposición de la Tierra entre el
Sol y la Luna; esto es indicar, al definir el objeto, la causa productora.
No se sabe cuál es, en el sueño, la parte que es primero afectada. ¿No es
el animal? Sí, sin duda, pero el animal en una de sus partes; ¿cuál es
esta parte, asiento primero de la afección? Es el corazón o cualquiera
otra parte. En seguida hay que examinar la causa motriz; después en qué
consiste esta afección de una parte, que no es común al todo. Se dirá,
¿qué es tal especie de inmovilidad? Muy bien; pero esta inmovilidad, es
preciso añadir, proviene de que el asiento primero del sueño ha
experimentado cierta afección.
- V -
Hay seres que existen o no existen, sin que haya para ellos
producción, ni destrucción: como los puntos, si hay realmente puntos: y
también las formas y las figuras. No es lo blanco lo que deviene, es la
madera la que deviene o se hace blanca. Y todo lo que se produce proviene
de algo; y se hace o deviene algo. De aquí se sigue que los contrarios no
pueden provenir todos los unos de los otros. El hombre negro se hace un
hombre blanco de otra manera que lo negro se hace blanco. Tampoco tienen
los seres una materia, sino sólo aquellos para los que hay producción, y
que se transforman unos en otros. Todos aquellos seres que existen o no,
sin estar sujetos a cambio, no tienen materia.
Pero ocurre una dificultad. ¿Cómo se relaciona la materia de cada ser
con los contrarios? Cuando el cuerpo, por ejemplo, tiene la salud en
potencia, siendo la enfermedad lo contrario de la salud, ¿es que se
encuentran en potencia una y otra en el cuerpo? ¿Es en potencia como el
agua es vinagre y vino? ¿O bien uno de los contrarios constituye el estado
habitual y la forma de la materia, mientras que el otro no es más que una
privación, una corrupción contra la naturaleza? Otra dificultad es la de
saber por qué el vino no es ni la materia del vinagre ni el vinagre en
potencia, por más que sea del vino de donde provenga el vinagre. ¿Y el ser
vivo es un cadáver en potencia, o bien no lo es, y toda destrucción es tan
sólo un accidente?
Pero la materia del animal es en potencia el cadáver por el hecho de
la destrucción, y es el agua la materia del vinagre. El vinagre y el
cadáver vienen del agua y del animal, como la noche viene del día. En
todos los casos en que hay, como en éste, transformación recíproca, es
preciso que en la transformación los seres vuelvan a sus elementos
materiales. Para que el cadáver se haga un animal, debe por lo pronto
pasar de nuevo por el estado de materia; y después, mediante esta
condición, podrá hacerse un animal. Es preciso que el vinagre se cambie en
agua para hacerse vino luego.
- VI -
Hemos indicado una dificultad relativamente a las definiciones y a
los números (340). ¿Cuál es la causa de la unidad? Porque la unidad de lo
que tiene muchas partes, cuya reunión no es una especie de montón, cuyo
conjunto es algo independiente de las partes, tiene sin duda una causa.
La causa de la unidad de los cuerpos es, según unos, el contacto;
según otros, la viscosidad o cualquiera otra modificación de este género
(341). En cuanto a la definición, es un discurso que es uno, no a la
manera de la Ilíada a causa del encadenamiento, sino mediante la unidad
del ser definido. ¿Qué es lo que constituye la unidad del hombre y por qué
es uno y no múltiple, animal y bípedo, por ejemplo, sobre todo si hay,
como algunos pretenden, un animal en sí y un bípedo en sí? ¿Por qué el
hombre en sí no será lo uno y lo otro, existiendo los hombres a causa de
su participación, no es un solo ser, el hombre en sí, sino en dos seres en
sí, el animal y el bípedo? En la hipótesis en que hablamos (342), el
hombre no puede absolutamente ser uno; es varios, animal y bípedo. Se ve,
por tanto, que con esta manera de definir las cosas y de tratar la
cuestión, es imposible mostrar la causa y resolver la dificultad. Pero si
hay, según nuestra opinión, de una parte la materia, de otra la forma, de
una el ser en potencia, de otra el ser en acto, tenemos, al parecer, la
solución que buscábamos.
Si se da el nombre de vestido al cilindro de bronce, no ofrecería
embarazo la dificultad. Entonces la palabra vestido representaría lo que
contiene la definición. Sería preciso indagar cuál es la causa de la
unidad del ser, del cilindro y del metal, cuestión que se resuelve por sí
misma: el uno es la materia, el otro la forma. ¿Cuál es, pues,
independiente del agente, la causa que hace pasar de la potencia al acto
los seres respecto de los que tiene lugar la producción? No hay otra que
la que hemos dicho, que haga que la esfera en potencia sea una esfera en
acto: de la esfera, como del hombre, lo es la esencia individual.
Hay dos clases de materia, la materia inteligible y la sensible y, en
toda definición, en ésta, el círculo es una figura plana, hay la materia
de una parte, el acto de la otra. En cuanto a las cosas que no tienen
materia ni inteligible ni sensible, cada una es una unidad inmediata, una
unidad pura y simple, y cada una pertenece al ser propiamente dicho. Tales
son la esencia, la cualidad, la cuantidad, etcétera (343). Por esto no
entran en las definiciones ni el ser ni la unidad. La forma sustancial es
igualmente una unidad pura y simple, un ser propiamente dicho. Para estas
cosas no hay ninguna causa extraña que constituya su unidad ni su ser;
cada una de ellas es por sí misma un ser y una unidad, no porque tengan un
género común ni porque tengan una existencia independiente de los seres
particulares.
Hay algunos que, para resolver esta cuestión de la unidad admiten la
participación (344); pero no saben, ni cuál es la causa de la
participación, ni lo que es particular. Según otros, lo que forma la
unidad es el enlace con el alma: la ciencia, dice Licofrón (345), es el
enlace del saber con el alma. Otros, en fin, dicen que la vida es la
reunión, el encadenamiento del alma con el cuerpo. Lo mismo puede decirse
de todas las cosas. La salud será en este caso el enlace, el
encadenamiento, la reunión del alma con la salud; el triángulo de metal la
reunión del metal y del triángulo; lo blanco la reunión de la superficie y
de la blancura.
La indagación de la causa es la que produce la unidad de la potencia
y del acto, y el examen de su diferencia es lo que ha dado origen a estas
opiniones. Ya dijimos: la materia inmediata y la forma son una y sola
cosa, sólo que la una es el ser en potencia, y la otra el ser en acto.
Indagar la causa de la unidad y de la forma sustancial, es indagar lo
mismo. Porque cada unidad individual, sea en potencia, sea en acto es,
desde este punto de vista, la unidad. No hay otra causa de unidad que el
motor que hace pasar los seres de la potencia al acto. Respecto a los
seres que no tienen materia, no son todos ellos más que pura y simplemente
seres.
Libro noveno
I. De la potencia y de la privación. -II. Potencias irracionales,
potencias racionales. -III. Refutación de los filósofos de la escuela de
Mégara, que pretendían que no hay potencia sino cuando hay acto y que
donde no hay acto no hay potencia. -IV. ¿Una cosa posible es susceptible
de no existir jamás ni en lo presente ni en lo porvenir? -V. Condiciones
de la acción de la potencia. -VI. Naturaleza y cualidad de la potencia.
-VII. En qué casos no la hay y en qué casos la hay. -VIII. El acto es
anterior a la potencia y a todo principio de cambio. -IX. La actualidad
del bien es superior a la potencia del bien; lo contrario sucede con el
mal. Mediante la reducción al tacto es como se ponen en claro las
propiedades de los seres. -X. De lo verdadero y de lo falso.
- I -
Hemos hablado del ser primero, de aquel al que se refieren todas las
demás categorías; en una palabra, de la sustancia. A causa de su relación
con la sustancia de los demás seres son seres, y en este caso están la
cuantidad, la cualidad y los atributos análogos. Todos estos seres, como
hemos dicho en los libros precedentes, contienen implícitamente la noción
de la sustancia. El ser no sólo se toma en el sentido de sustancia, de
cualidad, de cuantidad, sino que hay también el ser en potencia y el ser
en acto, el ser [con relación] a la acción. Hablemos, pues, de la potencia
y del acto. Por lo pronto, en cuanto a la potencia, observemos que la que
merece verdaderamente este nombre no es el objeto único de nuestro estudio
presente; la potencia, lo mismo que sucede con el acto, se aplica a otros
seres que los que son susceptibles de movimiento. Hablaremos de la
potencia motriz en lo que vamos a decir de la actualidad; pero también
hablaremos de otras clases de potencia.
La potencia y el poder (346), que ya hemos caracterizado en otro
lugar (347), se toman en muchas acepciones. No tenemos que ocuparnos de
las potencias que sólo son de nombre. Una semejanza ha sido motivo de que
se diera a algunos objetos, en la geometría por ejemplo, el nombre de
potencias; y otras cosas se las ha supuesto potentes o impotentes a causa
de una cierta manera de ser o de no ser.
Las potencias pueden referirse a un mismo género; todas ellas son
principios, y se ligan a un poder primero y único, el de cambio, que
reside en otro ser en tanto que otro. La potencia de ser modificado es en
el ser pasivo el principio del cambio, que es capaz de experimentar
mediante la acción de otro ser en tanto que otro. La otra potencia es el
estado del ser, que no es susceptible de ser modificado en mal, ni
destruido por otro ser en tanto que otro por el ser que es el principio
del cambio. La noción de la potencia primera entra en todas estas
definiciones. Las potencias de que hablamos se distinguen, además, en
potencia simplemente activa o simplemente pasiva, y en potencia de hacer
bien o de padecer el bien. Las nociones de estas últimas encierran, por
tanto, en cierta manera, las nociones de las potencias de que ellas se
derivan.
Un ser tiene poder, ya porque tiene la potencia de modificarse a sí
mismo, ya porque tiene la de modificar a otro ser. Ahora bien; es evidente
que la potencia activa y la potencia pasiva son, desde un punto de vista,
una sola potencia, y desde otro son dos potencias. Se da ante todo la
potencia en el ser pasivo; y porque hay en él un principio, porque la
materia es un principio, por esto el ser pasivo es modificado, y un ser
modifica a otro ser. Y así, lo que es graso es combustible; lo que cede de
cierta manera es frágil (348) y lo mismo en todo lo demás. Luego hay la
potencia en el agente: como el calor y el arte de construir, el uno en lo
que calienta y el otro en la arquitectura. Un agente natural no puede
hacerse experimentar a sí mismo ninguna modificación; hay unidad en él, y
no es otro que él mismo. La impotencia y la imposibilidad son lo contrario
de la potencia, la privación de ésta; de suerte que hay respecto de cada
potencia la impotencia de la misma cosa sobre el mismo ser. Pero la
privación se entiende de muchas maneras. Hay la privación de una cosa que
naturalmente no se tiene, y la privación de lo que se debería naturalmente
tener; un ser padece privación, bien absolutamente, bien en la época de la
posesión; también la privación es completa o parcial; en fin, cuando la
violencia impide a los seres tener lo que es propio de su naturaleza,
decimos que estos seres padecen privación (349).
- II -
Entre los principios de que hablamos, hay unos que residen en los
seres animados, en el alma, en la parte del alma en que se encuentra la
razón. Como se ve, debe de haber potencias irracionables y racionales; y
todos los actos, todas las ciencias prácticas, todas las ciencias, en fin,
son potencias, pues son principio de cambio en otro ser en tanto que otro.
Cada potencia racional puede producir por sí sola efectos contrarios, pero
cada una de las potencias irracionales produce un solo y mismo efecto. El
calor sólo es causa de la calefacción, mientras que la medicina puede
serlo de enfermedad y de salud. Se verifica así, porque la ciencia es una
explicación racional. Ahora bien, la explicación racional explica el
objeto y la privación del objeto, sólo que no es de la misma manera. Desde
un punto de vista, el conocimiento de lo uno y de lo otro es el objeto de
la explicación racional: pero desde otro punto, es principalmente el del
objeto mismo.
Las ciencias de esta especie son por lo mismo necesariamente ciencias
de los contrarios, pero uno de los contrarios es su propio objeto,
mientras que el otro no lo es. Ellas explican el uno en sí mismo; y sólo
accidentalmente, si puede decirse así, tratan del otro. Valiéndose de la
negación es como muestran el contrario, haciéndole desaparecer. La
privación primera de un objeto es en efecto su contrario; y esta privación
es la supresión del objeto.
Los contrarios no se producen en el mismo ser; pero la ciencia es una
potencia en tanto que contiene la razón de las cosas, y que hay en el alma
el principio del movimiento. Y así lo sano no produce más que salud, lo
caliente calor, lo frío la frialdad, mientras que el que sabe produce los
dos contrarios. La ciencia conoce lo uno y lo otro, pero de una manera
diferente. Porque la noción de los dos contrarios se encuentra, pero no de
la misma manera, en el alma que tiene en sí el principio del movimiento; y
del mismo principio, del alma, aplicándose a un solo y mismo objeto, hará
salir ambos contrarios. Los seres racionalmente potentes están en un caso
contrario al en que se encuentran los que no tienen más que una potencia
irracional; no hay en la noción de estos últimos más que un principio
único.
Es claro que la potencia del bien lleva consigo la idea de la
potencia activa o pasiva; pero no acompaña siempre a ésta. El que obra el
bien, necesariamente obra; mientras el que solamente obra, no obra
necesariamente el bien.
- III -
Hay filósofos que pretenden, como los de Mégara, por ejemplo (350),
que no hay potencia más que cuando hay acto; que cuando no hay acto no hay
potencia; y así que el que no construye no tiene el poder de construir,
pero que el que construye tiene este poder cuando construye; y lo mismo en
todo lo demás. No es difícil ver las consecuencias absurdas de este
principio. Evidentemente, entonces no se será constructor si no se
construye, porque la esencia del constructor es el tener el poder de
construir. Lo mismo sucede con las demás artes. Es imposible poseer un
arte sin haberlo aprendido, sin que se nos haya trasmitido, y el dejar de
poseerle sin haberle perdido (se pierde olvidándole, o por cualquiera
circunstancia, o por efecto del tiempo; porque no hablo del caso de la
destrucción del objeto sobre que el arte opera; en esta hipótesis el arte
subsiste siempre). Ahora bien, si se cesa de obrar, no se poseerá ya el
arte. Sin embargo, se podrá poner a construir inmediatamente; ¿cómo habrá
recobrado el arte? Lo mismo será respecto de los objetos inanimados, lo
frío, lo caliente, lo dulce; y en una palabra, todos los objetos sensibles
no serán cosa alguna independientemente del ser que siente. Se viene a
parar entonces al sistema de Protágoras (351). Añádase a esto que ningún
ser tendrá ni siquiera la facultad de sentir si realmente no siente, si no
tiene sensación en acto. Si llamamos ciego al ser que no ve, cuando está
en su naturaleza el ver y en la época en que debe por su naturaleza ver,
los mismos seres serán ciegos y sordos muchas veces al día. Más aún; como
aquello para lo que no hay potencia es imposible, será posible que lo que
no es producido actualmente sea producido nunca. Pretender que lo que
tiene la imposibilidad de ser existe o existirá, sería sentar una
falsedad, como lo indica la misma palabra imposible (352).
Semejante sistema suprime el movimiento y la producción. El ser que
está en pie estará siempre en pie; el ser que está sentado estará
eternamente sentado. No podrá levantarse si está sentado, porque el que no
tiene el poder de levantarse está en la imposibilidad de levantarse. Si no
se pueden admitir estas consecuencias, es evidente que la potencia y el
acto son dos cosas diferentes: y este sistema lo que hace es identificar
la potencia y el acto. Lo que aquí se intenta suprimir es una cosa de
grandísima importancia.
Queda, pues, sentado que unas cosas pueden existir en potencia y no
existir en acto, y que otras pueden existir realmente y no existir en
potencia. Lo mismo sucede con todas las demás categorías. Suele suceder
que un ser que tiene el poder de andar no ande; que ande un ser que tiene
el de no andar. Digo que una cosa es posible cuando su tránsito de la
potencia al acto no entraña ninguna imposibilidad. Por ejemplo: si un ser
tiene el poder de estar sentado; si es posible, en fin, que este ser esté
sentado, el estar sentado no producirá para este ser ninguna
imposibilidad. Igual sucede si tiene el poder de recibir o imprimir el
movimiento, de tenerse en pie o mantener en pie a otro objeto, de ser o de
devenir, de no ser o de no devenir.
Con relación al movimiento se ha dado principalmente el nombre de
acto a la potencia activa y a las demás cosas; él, en efecto, parece ser
el acto por excelencia. Por esta razón no se atribuye el movimiento a lo
que no existe; se le refiere a algunas de las demás categorías. De las
cosas que no existen se dice con razón que son inteligibles, apetecibles,
pero no que están en movimiento. Y esto porque no existen al presente en
acto, sino que sólo pueden existir en acto; porque entre las cosas que no
existen, algunas existen en potencia, aunque realmente no existen porque
no existen en acto.
- IV -
Si lo posible es, como dijimos, lo que pasa al acto, evidentemente no
es exacto decir: tal cosa es posible, pero no se verificará. De otra
manera el carácter de lo imposible se nos escapa. Decir por ejemplo: la
relación de la diagonal con el lado del cuadrado puede ser medida, pero no
lo será, es no tener en cuenta lo que es la imposibilidad. Se dirá que
nada obsta a que respecto a una cosa que no existe o no existirá haya
posibilidad de existir o de haber existido. Pero admitir esta proposición,
y suponer que lo que no existe, pero que es posible, existe realmente o ha
existido, es admitir que no hay nada imposible. Pero hay cosas imposibles:
medir la relación de la diagonal con el lado del cuadrado. No hay
identidad entre lo falso y lo imposible. Es falso que estés en pie ahora,
pero no es imposible.
Es evidente, por otra parte que si existiendo A lleva consigo
necesariamente la existencia de B, pudiendo existir A, necesariamente B
puede existir igualmente. Porque si la existencia de B no es
necesariamente posible, nada obsta a que su existencia sea posible.
Supóngase, pues, que A es posible; en el caso de la posibilidad de la
existencia de A, admitir que A existe no supone ninguna imposibilidad.
Ahora bien, en este caso B existe necesariamente. Pero hemos admitido que
B podría ser imposible. Supóngase a B imposible. Si B es imposible,
necesariamente A lo es igualmente. Pero antes A era posible; luego B es
posible; luego siendo posible A, necesariamente B es posible si entre A y
B hay una relación tal que, existiendo A, B necesariamente existe. Luego
si A y B están en este caso, admitir entonces que B no es posible, es
admitir que A y B no están entre sí como lo habíamos admitido. Y si siendo
posible A, es necesariamente posible B, la existencia de A arrastra tras
sí la de B. En efecto, B es necesariamente posible cuando A lo es, lo cual
significa: que cuando A existe en cualquier circunstancia y de cualquier
manera que pueda existir, entonces B existe igualmente y es necesario que
exista en el mismo concepto A.
- V -
Unas potencias son puestas en nosotros por la naturaleza, como los
sentidos; otras nos vienen de un hábito contraído, como la habilidad de
tocar la flauta; y otras son fruto del estudio, por ejemplo, las artes. Es
preciso que haya habido un ejercicio anterior para que poseamos las que se
adquieren por el hábito o por el razonamiento; pero las que son de otra
clase, así como las potencias pasivas, no exigen este ejercicio. Potente
es el que puede algo en cualquiera circunstancia y manera y con todos los
demás caracteres que entran necesariamente en la definición. Ciertos seres
que pueden producir el movimiento racionalmente, y sus potencias son
racionales, mientras que los otros están privados de razón y sólo tienen
potencias irracionales; las primeras residen necesariamente en un ser
animado, mientras que éstas residen en seres animados y en seres
inanimados. Respecto a las potencias de esta última especie, desde que el
ser pasivo y el ser activo se aproximan en las condiciones requeridas por
la acción de la potencia, entonces es necesario que el uno obre y el otro
padezca la acción; pero esto no es necesario en las potencias de la otra
especie. Esto consiste en que cada una de las primeras, todas sin
excepción, sólo producen un solo efecto, mientras que cada una de las
racionales produce lo contrario.
La potencia, se dirá, produce entonces simultáneamente lo contrario.
Pero esto es imposible. Es preciso, por tanto, que exista alguna otra cosa
que determine el modo, la acción; como por ejemplo, el deseo o la
resolución. La cosa cuya realización se desee, será la cosa que deberá
realizarse cuando haya verdaderamente potencia y el ser activo esté en
presencia del ser pasivo. Luego desde el momento en que el deseo se deje
sentir en él, el ser dotado de una potencia racional hará la cosa que
tiene poder de hacer con tal que la condición requerida se cumpla. Ahora
bien, la condición de su acción es la presencia del objeto pasivo y cierta
manera de ser en este objeto. En el caso contrario habría imposibilidad de
obrar. Por lo demás, no tenemos necesidad de añadir que es indispensable
que ningún obstáculo exterior impida la acción de la potencia. Un ser
tiene la potencia en tanto que tiene poder de obrar; poder, no absoluto,
sino sometido a ciertas condiciones, en las que va embebida la de que no
habrá obstáculos exteriores. La supresión de éstos es la consecuencia
misma de algunos caracteres que entran en la definición de potencia. Por
esto la potencia no puede producir a un tiempo, bien se quiera o desee,
dos efectos, o los efectos contrarios. No tiene el poder de producirlos
simultáneamente, ni tampoco el poder de producir simultáneamente efectos
diversos. Lo que puede hacer es lo que hará.
- VI -
Hemos hablado de la potencia motriz; ocupémonos del acto (353) y
determinemos qué es el acto y cuáles son sus modos. Esta indagación nos
llevará a demostrar que por potente no se entiende sólo lo que tiene la
propiedad de mover otra cosa, o de recibir de ella el movimiento;
movimiento propiamente dicho, o movimiento de tal o cual naturaleza, sino
que tiene también otras significaciones, y fijaremos estas significaciones
en el curso de esta indagación. El acto es respecto a un objeto, el estado
opuesto a la potencia: decimos, por ejemplo, que el Hermes está en
potencia en la madera; que la mitad de la línea está en potencia en la
línea entera, porque podría sacarse de ella. Se da igualmente el nombre de
sabio en potencia hasta al que no estudia, si puede estudiar. Puede
concluirse de estos diferentes ejemplos particulares lo que entendemos por
acto, no precisamente para definirle con exactitud, pues debemos a veces
contentarnos con analogías. El acto será el ser que construye,
relativamente al que tiene la facultad de al que duerme; el ser que ve de
ver; el objeto que sale de la materia, relativamente a la materia; lo
hecho, con relación o lo no hecho. Demos el nombre de acto a los primeros
términos de estas diversas relaciones; los otros son la potencia.
Acto no se entiende siempre de la misma manera como no sea por
analogía. Se dice: tal objeto está en tal otro, o es relativamente a tal
otro; se dice igualmente: tal objeto está en acto en tal otro, o es
relativamente a tal otro. Porque el acto significa tan pronto el
movimiento relativamente a la potencia, como la esencia relativamente a
una cierta materia. La potencia y el acto, respecto del infinito, del
vacío y de todos los seres del género se entienden de otra manera que
respecto de la mayoría de los demás seres tales como lo que se ve, lo que
anda o que es visto. En estos últimos casos la afirmación de la existencia
puede ser verdadera, ya absolutamente, ya en tal circunstancia dada.
Visible se dice, o de lo que es visto realmente, o de lo que puede ser
visto. Pero la potencia respecto al infinito no es de una naturaleza tal
que el acto pueda jamás realizarse, como no sea por el pensamiento; en
tanto que la división se prolonga hasta el infinito, se dice que el acto
de la división existe en potencia, pero no existe jamás separado de la
potencia (354).
Como todas las acciones que tienen un término no constituyen ellas
mismas un fin, sino que tienden a un fin, como el fin de la demacración
que es el enflaquecimiento; tales acciones como la demacración son
ciertamente movimientos, pero no son el fin del movimiento. Estos hechos
no pueden considerarse como actos, como actos completos, porque no
constituyen un fin, sino solamente tienden a un fin y al acto. Se puede
ver, concebir, pensar y haber visto, concebido, pensado; pero no se puede
aprender y haber aprendido la misma cosa, curar y haber sido curado; se
puede vivir bien y haber vivido bien, ser dichoso y haber sido dichoso
todo a la vez; sin esto sería preciso que hubiera puntos de detenida en la
vida, como puede suceder con la demacración; pero jamás se ha verificado
esto: se vive y se ha vivido. De estos diferentes modos llamaremos a los
unos movimientos, a los otros actos, porque todo movimiento es incompleto,
como la demacración, el estudio, la marcha, la construcción; y los
diferentes modos incompletos. No se puede dar un paso y haberle dado al
mismo tiempo, construir y haber construido, devenir y haber devenido,
imprimir o recibir un movimiento y haberle recibido. El motor difiere del
ser en movimiento; pero el mismo ser, por el contrario, puede al mismo
tiempo ver y haber visto, pensar y haber pensado: estos últimos hechos son
los que yo llamo actos; los otros no son más que movimientos. Estos
ejemplos, o cualquier otro del mismo género, bastan para probar claramente
qué es el acto y cuál es su naturaleza.
- VII -
Necesitamos fijar cuándo un ser es o no es, en potencia, otro ser,
porque no hay potencia en todos los casos. Y así, ¿la tierra es o no el
hombre en potencia? Tendrá más bien este carácter cuando se haya hecho
esperma, y quizá ni aún entonces será el hombre en potencia. En igual
forma la salud no lo recibe todo de la medicina y del azar; pero hay seres
que tienen esta propiedad. Y son los que se llaman sanos en potencia. El
tránsito de la potencia al acto para el pensamiento puede definírse: la
voluntad realizándose sin encontrar ningún obstáculo exterior: aquí, por
el contrario, para el ser que es objeto de curación habrá potencia si no
hay en el mismo ningún obstáculo. De igual modo la casa existirá también
en potencia, si no hay nada en ella y si nada hay en la materia que se
oponga a que una casa sea construida. Si no hay nada que añadir, ni
quitar, ni mudar, la materia será la causa en potencia. Lo mismo sucederá
con todos los seres que tienen fuera de sí mismos el principio de su
producción; y lo mismo con los que, teniendo en sí este principio,
existirán por sí mismos, si nada exterior se opone a ello. La esperma no
es aún el hombre en potencia; es preciso que esté en otro ser y que sufra
un cambio. Cuando ya, en virtud de la acción de su propio principio, tenga
este carácter; cuando por fin tenga la propiedad de producir si nada
exterior se opone a ello, entonces será el hombre en potencia; pero es
preciso para esto la acción de otro principio. Así, la tierra no es
todavía la estatua en potencia; es preciso que se convierta en bronce para
tener este carácter.
El ser que contiene otro ser en potencia es aquel de quien se dice,
no que es esto, sino que es de esto: un cofre no es madera, sino de
madera; la madera no es tierra, sino de tierra. Si es así, si la materia
que contiene un ser en potencia es aquella con relación a la cual se dice:
este ser es, no este otro, sino de este otro, la tierra no contendrá el
ser en potencia sino de una manera secundaria; y así no se dice que el
cofre es de tierra o que es tierra, sino que es de madera, porque la
madera, es el cofre en potencia: la madera en general es la materia del
cofre en general; tal madera es la materia de tal cofre. Si hay algo que
sea primero, alguna cosa que no pueda referirse a otra, diciendo es de
esto, esta será la materia primera: si la tierra es de aire; si el aire no
es fuego, sino de fuego, el fuego será la materia primera, el esto (355),
la sustancia. En esto es en lo que difieren lo universal y el sujeto; el
uno es un ser real, pero no el otro: de este modo el hombre, el cuerpo, el
alma son los sujetos de las diversas modificaciones; la modificación es lo
músico, lo blanco. Cuando la música es una cualidad de tal sujeto, no se
dice que él es música, sino músico; no se dice que el hombre es blancura,
sino que es blanco; que es marcha o movimiento, sino que está en marcha o
en movimiento, como se dice que el ser es de esto. Los seres que están en
este caso, los seres primeros, son sustancias, los otros no son más que
formas, el sujeto determinado; el sujeto primero es la materia y la
sustancia material. Con razón no se dice cuando se habla de la materia, y
lo mismo sucede respecto de las modificaciones, que son de esto; porque la
materia y las modificaciones son igualmente indeterminadas.
Hemos visto cuándo debe decirse que una cosa tiene otra en potencia y
cuándo que no la contiene.
- VIII -
Hemos dejado sentado de cuántas maneras se entiende la prioridad
(356); y es evidente, conforme a lo que hemos dicho, que el acto es
anterior a la potencia. Y por potencia no entiendo sólo la potencia
determinada, aquella que se define diciendo que es el principio del cambio
colocado en otro ser en tanto que otro, sino en general todo principio de
movimiento o de reposo. La naturaleza (357) se encuentra en este caso; hay
entre ella y la potencia identidad de género; es un principio de
movimiento, no colocado en otro ser, sino en el mismo ser en tanto que él
mismo. En todas las potencias de este género el acto es anterior a la
potencia bajo la relación de la noción y de la esencia; bajo la relación
del tiempo, el acto es algunas veces anterior, otras no. Que el acto es
anterior bajo la relación de la noción, es evidente. La potencia primera
no es potente sino porque puede obrar. En este sentido es en el que yo
llamado constructor al que puede construir, dotado de vista al que ve,
visible aquello que puede ser visto. El mismo razonamiento se aplica a lo
demás. Es de toda necesidad que la noción preceda; todo conocimiento debe
apoyarse sobre un conocimiento (358).
He aquí, bajo la relación del tiempo, cómo es preciso entender la
anterioridad. El ser que obra es anterior genéricamente, pero no en cuanto
al número; la materia, la semilla, la facultad de ver son anteriores, bajo
la relación del tiempo, a este hombre que existe actualmente en acto, al
trigo, al caballo, a la visión; son en potencia el hombre, el trigo, la
visión, pero no lo son en acto. Estas mismas potencias vienen de otros
seres, los cuales, bajo la relación del tiempo, son en acto anteriores a
ellas, porque es preciso siempre que el acto provenga de la potencia
mediante la acción de un ser que existe en acto; así el hombre viene del
hombre, el músico se forma bajo la dirección del músico; hay siempre un
primer motor, y éste existe ya en acto.
Hemos dicho, hablando de la sustancia (359), que todo lo que es
producido viene de algo, es producido por alguna cosa; y que el ser
producido es de la misma especie que el motor. Y así es imposible, al
parecer, ser constructor sin haber construido jamás nada; tocador de
flauta sin haber tocado, porque tocando la flauta es como se aprende a
tocarla. Lo mismo sucede en todos los demás casos. Y de aquí este
argumento sofístico: que el que no conoce una ciencia hará las cosas que
son objeto de esta ciencia. Sí, sin duda el que estudia no posee aún la
ciencia; pero así como en toda producción existe ya alguna cosa producida,
y que en todo movimiento hay ya un movimiento realizado (y ya lo hemos
demostrado en nuestro Tratado sobre el movimiento) (360), así es de
necesidad que el que estudie posea ya algunos elementos de la ciencia.
Resulta de lo que precede que en este sentido el acto es anterior a la
potencia bajo la relación la producción y del tiempo.
Es igualmente anterior bajo la relación de la sustancia: por lo
pronto, porque lo que es posterior en cuanto a la producción es anterior
en cuanto a la forma y a la sustancia: y así el hombre formado es anterior
al niño, el hombre es anterior a la esperma, porque el uno tiene ya la
forma, la otra no la tiene; además, porque todo lo que se produce tiende a
un principio y a un fin, porque la causa final es un principio, y la
producción tiene por fin este principio. El acto también es un fin, y la
potencia existe en vista de este fin. En efecto, los animales no ven por
tener vista, sino que tienen la vista para ver; de igual modo se posee el
arte de construir para construir y la ciencia especulativa para elevarse a
la especulación; pero no se eleva a la especulación para poseer la
ciencia, sino cuando se aprende; y aun en este último caso no hay
realmente especulación, sino un ejercicio; la especulación pura no tiene
por objeto la satisfacción de nuestras necesidades (361). Igualmente, la
materia propiamente dicha es una potencia, pues es susceptible de recibir
una forma; cuando existe un acto entonces posee forma, y lo mismo sucede
en todos los demás casos, y lo mismo respecto de las cosas cuyo objeto es
un movimiento. Con la naturaleza acontece lo que con los maestros, que
creen haber conseguido su fin cuando han mostrado trabajando a sus
discípulos. Y en efecto, si no fuera así podrían compararse sus discípulos
al Hermes de Pasón; no se reconocería si tienen o no la ciencia, como no
podría reconocerse si el Hermes estaba dentro o fuera de la piedra. La
obra es el fin, y la acción se aplica a la obra y por qué la acción es una
dirección hacia el acto.
Añádase a esto que el fin de ciertas cosas es simplemente el
ejercicio: el fin de la vista es la visión; y la vista no produce
absolutamente otra cosa que la visión; en otros casos, por lo contrario,
se produce otra cosa: así del arte de construir se deriva, no sólo la
construcción, sino la casa. Sin embargo, no hay realmente fin en el primer
caso, y es sobre todo en el segundo donde la potencia tiene un fin. Porque
la construcción existe en lo que es construido; nace y existe al mismo
tiempo que la casa. Conforme a esto, en todos los casos en que
independientemente del ejercicio puro y simple hay alguna cosa producida,
la acción se da en el objeto mismo que es producido: la construcción, por
ejemplo, en lo construido, la tejedura en lo que es tejido. Lo mismo
sucede en todo lo demás; y en general en estos casos el movimiento está en
el objeto mismo que está en movimiento. Pero siempre que fuera del acto no
hay algo producido, el acto existe en el sujeto mismo: la visión, está en
el ser que ve; la teoría en el que hace la teoría, la vida en el alma
(362), y por ende la felicidad misma es un acto del alma, porque también
es una especie de vida (363).
Es, por tanto, muy claro que la esencia y la forma son actos; de
donde se sigue evidentemente que el acto bajo la relación de la sustancia
es anterior a la potencia. Por la misma razón el acto es anterior bajo la
relación del tiempo; y se asciende, como hemos dicho, de acto en acto
hasta que se llega al acto del motor primero y eterno.
Por lo demás, puede hacerse más palpable aún la verdad de nuestra
proposición. Los seres eternos son anteriores, en cuanto a la sustancia, a
los seres perecederos; y nada de lo que existe en potencia es eterno.
Puede probarse así: toda potencia supone al mismo tiempo lo contrario; lo
que no tiene la potencia de existir no existirá necesariamente nunca; pero
todo lo que existe en potencia puede muy bien pasar al acto: lo que tiene
la potencia de ser puede ser o no ser; y la misma cosa tiene entonces la
potencia de ser y no ser. Pero puede suceder que lo que tiene la potencia
de no ser no sea. Pero lo que puede no ser es perecedero absolutamente, o
muy perecedero desde el punto de vista de que puede no ser en cuanto al
lugar, a la cuantidad, a la cualidad; y perecedero absolutamente significa
perecedero en cuanto a la esencia. Nada de lo que es perecedero
absolutamente existe absolutamente en potencia; pero puede existir en
potencia desde ciertos puntos de vista, como en cuanto a la cualidad y en
cuanto al lugar. Todo lo que es imperecedero existe en acto, y lo mismo
sucede con los principios necesarios (364). Porque son principios
primeros, y si no lo fuesen no existiría nada. Lo mismo respecto al
movimiento, si hay algún movimiento eterno. Y si hay algún objeto que esté
en movimiento eterno, no se mueve en potencia, a no entenderse por esto el
poder pasar de un lugar a otro. Nada obsta a que este objeto, sometido a
un movimiento eterno, no lo sea. Por esto el Sol, los astros, el cielo,
todo existe siempre en acto, y no hay que temer que se detengan nunca como
temen los físicos (365); jamás se cansan en su marcha, pues su movimiento
no es como el de los seres perecederos, la acción de una potencia que
admite los contrarios. Lo que hace que la continuidad del movimiento sea
fatigosa para los últimos es que la sustancia de los seres perecederos es
la materia, y que la materia existe sólo en potencia y no en acto. Sin
embargo, ciertos seres sometidos a cambio son, bajo esta relación, una
imagen de los seres imperecederos; en el caso están el fuego y la tierra.
En efecto, ellos existen siempre en acto, porque tienen el movimiento por
sí y en sí mismos.
Las demás potencias que hemos consignado admiten todos los
contrarios: lo que tiene la potencia de producir un movimiento de tal
naturaleza puede igualmente no producirle (hablo aquí de las potencias
racionales). En cuanto a las irracionales, también admiten los contrarios
en tanto que pueden ser o no ser. Si existiesen naturaleza y sustancias
del género de que hablan los partidarios de las doctrinas de las ideas, un
ser cualquiera sería más sabio que la ciencia en sí; un objeto en
movimiento estaría más en movimiento que el movimiento en sí, porque el
uno seria el acto y el otro solamente la potencia. Es evidente que el acto
es anterior a la potencia y a todo principio de cambio.
- IX -
Es evidente, conforme con lo que va dicho, que la actualidad del bien
es preferible a la potencia del bien y es más digna de nuestra veneración.
En todos los seres de quienes se dice que pueden, el mismo ser puede los
contrarios. Aquel de quien se dice por ejemplo: puede estar sano, este
mismo puede estar enfermo, y esto al mismo tiempo que puede estar sano. La
misma potencia produce la salud y la enfermedad; la misma el reposo y el
movimiento; es la misma potencia la que construye la casa y la que la
destruye; y en virtud de la misma potencia la casa es construida y
destruida. El poder de los contrarios reside, simultáneamente, en los
seres; pero es imposible que los contrarios existan simultáneamente;
imposible que haya simultaneidad en los actos diversos, que haya a la vez
salud y enfermedad (366). Luego el bien en acto es necesariamente uno de
los dos contrarios. Pero la potencia o es igualmente uno y otro contrario,
o no es ninguno. Luego actualidad del bien es mejor que la potencia del
bien.
En cuanto al mal, su fin y su actualidad son por fuerza peores que su
potencia. Cuando no hay más que poder, el mismo ser es a la vez los dos
contrarios. El mal no tiene existencia independiente de las cosas, porque
por su naturaleza es inferior a la potencia. No hay, en los principios, en
los seres eternos, ni mal, ni pecado, ni destrucción, porque la
destrucción se cuenta también en el número de los males.
Reduciendo al acto las figuras geométricas es como descubrimos sus
propiedades, porque por medio de una descomposición encontramos las
propiedades de estas figuras. Si estuviesen descompuestas por naturaleza,
sus propiedades serían evidentes; pero existen en potencia las propiedades
antes de la descomposición. ¿Por qué la suma de los tres ángulos de un
triángulo equivalen a dos rectos? Porque la suma de los ángulos formados
alrededor de un mismo punto, sobre una misma línea, es igual a dos ángulos
rectos. Si se formase el ángulo exterior prolongando uno de los lados del
triángulo, la demostración se haría evidente. ¿Por qué el ángulo inscrito
en el semicírculo es invariablemente un ángulo recto?, por la igualdad en
estas tres líneas, a saber: las dos mitades de la base y la recta llevada
del centro del círculo al vértice del ángulo opuesto a la base; esta
igualdad, si nos penetramos de la demostración, nos hace reconocer la
propiedad del ángulo inscrito. Es, pues, evidente que por medio de la
reducción al acto se descubre lo que existe en la potencia; y la causa es
que la actualidad es la concepción misma. Luego del acto se deduce la
potencia; luego por el acto también se la conoce. En cuanto a la
actualidad numérica, ésta es posterior a la potencia en el orden de
producción.
- X -
El ser y el no ser se toman en diversas acepciones. Hay el ser según
las diversas formas de las categorías; después el ser en potencia o el ser
en acto de las categorías; hay los contrarios de estos seres. Pero el ser
propiamente dicho es sobre todo lo verdadero; el no ser lo falso (367). La
reunión o separación, he aquí lo que constituye la verdad o la falsedad de
las cosas. Por consiguiente, está en lo verdadero el que cree que lo que
realmente está separado está separado, que lo que está unido está unido.
Pero está en lo falso el que piensa lo contrario de lo que en
circunstancias dadas son o no son las cosas. Por tanto, todo lo que se
dice es verdadero o falso, porque es preciso que se reflexione lo que se
dice. No porque creamos que tú eres blanco, eres blanco en efecto, sino
porque eres en efecto blanco, y al decir nosotros que lo eres, decimos la
verdad (368).
Hay cosas que están eternamente reunidas y su separación es
imposible; otras están eternamente separadas y es imposible reunirlas;
otras, en fin, admiten los estados contrarios. Entonces ser es estar
reunido, es ser uno; no ser, es estar separado, ser muchos. Cuando se
trata de las cosas que admiten estados contrarios, el mismo pensamiento,
la misma proposición se hace sucesivamente falsa y verdadera, y se puede
estar ya en lo verdadero, ya en lo falso. Pero cuando se trata de cosas
que no pueden ser de otra manera, no hay entonces tan pronto verdad como
falsedad; estas cosas son eternamente verdaderas o falsas.
¿Pero qué es el ser y qué el no ser, qué lo verdadero y qué lo falso,
en las cosas que no son compuestas? En este caso, sin duda alguna, el ser
no es la composición; no es que las cosas sean cuando son compuestas, y
que no sean cuando no son compuestas, como la madera es blanca, como la
relación de la diagonal al lado del cuadrado es inconmensurable. ¿Lo
verdadero y lo falso son entonces en estas cosas lo que son en las demás,
o bien la verdad, y el ser como la verdad, no son aquí diferentes de lo
que son en otra parte? He aquí lo que es verdadero y lo que es falso en
estos objetos. Lo verdadero es percibir y decir lo que se percibe, y decir
no es lo mismo que afirmar. Ignorar es no percibir, porque sólo se puede
estar en lo falso accidentalmente cuando se trata de esencias. Lo mismo
sucede respecto a las sustancias simples, porque es imposible estar en lo
falso respecto a ellas. Todas ellas existen en acto, no en potencia; de
otro modo nacerían y perecerían, porque no hay para el ser en sí
producción ni destrucción: sin esto procedería de otro ser. Luego no puede
haber error respecto a seres que tienen una existencia determinada, que
existen en acto; solamente hay o no pensamiento de estos seres. Sin
embargo, se examinan cuáles son sus caracteres, si son o no tales o
cuales.
El ser considerado como lo verdadero, y el no ser como lo falso,
significan bajo un punto de vista lo verdadero cuando hay reunión, lo
falso cuando no la hay. Bajo otro punto de vista el ser es la existencia
determinada, y la existencia indeterminada es el no ser. En este caso, la
verdad es el pensamiento que se tiene de estos seres, y entonces no hay
falsedad ni error; no hay más que ignorancia, la cual no se parece al
estado del ciego, porque el estado del ciego equivaldría a no tener
absolutamente la facultad de concebir.
Es evidente, además, si se admiten seres inmóviles, que éstos no
pueden en ningún tiempo estar sujetos a error. Si el triángulo no está
sujeto a cambio, no puede creerse que tan pronto la suma de sus ángulos
vale como no vale dos ángulos rectos, pues en otro caso estaría sujeto a
cambio. Pero puede creerse que este ser es inmóvil, y aquel otro no. Y así
puede pensarse que no hay ningún número par que sea primo, o que entre los
números pares hay unos que son primos, los otros no. Pero si se trata de
seres que son unos numéricamente, esto no es ni siquiera posible. No se
puede tampoco creer que en ciertos casos hay unidad, mientras que no la
habría en los otros: entonces se estará en lo verdadero o en lo falso,
porque hay siempre unidad.
Libro décimo
I. De la unidad y de su esencia. -II. La unidad es en cada género una
naturaleza particular; la unidad no constituye por sí misma la naturaleza
de ningún ser. -III. De los diversos modos de oposición entre la unidad y
la multiplicidad. Heterogeneidad, diferencia. -IV. De la contrariedad. -V.
Oposición de lo igual con lo grande y lo pequeño. -VI. Dificultad relativa
a la oposición entre la unidad y la multiplicidad. -VII. Es preciso que
los intermedios entre los contrarios sean de la misma naturaleza que los
contrarios. -VIII. Los seres diferentes de especie pertenecen al mismo
género. -IX. En qué consiste la diferencia de especie; razón por la que
hay seres que difieren y otros que no difieren de especie. -X. Diferencia
entre lo perecedero y lo imperecedero.
- I -
Hemos dicho precedentemente, en el libro de las diferentes acepciones
(369), que la unidad se entiende de muchas maneras. Pero estos modos
numerosos pueden reducirse en suma a cuatro principales que abrazan, todo
lo que es uno primitivamente y en sí y no accidentalmente. Hay en primer
lugar la continuidad, continuidad pura y simple, o bien, y sobre todo,
continuidad natural, que no es sólo el resultado de un contacto o de un
vínculo. Entre los seres continuos tienen más unidad, y una unidad
anterior, aquellos cuyo movimiento es más indivisible y más simple. Hay
igualmente unidad, y más fuerte aún en el conjunto, en lo que tiene una
figura y una forma, sobre todo si el conjunto es un producto natural, y
no, como en las cosas unidas por la cola, por un clavo, por una atadura,
resultado de la violencia. Semejante conjunto lleva en sí la causa de su
continuidad; y esta causa es que su movimiento es uno, indivisible en el
espacio y en el tiempo. Es, pues, evidente que si hay alguna cosa que por
su naturaleza tenga el primer principio del movimiento primero, y por
movimiento primero entiendo el movimiento circular, esta cosa es la unidad
primitiva de magnitud. La unidad de que hablamos es, por tanto, o la
continuidad o el conjunto. Pero la unidad se aplica también a aquello cuya
noción es una, lo que tiene lugar cuando hay unidad de pensamiento, siendo
el pensamiento indivisible. El pensamiento indivisible es el pensamiento
de lo que es indivisible, ya bajo la relación de la forma, ya bajo la
relación del número. El ser particular es indivisible numéricamente; lo
indivisible bajo la relación de la forma es lo que es indivisible bajo la
relación del conocimiento y de la ciencia, La unidad primitiva es, por
consiguiente, la misma que es causa de unidad de las sustancias.
Cuatro son, pues, los modos de la unidad: continuidad natural,
conjunto, individuo, universal. Lo que constituye la unidad en todos los
casos es la indivisibilidad del movimiento en ciertos seres; y respecto de
los demás la indivisibilidad del pensamiento y de la noción.
Observemos que no hay que confundir todo lo que tiene la denominación
de unidad con la esencia misma y la noción de la unidad. La unidad tiene
todas las acepciones que acabamos de decir, y es uno todo ser que tiene en
sí uno de estos caracteres de la unidad. Pero la unidad esencial puede
existir ya en algunas de las cosas que acabamos de indicar, ya en otras
cosas que se refieren aún más a la unidad propiamente dicha; las primeras
sólo son unidades en potencia.
Cuando se trata del elemento y de la causa, es preciso establecer
distinciones en los objetos y dar la definición del nombre. En efecto, el
fuego, el infinito quizá, si el infinito existe en sí, y todas las cosas
análogas son elementos desde un punto de vista, y desde otro no lo son.
Fuego y elemento no son idénticos entre sí en la esencia; pero el fuego es
un elemento porque es cierto objeto, cierta naturaleza. Por la palabra
elemento se entiende que una cosa es la materia primitiva que constituye
otra cosa. Esta distinción se aplica igualmente a la causa, a la unidad, a
todos los principios análogos. Y así la esencia de la unidad es, de una
parte, la indivisibilidad, es decir, la existencia determinada,
inseparable, ya en el espacio, ya bajo la relación de la forma, ya por el
pensamiento, ya en el conjunto y en la definición, mientras que, por otra
parte, la unidad es sobre todo la medida primera de cada género de
objetos, y por excelencia la medida primera de la cuantidad. De esta
medida proceden todas las demás; porque la medida de la cuantidad es la
que hace conocer la cantidad, y la cantidad, en tanto que cantidad, se
conoce por la unidad o por el número. Ahora bien, todo número es conocido
por medio de la unidad. Lo que da a conocer toda cantidad, en tanto que
cantidad, es por tanto la unidad, y la medida primitiva por la cual se
conoce es la unidad misma. De donde se sigue que la unidad es el principio
del número en tanto que número.
Por analogía con esta medida se llama en todo lo demás medida a una
cosa primera, por cuyo medio se conoce, y la medida de los diversos
géneros de ser es una unidad, unidad de longitud, de latitud, de
profundidad, de peso, de velocidad. Es que el peso y la velocidad se
encuentran a la vez en los contrarios, porque ambos son dobles: hay, por
ejemplo, la pesantez de lo que tiene un peso cualquiera, y la pesantez de
lo que tiene un peso considerable; hay la velocidad de lo que tiene un
movimiento cualquiera, y la velocidad de lo que tiene un movimiento
precipitado. En una palabra, lo que es lento tiene su velocidad; lo que es
ligero tiene su pesantez. En todos los casos de que ahora se trata, la
medida, el principio, es algo uno e indivisible. En cuanto a la medida de
las líneas, se llega a considerar el pie como una línea indivisible por la
necesidad de encontrar en todos los casos una medida una e indivisible.
Esta medida es simple, ya bajo la relación de la cualidad, ya bajo la de
la cantidad. Una cosa a la que no se pueda quitar ni añadir nada, he aquí
la medida exacta. La del número es por tanto la más exacta de las medidas,
se define, en efecto, la mónada, diciendo que es indivisible en todos los
sentidos. Las otras medidas no son más que imitaciones de la mónada. Si se
añadiese o se quitase algo al estadio, al talento, y en general a una
grande medida, esta adición o esta sustracción se haría sentir menos que
si recayese sobre una cantidad más pequeña. Una cosa primera, a la que no
puede quitarse cosa que sea apreciable por los sentidos, tal es el
carácter general de la medida para los líquidos y para los sólidos, para
la pesantez y para la magnitud, y creemos conocer la cantidad cuando se
conoce por esta medida.
La medida del movimiento es el movimiento simple, el más rápido
movimiento, porque este movimiento tiene una corta duración. En la
astronomía hay una unidad de este género que sirve de principio y de
medida; se admite que el movimiento del cielo, al que se refieren todos
los demás, es un movimiento uniforme y el más rápido de los movimientos.
La unidad en la música es el semitono, porque es el más corto de los
sonidos perceptibles; en la sílaba es la letra. Y la unidad en estos
diversos casos no es simplemente la unidad genérica; es la unidad en el
sentido en que acabamos de entenderla. Sin embargo, la medida no es
siempre un objeto numéricamente uno; hay algunas veces pluralidad. Y así,
el semitono abraza dos cosas, pues hay el semitono que no percibe el oído,
pero que es la noción misma del semitono; hay muchas letras para medir las
sílabas; en fin, la diagonal tiene dos medidas (370), y como ella, el lado
y todas las magnitudes.
La unidad es, por tanto, la medida de todas las cosas, porque
dividiendo la sustancia bajo la relación de la cantidad o bajo la de la
forma, conocemos lo que constituye la sustancia. Y la unidad es
indivisible porque el elemento primero de cada ser es indivisible. Sin
embargo, no todas las unidades son indivisibles de la misma manera, véase
el pie y la mónada. Hay unidades absolutamente indivisibles; otras
admiten, como ya hemos dicho, una división en partes indivisibles para los
sentidos, porque probablemente toda continuidad puede dividirse. Por lo
demás, la medida de un objeto es siempre del género de este objeto. En
general, la magnitud es la que mide la magnitud, y en particular se mide
la longitud por la longitud, la latitud por la latitud, el sonido por el
sonido, la pesantez por la pesantez, las mónadas por las mónadas. Así debe
expresarse este último término, y no diciendo que el número es la medida
de los números; lo cual debería decirse al parecer, puesto que la medida
es del mismo género que el objeto. Pero hablar de esta manera no sería
decir lo que nosotros hemos dicho; equivaldría más bien a decir: la medida
de las mónadas son las mónadas y no es la mónada; el número es una
multitud de mónadas.
Damos también a la ciencia y a la sensación el nombre de medida de
las cosas por la misma razón que a la unidad, porque nos dan también el
conocimiento de los objetos. En realidad tiene una medida (371) más bien
que servir de medida; pero relativamente a la ciencia, estamos en el mismo
caso que si alguno nos mide; conoceremos cuál es nuestra talla porque se
ha aplicado muchas veces la medida del codo de nuestro cuerpo (372).
Protágoras pretende que el hombre es la medida de todas las cosas (373).
Por esto entiende indudablemente el hombre que sabe y el hombre que
siente; es decir, el hombre que tiene la ciencia y el hombre que tiene el
conocimiento sensible. Ahora bien, nosotros admitimos que éstas son
medidas de los objetos. Nada más hay más maravilloso que la opinión de
Protágoras, y sin embargo su proposición no carece de sentido.
Hemos hecho ver que la unidad (entendida esta palabra en su
significación propia) es la medida por excelencia, que es ante todo la
medida de la cantidad, que es después la de la cualidad. Lo indivisible
bajo la relación de la cantidad, lo indivisible bajo la relación de la
cualidad, he aquí en ambos casos lo que constituye la unidad. La unidad
es, por tanto, indivisible o absolutamente indivisible, o en tanto que
unidad.
- II -
Nos hemos preguntado cuál es la esencia, cuál es la naturaleza de los
seres, procurando resolver las dificultades que se presentaban. ¿Qué es,
pues, la unidad y qué idea debe formarse de ella? ¿Consideraremos la
unidad como una sustancia, opinión profesada en otro tiempo por los
pitagóricos y después por Platón, o bien hay alguna naturaleza que es la
sustancia de la unidad? ¿Será preciso reducir la unidad a una forma más
conocida y adoptar con preferencia el método de los físicos, quienes
pretenden, unos que la unidad es la amistad, otros que es el aire, y otros
que es el infinito?
Si no es posible que nada de lo que es universal sea sustancia, como
hemos dicho al tratar de la sustancia y del ser (374); si lo universal no
tiene una existencia sustancial, una y determinada, fuera de la
multiplicidad de las cosas, porque lo universal es común a todos los
seres; si, por último, no es más que un atributo, evidentemente la unidad
misma tampoco es una sustancia, porque el ser y la unidad son por
excelencia el atributo universal. Y así, por una parte, los universales no
son naturalezas y sustancias independientes de los seres particulares, y
por otra, la unidad, lo mismo que el ser y por las mismas razones, no
puede ser ni un género, ni la sustancia universal de las cosas. Por otra
parte, la unidad debe decirse igualmente de todos los seres.
El ser y la unidad se toman en tantas acepciones el uno como la otra.
Luego si hay para las cualidades, así como para las cantidades, una
unidad, una naturaleza particular, evidentemente debe plantearse esta
cuestión en general: ¿qué es la unidad? Así como se pregunta: ¿qué es el
ser? No basta decir que la unidad es la naturaleza de la unidad. En los
colores, la unidad es un color; es lo blanco, por ejemplo. Todos los
colores, al parecer, proceden de lo blanco y de lo negro; pero el negro no
es más que la privación de lo blanco, como las tinieblas son la privación
de la luz, porque las tinieblas no son realmente más que una privación de
luz. Admitamos que los seres sean colores; entonces los seres serían un
número, ¿pero qué especie de número? Evidentemente un número de colores; y
la unidad, propiamente dicha, sería una unidad particular, por ejemplo, lo
blanco. Si los seres fuesen armonías, los seres serían un número, un
número de semitonos; pero la sustancia de las armonías no sería un número
solamente; y la unidad tendría sustancia, no la unidad pura y simple,
semitono. De igual modo, si los seres fuesen los elementos de las sílabas,
serían un número, y la unidad sería el elemento vocal; por último, si
fueran un número de figuras, la unidad sería el triángulo, si los seres
fuesen figuras rectilíneas. El mismo razonamiento se aplica a todos los
demás géneros.
Así que en las modificaciones, en las cualidades, en las cantidades,
en el movimiento, hay siempre números y una unidad; el número es un número
de cosas particulares, y la unidad es un objeto particular; pero no es
ella misma la sustancia de este objeto. Las esencias están necesariamente
en el mismo caso, porque esta observación se aplica igualmente a todos los
seres. Se ve entonces que la unidad es en cada género una naturaleza
particular, y que la unidad no es de suyo la naturaleza de lo que quiera;
y así como en los colores la unidad que es preciso buscar es un color, de
igual modo la unidad que es preciso buscar en las esencias es una esencia.
Lo que prueba, por otra parte, que la unidad significa desde un punto
de vista la misma cosa que el ser, es que acompaña, como el ser, a todas
las categorías y, como él, no reside en particular en ninguna de ellas, ni
en la esencia, ni en la cualidad, para citar ejemplos; que lo mismo
significa la expresión un hombre, que cuando se dice hombre, de la misma
manera que el ser no significa otra cosa que sustancia, cualidad o
cuantidad; y por último, que la unidad, en su esencia, es la
individualidad misma.
- III -
La unidad y la pluralidad se oponen en muchos conceptos: en un
sentido, la unidad es opuesta a la pluralidad, como lo indivisible lo es a
lo divisible. Porque lo que está dividido o es divisible se llama
pluralidad; lo que no es divisible ni está dividido se llama unidad. Como
la opuesta se toma en cuatro sentidos diferentes (375), uno de los cuales
es la oposición por privación, habrá entre la unidad y la pluralidad
oposición por contrariedad y no por contradicción o por relación. La
unidad se expresa, se define por medio de su contrario; lo indivisible por
medio de lo divisible, porque la pluralidad cae más bien bajo los sentidos
que la unidad; lo divisible más bien que lo indivisible; de suerte que
bajo la relación de la noción sensible la pluralidad es anterior a lo
indivisible. Los modos de la unidad, como hemos dicho con motivo de las
diversas especies de oposición, son la identidad de la semejanza, la
igualdad; los de la pluralidad son la heterogeneidad, la desemejanza, la
desigualdad (376). La identidad tiene diferentes sentidos. Hay, en primer
lugar, la identidad numérica, que se designa a veces por estas palabras:
es un solo y mismo ser; y esto tiene lugar cuando hay unidad bajo la
relación de la noción y del número: por ejemplo, tú eres idéntico a ti
mismo bajo la relación de la forma y de la materia. Idéntico se dice
igualmente cuando hay unidad de noción respecto de la sustancia primera; y
así las líneas rectas iguales son idénticas. También se llama idénticos a
cuadriláteros iguales y que tienen sus ángulos iguales, aunque haya
pluralidad de objetos: en este caso la unidad consiste en igualdad.
Los seres son semejantes (377) cuando, no siendo absolutamente
idénticos y difiriendo bajo la relación de la sustancia y del sujeto son
idénticos en cuanto a la forma: un cuadrilátero más grande es semejante a
un cuadrilátero más pequeño; líneas y rectas desiguales son semejantes;
son semejantes pero no absolutamente idénticas. Se llaman también
semejantes las cosas que teniendo la misma esencia, pero siendo
susceptibles de más y de menos, no tienen, sin embargo, ni más ni menos, o
bien aquellas cuyas cualidades son específicamente unas e idénticas: en
este sentido se dice que lo que es muy blanco se parece a lo que es menos,
porque hay entonces unidad de especie. Se llaman, por último, semejantes
los objetos que presentan más analogías que diferencias, ya sea
absolutamente, ya simplemente en apariencia: y así, el estaño se parece
más bien a la plata que al oro; el oro se parece al fuego por su color
leonado y rojizo.
Es evidente, en vista de esto, que diferente y desemejante tienen
también muchos sentidos. La diferencia es opuesta a la identidad; de
suerte que todo relativamente a todo es idéntico o diferente. Hay
diferencia, si no hay unidad de materia y de forma: tú difieres de tu
vecino. Hay una tercera especie de diferencia; la diferencia en los seres
matemáticos.
Y así, todo relativamente a todo es diferente o idéntico, con tal,
sin embargo, de que haya unidad o ser. No hay negación absoluta de la
identidad; se emplea ciertamente la expresión no-idéntico, pero nunca
cuando se habla de lo que no existe; sino que siempre cuando se trata de
seres reales. Porque se dice igualmente uno y no-uno de aquello que por su
naturaleza puede ser uno y ser. Tal es la oposición entre la
heterogeneidad y la identidad.
La heterogeneidad y la diferencia no son una misma cosa: en dos seres
que no son heterogéneos entre sí, la heterogeneidad no recae sobre algún
carácter común, porque todo lo que existe es heterogéneo o idéntico. Pero
lo que difiere de alguna cosa, difiere de ella en algún punto; de suerte
que es preciso que aquello en que difieren necesariamente sea idéntico.
Este algo idéntico es el género o la especie, porque todo lo que difiere,
difiere de género o de especie: de género, si no hay diferencia común y
producción recíproca, como los objetos que pertenecen a categorías
diferentes. Las cosas que difieren de especie son las que son del mismo
género. El género es aquello en lo que son idénticas dos cosas que
difieren en cuanto a la esencia. Los contrarios son diferentes entre sí, y
la contrariedad es una especie de diferencia. La inducción prueba la
exactitud de este principio que nosotros habíamos anticipado. En todos los
contrarios hay, en efecto, a mi parecer, la diferencia, y no sólo
heterogeneidad. Los hay que difieren de género; pero otros están
comprendidos en la misma serie de atribución (378); de suerte que son
idénticos bajo la relación del género y de la especie. Hemos fijado en
otra parte qué cosas son idénticas y cuáles no lo son (379).
- IV -
Es posible que las cosas que difieren entre sí difieran más o menos;
hay, pues, una diferencia extrema, y esto es a lo que yo llamo
contrariedad. Puede asentarse por inducción que la contrariedad es la
diferencia extrema: en efecto, respecto de las cosas que difieren de
género, no hay tránsito de la una a la otra; hay entre ellas la mayor
distancia posible y no cabe entre las mismas combinación posible (380),
mientras que respecto de las cosas que difieren de especie hay producción
de los contrarios por los contrarios considerados como extremos. Ahora
bien, la distancia extrema es la mayor distancia; de suerte que la
distancia de los contrarios es la mayor distancia posible. Por otra parte,
lo más grande que hay en cada género es lo que hay de más perfecto, porque
lo más grande es lo que no es susceptible de aumento, y lo perfecto
aquello más allá de lo que no puede concebirse nada (381). La diferencia
perfecta es un fin en el mismo concepto que se dice que es perfecto todo
lo que tiene por carácter ser el fin de algo. Más allá del fin no hay
nada; porque en todas las cosas el fin es el último término, es el límite.
Por esto fuera del fin no hay cosa alguna, y lo que es perfecto no carece
de nada absolutamente.
Es evidente, por supuesto, que la contrariedad es una diferencia
perfecta; y teniendo la contrariedad numerosas acepciones, este carácter
de diferencia perfecta lo tendrá en estos diferentes modos. Siendo así,
una cosa única no puede tener muchos contrarios. Porque más allá de lo que
es extremo no puede haber cosa que sea más extrema todavía, y una sola
distancia no puede tener más de dos extremidades. En una palabra: si la
contrariedad es una diferencia, no consistiendo la diferencia más que en
dos términos, tampoco habrá más de dos en la diferencia perfecta.
La definición que acabamos de dar de los contrarios debe aplicarse a
todos los modos de la contrariedad, porque en todos los casos la
diferencia perfecta es la diferencia más grande; en efecto, fuera de la
diferencia de género y de la diferencia de especie, no podemos establecer
otras diferencias; y queda demostrado que no hay contrariedad entre los
seres que no pertenecen al mismo género. La diferencia de género es la
mayor de todas las diferencias. Las cosas que difieren más en el mismo
género son contrarias, porque su diferencia perfecta es la diferencia más
grande. En igual forma, las cosas que en un mismo sujeto difieren más, son
contrarias, porque en este caso la materia de los contrarios es la misma.
Las cosas que, sometidas a un mismo poder, difieren más, son igualmente
contrarias; en efecto, una sola y misma ciencia abraza todo un género, y
en el género hay objetos separados por la diferencia perfecta, por la
diferencia más grande.
La contrariedad primera es la que tiene lugar entre la posesión y la
privación; no toda privación, porque la privación se entiende de muchas
maneras (382), sino la privación perfecta. Todos los demás contrarios se
los llamará contrarios conforme a éstos, o porque los poseen, o porque los
producen o son producidos por ellos; en fin, porque admiten o rechazan
estos contrarios u otros contrarios.
La oposición comprende la contradicción, la privación, la
contrariedad, la relación; pero la oposición primera es la contradicción,
y no puede haber intermedio entre la afirmación y la negación (383),
mientras que los contrarios admiten intermedios; es, por lo tanto,
evidente que no hay identidad entre la contradicción y la contrariedad. En
cuanto a la privación, ella forma con la posesión una especie de
contradicción. Se dice que hay privación para un ser cuando está en la
imposibilidad absoluta de poseer, o no posee lo que está en su naturaleza
poseer. La privación es, o absoluta, o de tal género determinado. Porque
privación se toma en diversos sentidos, como dejamos dicho por otra parte
(384). La privación es, por tanto, una especie de negación; es, o en
general una impotencia determinada, o bien esta impotencia en un sujeto.
Esto es lo que hace que entre la negación y la afirmación no haya
intermedio, mientras que en ciertos casos hay intermedio entre la
privación y la posesión. Todo es igual o no-igual; pero no es igual o
desigual sino en las cosas susceptibles de igualdad.
Si las producciones en un sujeto material son el tránsito de lo
contrario a lo contrario (y, en efecto, ellas vienen de la forma, de la
realización de la forma, o bien de la privación de la forma o de la
figura) (385), es evidente en este caso que toda contrariedad será una
privación; pero probablemente no toda privación es una contrariedad. La
causa de esto es que lo que está privado puede estar privado de muchas
maneras, mientras que no se da el nombre de contrarios más que a los
términos extremos de donde proviene el cambio. Por lo demás, se puede
probar por la inducción. En toda contrariedad hay la privación de uno de
los contrarios; pero esta privación no es de la misma naturaleza en todos
los casos: la desigualdad es la privación de la igualdad; la desemejanza
privación de la semejanza; el vicio privación de la virtud. Pero hay, como
hemos dicho, diversas clases de privaciones. Tan pronto la privación es
una simple falta, tan pronto es relativa al tiempo, a una parte especial:
por ejemplo, puede haber privación de cierta época; privación en una parte
esencial, o privación absoluta. Por esta razón hay intermedios en ciertos
casos (hay, por ejemplo, el hombre que no es ni bueno ni malo), y en otros
no: es preciso de toda necesidad que todo número sea par o impar. En fin,
hay privaciones que tienen un objeto determinado, otras que no lo tienen.
Es, por tanto, evidente que siempre es uno de los contrarios la
privación del otro. Bastará, por lo demás, que esto sea verdadero para los
primeros contrarios, los mismos que son como los géneros de los otros,
como la unidad y la pluralidad, porque todos los demás se reducen a éstos.
- V -
Siendo la unidad opuesta a una unidad, podría suscitarse esta
dificultad: ¿Cómo la unidad se opone a la pluralidad? (porque todos los
contrarios se reducen a éstos) (386). ¿Cómo lo igual se opone a lo grande
y a lo pequeño? En toda interrogación de dos términos oponemos siempre dos
cosas; y decimos así: ¿es blanco o negro, es blanco o no blanco? Pero no
decimos es hombre o blanco sino en una hipótesis particular, cuando
preguntamos, por ejemplo: ¿cuál de los dos ha venido, Cleón o Sócrates?
Cuando se trata de géneros diferentes, la interrogación no es de la misma
naturaleza; no es necesariamente lo uno o lo otro: aquí mismo, si ha
podido expresarse de esta suerte, es porque había contrariedad en la
hipótesis, porque los contrarios solos no pueden existir al mismo tiempo,
y ésta es la suposición que se hace cuando se pregunta: ¿cuál de los dos
ha venido? Si fuese posible que hubiesen venido al mismo tiempo, la
pregunta sería ridícula. Y sin embargo, hasta en este último caso habría
también oposición, oposición de la unidad y de la pluralidad; por ejemplo:
¿han venido ambos o ha venido uno solo de los dos?
Si la interrogación de dos términos es siempre relativa a los
contrarios, ¿cómo se hace la interrogación relativamente a lo más grande,
a lo más pequeño y a lo igual, y cómo entonces lo igual será opuesto a lo
más grande y a lo más pequeño? No puede ser sólo el contrario de uno de
los dos; no puede serlo tampoco de ambos; porque, ¿qué razón hay para que
lo sea más de lo más grande que de lo más pequeño? De otro lado, lo igual
es opuesto también como contrario a lo desigual. De suerte que una cosa
sería lo contrario de muchas.
Por otra parte, si lo desigual significa lo mismo que los otros dos
términos, grande y pequeño, lo igual será opuesto a ambos, y entonces esta
dificultad viene en apoyo de los que dicen que la desigualdad es la díada.
Pero resulta de aquí que una cosa es lo contrario de dos, lo cual es
imposible. Además, lo igual sería intermedio entre lo grande y lo pequeño;
mas al parecer, ningún contrario es intermedio, porque esto no es posible
conforme a la definición. La contrariedad no sería una diferencia perfecta
si fuese un intermedio; es mucho más exacto decir que hay siempre
intermedio entre los contrarios. Resta, pues, añadir que lo igual es
opuesto a lo grande y a lo pequeño, como negación o como privación. Por lo
pronto no puede ser opuesto de este modo de uno de los dos solamente,
porque ¿qué razón hay para que lo sea más bien de lo grande que de lo
pequeño? Será, por tanto, la negación privativa de ambos. Por esta razón,
cuando se formula la pregunta es preciso siempre que haya comparación de
lo igual con los otros dos términos, y no sólo con uno de los dos. No se
dirá es más grande o es igual, más pequeño o igual, sino que deberán
encontrarse los tres términos reunidos; y aun así no habría necesariamente
privación, porque lo que no es ni más grande ni más pequeño no es siempre
igual: esto sólo puede tener lugar respecto de las cosas que son
naturalmente grandes o pequeñas.
Por lo tanto, lo igual es lo que no es grande ni pequeño, aun
teniendo naturalmente la propiedad de ser grande o pequeño. Se opone a
ambos como negación privativa, y en este concepto es un intermedio.
Asimismo, lo que no es malo ni bueno se opone a lo bueno y a lo malo, pero
no ha recibido nombre; y esto procede de que el bien como el mal se toman
en muchos sentidos, de que el sujeto no es uno: habría más bien un sujeto
único para lo que no es blanco ni negro; y, sin embargo, en esto mismo no
hay realmente unidad, porque sólo a ciertos colores determinados se aplica
esta negación privativa de negro y de blanco. En efecto, es de necesidad
que el color sea moreno o amarillo, o cualquiera otra cosa determinada.
Según esto, no tienen razón los que pretenden que lo mismo sucede en todos
los casos; habría, pues, entre el calzado y la mano un intermedio que no
sería ni el calzado ni la mano, porque hay entre el bien y el mal lo que
no es ni bien ni mal. Habría intermedios entre todas las cosas; pero esta
consecuencia no es necesaria. Puede haber negación de dos opuestos a la
vez en las cosas que admiten algún intermedio, y entre los cuales hay
naturalmente un cierto intervalo; pero en el ejemplo que se cita no hay
diferencia. Los dos términos comprendidos en la negación común no son ya
del mismo género, no hay unidad de sujeto.
- VI -
Puede suscitarse la misma duda relativamente a la unidad y a la
pluralidad. En efecto, si la pluralidad es opuesta absolutamente a la
unidad, resultan de aquí dificultades insuperables: la unidad será
entonces lo poco o el pequeño número, puesto que la pluralidad es opuesta
también al pequeño número. Además, dos es una pluralidad, puesto que el
doble es múltiple: en este sentido dos es doble. La unidad es, pues, lo
poco, porque ¿con relación a qué sería dos una pluralidad si no es con
relación a la unidad y a lo poco? No hay duda de que sea menor que la
unidad. Además, hay lo mucho y lo poco en la multitud, como lo largo y lo
corto en las longitudes; lo que es mucho es una pluralidad; toda
pluralidad es mucho. A no ser, por tanto, que se trate de un continuo
indeterminado (387), lo poco será una pluralidad; y entonces la unidad
será igualmente una pluralidad porque es un poco. Esta consecuencia es
necesaria si dos es una pluralidad. Pero puede decirse que la pluralidad
es lo mismo que lo mucho en ciertas circunstancias, y en otras no; y así
el agua (388) es mucho y no es una multitud. En todas las cosas que son
divisibles, mucho se dice de todo lo que constituye una multitud excesiva,
sea absolutamente, sea relativamente a otra cosa; lo poco es una multitud
falta o defectuosa.
Multitud se dice también del número, el cual es opuesto sólo a la
unidad. Se dice unidad y multitud en el mismo sentido que se diría una
unidad y unidades, blanco y blancos, medido y medida; y en este sentido
toda pluralidad es una multitud. Todo número, en efecto, es una multitud,
porque está compuesto de unidades, porque se puede medir por la unidad; es
multitud en tanto que es opuesto a la unidad y no a lo poco. De esta
manera el mismo dos es una multitud; pero no lo es en tanto que pluralidad
excesiva, sea absolutamente, sea relativamente: dos es la primera
multitud. Dos es el pequeño número: absolutamente hablando, porque es el
primer grado de la pluralidad falta o defectuosa. Anaxágoras se ha
equivocado, por tanto, al decir que todo era igualmente infinito en
multitud y en pequeñez. En lugar de y en pequeñez, debía decir y en
pequeño número; y entonces hubiera visto que no había infinidad, porque lo
poco no es, como algunos pretenden, la unidad, sino la díada.
He aquí en qué consiste la oposición (389). La unidad y la multitud
son opuestas en los números; la unidad es opuesta a la multitud, como la
medida a lo conmensurable. Otras cosas son opuestas por relación; en este
caso se encuentran aquellas que no son relativas esencialmente. Hemos
visto en otra parte que podría haber relación de dos maneras: relación de
los contrarios entre sí, y relación de la ciencia a su objeto: una cosa en
este caso se dice relativa en tanto que se la refiere a otra cosa.
Nada obsta, sin embargo, a que la unidad sea más pequeña que otra
cosa, por ejemplo, que dos. Una cosa no es poco por ser más pequeña. En
cuanto a la multitud, es como el género del número: el número es una
multitud conmensurable por la unidad (390). La unidad y el número son
opuestos, no en concepto de contrarios sino como hemos dicho que lo eran
ciertas cosas que están en relación: son opuestos en cuanto son el uno la
medida, el otro lo que puede ser medido. Por esta razón, todo lo que tiene
en sí la unidad no es número, por ejemplo, si en una cosa indivisible.
La ciencia se dice relativa a su objeto; pero la relación no es la
misma que respecto del número: sin esto la ciencia tendría la traza de ser
la medida, y el objeto de la ciencia la de ser lo que puede ser medido
(391). Es muy cierto que toda ciencia es un objeto de conocimiento; pero
no todo objeto de conocimiento es una ciencia: la ciencia es, desde un
punto de vista, medida por su objeto.
En cuanto a la pluralidad, no es lo contrario de lo poco; lo mucho es
lo opuesto a lo poco, como pluralidad más grande opuesta a una pluralidad
más pequeña. Tampoco es siempre lo contrario de la unidad; pero así como
lo hemos visto, la unidad puede ser considerada como divisible o
indivisible; también se la puede considerar como relativa, de la misma
manera que la ciencia es relativa al objeto de la ciencia: supóngase la
ciencia un número, y el objeto de la ciencia será la unidad, la medida.
- VII -
Puesto que es posible que entre los contrarios haya intermedios, y
que realmente los hay en algunos casos, es de necesidad que los
intermedios provengan de los contrarios, porque todos los intermedios son
del mismo género que los objetos entre los que son intermedios. Llamamos
intermedio aquello en lo que debe, desde luego, mudarse necesariamente lo
que muda; por ejemplo, si se quiere pasar gradualmente de la última cuerda
a la primera, habrá de pasarse por los sonidos intermedios. Lo mismo
sucede respecto de los colores; si se quiere pasar de lo blanco a lo
negro, se pasará por lo encarnado o lo moreno antes de pasar a lo negro; y
lo mismo sucede en todo lo demás. Pero no es posible que haya cambio de un
género a otro si no es bajo la relación de lo accidental; que se
verifique, por ejemplo, un cambio del color en figura. Es preciso, pues,
que todos los intermediarios estén en el mismo género, y el mismo género
que los objetos entre los que son intermedios. Por otra parte, todos los
intermedios son intermedios entre opuestos, porque sólo entre los
opuestos, porque sólo entre los opuestos puede verificarse el cambio. Es
imposible que haya intermedios sin opuestos, pues de otro modo habría un
cambio que no sería de lo contrario a lo contrario.
Los opuestos por contradicción no tienen intermedios. La
contradicción es, en efecto, la oposición de dos proposiciones entre las
que no hay medio; uno de los dos términos está necesariamente en el
objeto.
Las demás oposiciones son la relación, la privación, la contrariedad.
Todas las cosas opuestas por relación y que no son contrarias no tienen
intermedios: la causa es que no pertenecen al mismo género: ¿qué
intermedio hay, en efecto, entre la ciencia y el objeto de la ciencia?
Pero lo hay entre lo grande y lo pequeño. Si los intermedios pertenecen al
mismo género, como hemos demostrado; si son intermedios entre los
contrarios, es de toda necesidad que se compongan de estos contrarios.
Porque, o los contrarios tienen un género, o no le tienen. Si el género es
algo anterior a los contrarios, las primeras diferencias contrarias serán
las que habrán producido los contrarios en concepto de especies en el
género. Las especies se componen, en efecto, del género y de las
diferencias: por ejemplo, si lo blanco y lo negro son contrarios, y el uno
es un color que hace que se distinga los objetos, el otro es un color que
los confunde, estas propiedades de hacer que se distinga o se confunda los
objetos serán las diferencias primeras, serán los primeros contrarios.
Añádase a esto que las diferencias contrarias son más contrarias entre sí
que los otros contrarios (392). Los demás contrarios y los intermedios se
compondrán del género y de las diferencias: por ejemplo, todos los colores
intermedios entre lo blanco y lo negro serán definidos por el género (el
género es el color), y por ciertas diferencias; pero no serán éstos los
primeros contrarios. Como no todo color es blanco o negro, habrá otras
diferencias; serán intermedias entre los primeros contrarios; pero las
primeras diferencias serán las que hacen distinguir o confundir los
objetos. Por consiguiente, es preciso buscar por el pronto estos primeros
contrarios que no son opuestos genéricamente, y ver de cuáles provienen
los intermedios.
Es de toda necesidad que todo lo que está comprendido bajo un mismo
género se componga de partes no compuestas en cuanto al género, o que no
se componga. Los contrarios no se componen los unos con los otros, y
entonces son principios; en cuanto a los intermedios, o son todos
compuestos, o ninguno lo es. De los contrarios proviene algo; de suerte
que antes de haber transformación en los contrarios habrá transformación
en este algo. Este algo no será más y menos que el uno y que el otro
contrario; será intermedio entre ellos, y todos los demás intermedios se
compondrán lo mismo. Porque ser más que el uno, menos que el otro, es
estar compuesto de objetos con relación a los que se ha dicho que eran más
que el uno, menos que el otro. Por otra parte, como no hay otros
principios anteriores a los contrarios que sean del mismo género que
ellos, todos los intermedios se compondrán de contrarios, y entonces los
contrarios y todos los intermedios inferiores se derivarán de los primeros
contrarios. Es, pues, evidente que todos los intermedios pertenecen al
mismo género, que son intermedios entre los contrarios, y que todos sin
excepción se componen de contrarios.
- VIII -
La diferencia de especie es la diferencia entre una cosa y otra cosa
dentro de alguna cosa que debe ser común a ambas. Y así, si un animal
difiere de especie de otro ser, los dos seres son animales. Es
indispensable que los seres cuya especie difiere sean del mismo género,
porque llamo género a lo que constituye la unidad y la identidad de dos
seres, salvas las diferencias esenciales, sea que exista en concepto de
materia o de otra manera. No sólo es preciso que haya entre los dos seres
comunidad genérica; no animal sea sólo deben ser dos animales, sino que el
mismo género abrazaba los contrarios, porque la diferencia perfecta es la
contrariedad (393). Ahora bien, toda diferencia de especie es la
diferencia entre una cosa y otra cosa. De suerte que lo que forma la
identidad de los dos seres, el género que los abraza a ambos, está en él
mismo señalado con el carácter de la diferencia. Se sigue de aquí que
todos los contrarios están encerrados entre los dos términos de cada
categoría; quiero decir, los contrarios que difieren de especie y no de
género, los seres que tienen entre sí la mayor diferencia posible, porque
entonces es cuando hay diferencia perfecta, y que no hay jamás producción
simultánea. La diferencia es, por tanto, una oposición de dos individuos
que pertenecían al mismo género.
La identidad de especie es, por lo contrario, la relación de los
individuos que no son opuestos entre sí. En efecto, antes de las
oposiciones individuales no hay oposición sino en la división del género,
sino en los intermedios entre el género y el individuo. Entonces es
evidente que ninguna de las especies comprendidas bajo el género está con
el género propiamente dicho, ni en una relación de identidad, ni en una
relación de diferencia de especie. Por la negación se demuestra la
materia. Ahora bien, el género es la materia de lo que se llama género, no
en el sentido de raza (394), como se dice de los heraclidas (395), sino
como lo que entra en la naturaleza de los seres. Las especies no difieren
de especie de las especies contenidas en otro género: entonces hay
diferencia de género; la diferencia de especie no tiene lugar sino para
los seres que pertenecen al mismo género. Es preciso, en efecto, que la
diferencia de lo que difiere de especie sea una contrariedad. Ahora bien,
sólo entre los seres del mismo género puede haber contrariedad.
- IX -
Se preguntará, sin duda, por qué el hombre no difiere de especie de
la mujer, existiendo oposición entre lo femenino y lo masculino y siendo
la diferencia de especie una contrariedad; y por qué el macho y la hembra
no son animales de especie diferente, puesto que la diferencia que hay
entre ellos es una diferencia esencial del animal, y no un accidente como
el color blanco o negro, sino que en tanto que animal es el animal
masculino o femenino.
Esta objeción viene a reducirse sobre poco más o menos a ésta: ¿por
qué una contrariedad produce y otra no produce la diferencia de especie?
Hay diferencia de especie, por ejemplo, entre el animal que anda sobre la
tierra y el que tiene alas, mientras que la oposición de la blancura y del
color negro no produce esta diferencia. ¿Por qué?, se dirá. Porque entre
los caracteres de los seres hay unos que son modificaciones propias del
género, y otros que no afectan al género mismo. Y, además, hay de una
parte la noción pura de los seres, y de otra su materia. Todas las
oposiciones que residen en la noción pura constituyen diferencias de
especie; todas las que sólo existen en el conjunto de la esencia y de la
materia no las producen; de donde se sigue que ni la blancura del hombre
ni su color negro constituyen diferencias en el género, y que no hay
diferencia de especie entre el hombre blanco y el hombre negro, aun cuando
a cada uno se le diese su nombre. En efecto, el hombre es, por decirlo
así, la materia de los hombres, y la materia no produce diferencia.
Verdaderamente los hombres no son especies del hombre (396). Y así, bien
que haya diferencia entre las carnes y los huesos de que se componen este
y aquel hombre, el conjunto ciertamente diferente no difiere
específicamente, porque no hay contrariedad en la noción esencial: el
conjunto es el último individuo de la especie. Calias es la esencia unida
a la materia. Luego porque Calias es blanco, el hombre mismo es blanco;
luego es accidental que el hombre sea blanco; luego no es la materia la
que puede constituir una diferencia de especie entre el triángulo de metal
y el triángulo de madera; es preciso que haya contrariedad en la noción
esencial de las figuras.
¿Pero es cierto que la materia, aunque en cierta manera diferente, no
produzca jamás diferencia de especie? ¿No la produce en ciertos casos?
¿Por qué tal caballo difiere de tal hombre? La materia, sin embargo, está
comprendida en la noción de estos animales. ¿Por qué?, se pregunta. Porque
hay entre ellos contrariedad en la esencia. Puede haber oposición entre el
hombre blanco y el caballo negro; pero no oposición específica en tanto
que el uno es blanco y el otro negro. Si ambos fuesen blancos, diferirían
aún de especie entre sí.
En cuanto a los sexos, macho y hembra, son estas modificaciones
propias del animal, es cierto, pero no modificaciones en la esencia;
existen tan sólo en la materia, en el cuerpo. Y así la misma esperma,
sometida a tal o cual modificación, se hace hembra o macho.
Acabamos de ver lo que es diferencia de especie, y por qué ciertos
seres difieren y otros no específicamente.
- X -
Hay diferencia de especie entre los contrarios, y lo perecedero y lo
imperecedero son contrarios entre sí, porque la privación es una
impotencia determinada (397). Pero de toda necesidad lo perecedero y lo
imperecedero difieren genéricamente: aquí hablamos de lo perecedero y de
lo imperecedero considerados como universales. Debería parecer que entre
un ser imperecedero cualquiera y un ser perecedero no hay necesariamente
diferencia específica, como no la hay entre el ser blanco y el ser negro.
En efecto, el mismo ser puede ser blanco y negro simultáneamente, si
pertenece a los universales; y así el hombre es blanco y negro
sucesivamente, si es un individuo; y el mismo hombre puede ser
sucesivamente blanco y negro a pesar de que lo blanco y lo negro son
opuestos entre sí. Pero entre los contrarios hay unos que coexisten
accidentalmente en ciertos seres, como estos de que acabamos de hablar y
muchos más, mientras que otros no pueden existir en el mismo ser, como
sucede con lo perecedero y lo imperecedero. No hay cosa alguna que sea
perecedera accidentalmente, porque lo que es accidental puede no existir
en los seres. Ahora bien, lo perecedero existe de toda necesidad en el ser
en que existe; sin esto el mismo ser, un ser único, sería a la vez
perecedero e imperecedero, puesto que sería posible que no tuviese en sí
el principio de su destrucción. Lo perecedero, por consiguiente, o es la
esencia misma de cada uno de los seres perecederos, o reside en la esencia
de estos seres. El mismo razonamiento cabe respecto de lo imperecedero,
porque lo imperecedero y lo perecedero existen así el uno como el otro de
toda necesidad en los seres.
Luego hay una oposición entre los principios mismos que por su
relación con los seres hacen que tal ser sea perecedero y tal otro
imperecedero. Luego lo perecedero y lo imperecedero difieren genéricamente
entre sí.
Conforme a todo esto, es evidente que no puede haber ideas en el
sentido en que las admiten ciertos filósofos, porque entonces habría el
hombre perecedero de un lado, y del otro el hombre imperecedero. Se
pretende que las ideas son de la misma especie que los seres particulares,
y no sólo idénticos por el nombre. Ahora bien, hay más distancia entre los
seres que difieren genéricamente que entre los que difieren
específicamente (398).
Libro undécimo
I. Dificultades relativas a la filosofía. -II. Algunas otras
observaciones. -III. Una ciencia única puede abrazar un gran número de
objetos y de especies diferentes. -IV. La indagación de los principios de
los seres matemáticos corresponde a la filosofía primera. -V. Es imposible
que una cosa sea y no sea al mismo tiempo. -VI. De la opinión de
Protágoras que el hombre es la medida de todas las cosas. De los
contrarios y de los opuestos. -VII. La física es una ciencia teórica, y lo
mismo que ella la ciencia matemática y la teológica. -VIII. Del ser
accidental. -IX. El movimiento es la actualidad de lo posible en tanto que
posible. -X. Un cuerpo no puede ser infinito. -XI. Del cambio. -XII. Del
movimiento.
- I -
La filosofía es una ciencia de principios, y esto resulta
evidentemente de la discusión que hemos sostenido al comenzar [con
relación] a las opiniones de los demás filósofos sobre los principios
(399). Pero podría suscitarse esta duda: ¿Debe considerarse la filosofía
como una sola ciencia o como muchas? Si se dice que es una sola ciencia,
una sola ciencia sólo abraza los contrarios, y los principios no son
contrarios (400). Si no es una sola ciencia, ¿cuáles son las diversas
ciencias que es preciso admitir como filosóficas? Además, ¿pertenece a una
sola ciencia o a muchas el estudiar los principios de la demostración? Si
es éste el privilegio de una ciencia única, ¿por qué dar la preferencia a
ésta y no a cualquiera otra? Si corresponde a muchas, ¿cuáles son estas
ciencias? Además, ¿se ocupa la filosofía de todas las esencias? Si no se
ocupa de todas, es difícil determinar de cuáles debe ocuparse. Pero si una
sola ciencia las abraza todas, no se ve cómo una ciencia única pueda tener
por objeto muchas esencias. ¿Recae sólo sobre las esencias o recae
igualmente sobre los accidentes? Si es la ciencia demostrativa de los
accidentes, no es la de las esencias. Si son objetos de dos ciencias
diferentes, ¿cuál es una ciencia y cuál otra, y cuál de ellas es la
filosofía? La ciencia demostrativa es la de los accidentes; la ciencia de
los principios es la ciencia de las esencias (401).
Tampoco deberá recaer la ciencia que buscamos sobre las causas de que
hemos hablado en la Física (402), porque no se ocupa del fin, y el fin es
el bien, y el bien sólo se encuentra en la acción, en los seres que están
en movimiento, como que es el principio mismo del movimiento. Tal es el
carácter del fin. Ahora bien, el motor primero no se encuentra en los
seres inmóviles (403). En una palabra, puede preguntarse si la ciencia que
en este momento nos ocupa es o no la ciencia de la sustancia sensible, o
bien si recae sobre otras esencias. Si recae sobre otras, será sobre las
ideas o sobre los seres matemáticos. En cuanto a las ideas, es evidente
que no existen (404); y aun cuando se admitiera su existencia, quedaría
aun por resolver esta dificultad: ¿por qué no ha de suceder con todos los
seres de que se tienen ideas lo que con los seres matemáticos? He aquí lo
que yo quiero decir. A los seres matemáticos se les convierte en
intermedios entre las ideas y los objetos sensibles formando una tercera
especie de seres fuera de las ideas y de los seres sometidos a nuestros
sentidos. Pero no hay un tercer hombre, ni un caballo fuera del caballo en
sí y de los caballos particulares.
Por lo contrario, si no tiene esto lugar, ¿de qué seres debe decirse
que se ocupan los matemáticos? Evidentemente, no es de los seres que
conocemos por los sentidos, porque ninguno de ellos tiene los caracteres
de los que estudian las ciencias matemáticas. Y, por otra parte, la
ciencia que buscarnos no se ocupa de materiales matemáticos, porque
ninguno de ellos se concibe sin una materia (405). Tampoco recae sobre las
sustancias sensibles, porque son perecederas.
También podría preguntarse: ¿a qué ciencia pertenece estudiar la
materia de los seres matemáticos? No a la física, porque todas las
especulaciones del físico tienen por objeto los seres que tienen en sí
mismos el principio del movimiento y del reposo. Tampoco corresponde a la
ciencia que demuestra las propiedades de los seres que da por supuesta,
funda sus indagaciones (406). Resta decir que nuestra ciencia, la
filosofía, es la que se ocupa de este estudio.
Otra cuestión es la de saber si la ciencia que buscamos debe
considerarse con relación a los principios que algunos filósofos llaman
elementos. Pero todo el mundo admite que los elementos están contenidos en
los compuestos. Ahora bien, la ciencia que buscamos parecería ser más bien
la ciencia de lo general, porque toda noción, toda ciencia, recae sobre lo
general y no sobre los últimos individuos. Será, pues, la ciencia de los
primeros géneros: estos géneros serán la unidad y el ser, porque son los
que principalmente abrazan todos los seres, teniendo por excelencia el
carácter de principios, porque son primeros por su naturaleza: suprimid el
ser y la unidad; todo lo demás desaparece en el instante, porque todo es
unidad y ser. Por otra parte, si se les admite como géneros, las
diferencias participarán necesariamente entonces de la unidad del ser;
pero ninguna diferencia participa del género, en vista de lo cual no debe
considerárselos, al parecer, como géneros ni como principios (407).
Luego lo que es más simple es antes principio que lo que lo es menos.
Las últimas especies comprendidas en el género son más simples que los
géneros, porque son indivisibles, mientras que el género puede dividirse
en una multitud de especies diferentes. Por consiguiente, las especies
serán, al parecer, principios más bien que los géneros. Por otra parte, en
tanto que la supresión del género lleva consigo la de las especies, los
géneros tienen más bien el carácter de los principios, porque es principio
aquello que todo lo arrastra tras de sí.
Tales son las dudas que pueden ocurrir y, como éstas, otras muchas de
la misma naturaleza.
- II -
Fuera de esto, ¿deben o no admitirse otros seres además de los
individuos? La ciencia que buscamos, ¿ha de recaer sobre los individuos?
Pero hay una afinidad de individuos. Fuera de los individuos están los
géneros y las especies; pero ni aquéllos ni éstos son el objeto de nuestra
ciencia: y hemos dicho ya por qué era esto imposible. En una palabra, ¿es
preciso admitir, sí o no, que existe una esencia separada fuera de las
sustancias sensibles, o bien que estas últimas son los únicos seres, y
ellas el objeto de la filosofía? Evidentemente nosotros buscamos alguna
esencia distinta de los seres sensibles, y nuestro fin es ver si hay algo
que exista separado en sí y que no encuentre en ninguno de los seres
sensibles. Después, si hay alguna otra esencia independiente de las
sustancias sensibles, ¿fuera de qué sustancias sensibles es necesario
admitir que existe? Porque ¿qué motivo habrá para decir que esta sustancia
independiente existe más bien fuera de los hombres y de los caballos que
de los demás animales, o en general de los objetos inanimados? Y, por otra
parte, es contrario a la razón, a mi parecer, imaginar sustancias eternas
semejantes a las sustancias sensibles y perecederas.
Luego si el principio que buscamos ahora no existe separado de los
cuerpos, ¿qué principio podrá admitirse con preferencia a la materia? Pero
la materia no existe en acto; no existe más que en potencia. Según esto,
la forma y la esencia tienen, al parecer, más derecho al titulo de
principio que la materia. Pero la forma material es perecedera; de suerte
que no hay absolutamente ninguna sustancia eterna separada y en sí: esto
es absurdo. Evidentemente hay alguna, pues casi todo los espíritus más
distinguidos se han ocupado de esta indagación, convencidos de la
existencia de un principio, de una sustancia de este género ¿Cómo, en
verdad, podría subsistir el orden si no hubiese algo eterno, separado,
inmutable?
Añádase a esto que si existe un principio, una sustancia de la
naturaleza que buscamos; si es la sustancia única de todas las cosas,
sustancia de los seres eternos y perecederos a la vez, surge otra
dificultad: siendo el principio el mismo, ¿cómo unos seres son eternos y
otros no? (408). Esto es absurdo. Si hay dos sustancias que sean
principios, la una de los seres perecederos, la otra de los seres eternos,
y si al mismo tiempo la sustancia de los seres perecederos es eterna, la
dificultad no es menor. Porque si el principio es eterno, ¿cómo lo que
procede del principio no es eterno también? Si es perecedero, tiene por
principio otro principio, éste otro, y se irá hasta el infinito.
Y si se admiten por principios la unidad y el ser, que son, al
parecer, por excelencia los principios inmóviles, y si al mismo tiempo
ninguno de estos dos principios es un ser determinado, una ciencia, ¿cómo
existirán separados y en sí? Porque éstos son los caracteres que buscamos
en los principios eternos y primeros. Si, por otra parte, la unidad y el
ser son el ser determinado y la esencia, entonces todos los seres serán
esencias; porque el ser se dice igualmente de todos los seres y la unidad
de un cierto número. Pero pretender que todos los seres son esencias, es
sostener una cosa falsa.
Además ¿cómo pueden estar en lo cierto los que dicen que el primer
principio es la unidad, y que en este concepto la unidad es esencia, que
engendran el primer número por medio de la unidad y de la materia, y dicen
que este número es la sustancia de los seres sensibles? ¿Cómo comprender
que haya unidad en la díada y en cada uno de los otros números compuestos?
Nada dicen sobre esto, y no sería fácil dieran una explicación
satisfactoria.
Si se consideran como principios las líneas, o lo que depende de las
líneas, y por esto entiendo las superficies primeras, no serán sustancias
separadas; no serán más que secciones, divisiones, las unas de las
superficies, las otras de los cuerpos, los puntos de las líneas. No serán
más que los límites de estos cuerpos; pero semejantes seres existen
siempre en otros seres: ninguno de ellos existe separado. Además, ¿cómo
concebir una sustancia en la unidad y en el punto? Toda sustancia está
sujeta a producción (409), y el punto no nace; no es más que una división.
Otra dificultad es que toda ciencia recae sobre lo universal, sobre
lo que abraza la multiplicidad de las cosas, mientras que la sustancia no
es algo general, sino más bien el ser determinado y separado. Y, por
tanto, si la ciencia trata de los principios, ¿cómo concebir que el
principio sea una sustancia? (410).
Además, ¿hay o no algo independientemente del conjunto? (entiendo por
conjunto la materia unida a la forma). Si no hay nada, todo es material,
todo es perecedero; si hay algo que sea independiente, será la forma y la
figura. Pero ¿en qué caso la forma es independiente, y en qué caso no lo
es? Esto es difícil de resolver. Sin embargo, en ciertos casos la forma,
evidentemente, no está separada: en el de una casa, por ejemplo.
Por último, ¿los principios son idénticos en cuanto a la especie, o
en cuanto al número? Si son idénticos en número, todo será idéntico.
- III -
La ciencia del filósofo es la ciencia del ser, en tanto que ser en
todas estas acepciones (411), y no desde un punto de vista particular. El
ser no tiene una significación única, sino que se entiende de muchas
maneras: si sólo hay analogía de nombre, y no hay en el fondo un género
común, el ser no es del dominio de una sola ciencia, pues que no hay entre
las diversas clases de seres unidad de género; pero si hay también entre
ellas una relación fundamental, entonces el estudio del ser pertenecerá a
una sola ciencia. Lo que hemos dicho que tenía lugar respecto de lo
medicinal y de lo sano se verifica igualmente, al parecer, en cuanto al
ser. Lo medicinal y lo sano se toman ambos en muchas acepciones: se dan
estos nombres a todo lo que puede referirse de tal o cuál manera, ya a la
ciencia médica, ya a la salud; pero todas las significaciones de cada una
de estas palabras se refieren a una misma cosa. Se da el nombre de
medicinal a la noción de la enfermedad y al escalpelo, porque la una viene
de la ciencia médica y el otro es útil en esta ciencia. Lo mismo respecto
a lo sano: este objeto recibe el nombre de sano porque es el indicio de la
salud, aquel otro porque la produce; y lo mismo acontece con las cosas
análogas. En fin, lo propio sucede con todos los modos del ser. A cada uno
de estos modos se llama ser, o porque es una cualidad, un estado del ser
en tanto que ser, o es una disposición, un movimiento u otro atributo de
este género.
Todas las acepciones del ser pueden reducirse a una sola acepción
común: todas las contrariedades se pueden reducir a las primeras
diferencias, a las contrariedades del ser, ya se miren como primeras
diferencias del ser la pluralidad y la unidad, la semejanza y la
desemejanza, o bien algunas otras diferencias; cuestión que no tenemos
necesidad de examinar. Poco importa que se reduzcan los diversos modos del
ser al ser o a la unidad. Aun suponiendo que la unidad y el ser no sean
idénticos, y sí diferentes, pueden, sin embargo, reemplazarse: la unidad
es, desde un punto de vista, el ser, y el ser la unidad (412).
Puesto que una sola y misma ciencia abraza todos los contrarios, y
que en todos los contrarios hay privación, podría suscitarse esta duda:
¿Cómo en ciertos casos hay privación, habiendo un intermedio entre los
contrarios, entre lo justo y lo injusto, por ejemplo? En todos los casos
es preciso decir que no hay para el intermediario privación completa de
cada uno de los extremos; esto sólo tiene lugar en los extremos entre sí.
Por ejemplo, si el hombre justo es el que se conforma con las leyes en
virtud de una cierta disposición de su naturaleza (413), no habrá para el
hombre no justo (414) privación completa de todo lo que está comprendido
en la definición de lo justo. Si falta en algún punto a la obediencia
debida a las leyes, habrá para él privación bajo esta relación. Lo mismo
tendrá lugar respecto a todo lo demás. Así como el matemático opera sobre
puras abstracciones, puesto que examina los objetos despojados de todos
sus caracteres sensibles, como la pesantez, la ligereza, la dureza y su
contrario, y como el calor, el frío y todos los demás caracteres sensibles
opuestos, respectivamente; sólo les deja la cuantidad y la continuidad en
una, en dos, en tres direcciones, y los modos de la cuantidad y de lo
continuo en tanto que cuantidad y continuo, y no los estudia bajo otras
relaciones; examinando tan pronto sus posiciones relativas y lo que es
consecuencia de sus posiciones, tan pronto su conmensurabilidad y su
inconmensurabilidad, tan pronto sus proporciones, sin que por eso hagamos
de la geometría más que una sola y misma ciencia que estudia los objetos
bajo todas estas relaciones; pues lo mismo sucede con el ser, puesto que
la filosofía, y no otra ciencia, es la única que estudia los accidentes
del ser en tanto que ser, y las contrariedades del ser en tanto que ser.
En tanto que susceptible de movimiento, más bien que en tanto que ser,
podría atribuirse a la física el estudio del ser. La dialéctica y la
sofística se ocupan de los accidentes de los seres, y no de los seres en
tanto que seres, ni del ser en sí, ni en tanto que ser.
Resta, por tanto, que digamos que el filósofo es el que trata de los
principios de que hemos hablado en tanto que son seres. Y puesto que las
diversas significaciones del ser se refieren todas a una significación
común y única, así como también las diversas contrariedades, porque todas
vienen a reducirse a las primeras contrariedades y a las primeras
diferencias del ser, una sola ciencia puede entonces abrazar todas estas
cosas, y así se encuentra resuelta la duda que nos habíamos propuesto al
principio; quiero hablar de la cuestión acerca de cómo una sola y misma
ciencia puede abrazar a la vez muchos seres de géneros diferentes.
- IV -
(415)
Así como el matemático se sirve de los axiomas generales, pero deberá
sólo desde un punto de vista particular, la filosofía primera deberá
igualmente estudiar los principios de los axiomas (416). Este axioma: si
de cantidades iguales se quitan cantidades iguales, las restas serán
iguales, se aplica a todas las cantidades. La ciencia matemática acepta
ciertamente este principio, pero sólo se ocupa de algunos puntos
particulares de la materia que de ella depende; por ejemplo, de las
líneas, de los ángulos, de los números, o de cualquier otro modo de la
cantidad; pero no estudia estos seres en tanto que son seres, sino sólo en
tanto que son continuos en una sola dirección, en dos, en tres. Al
contrario, la filosofía no se ocupa de los objetos particulares o de sus
accidentes; estudia cada uno de estos objetos bajo la relación del ser en
tanto que ser.
En la física sucede lo que en las matemáticas. La física estudia los
accidentes y los principios de los seres en tanto que están en movimiento
y no en tanto que seres. Pero ya hemos dicho que la ciencia primera es la
que estudia los objetos bajo la relación del ser en tanto que ser y no
bajo ninguna otra relación. Por esta razón a la física y a las matemáticas
no se las debe considerar sino como partes de la filosofía.
- V -
Hay un principio en los seres, relativamente al cual no se puede
incurrir en error; precisamente ha de suceder lo contrario esto es, que se
está siempre en lo cierto (417). Este principio es el siguiente: no es
posible que una misma cosa sea y no sea a un mismo tiempo; y lo mismo
sucede en todas las demás oposiciones absolutas. No cabe demostración real
de este principio; y, sin embargo, se puede refutar al que lo niegue. En
efecto, no hay otro principio más cierto que éste, del cual pudiera
deducírsele por el razonamiento, y era preciso que fuera así para que
hubiera realmente demostración. Pero si se quiere demostrar al que
pretenda que las proposiciones opuestas son igualmente verdaderas que está
en un error, será preciso tomar un objeto que sea idéntico a sí propio, en
cuanto puede ser y no ser el mismo en un solo y mismo momento, y el cual,
sin embargo, conforme al sistema, no sea idéntico. Es la única manera de
refutar al que pretende que es posible que la afirmación y la negación de
una misma cosa sean verdaderas al mismo tiempo. Por otra parte, los que
quieren conversar entre sí deben comprenderse, porque ¿cómo puede sin esta
condición haber entre ellos comunicación de pensamientos? Es preciso, por
lo tanto, que cada una de las palabras sea conocida, que exprese una cosa,
no muchas, sino una sola; o bien, si tiene muchos sentidos, es preciso que
indique claramente el objeto que al presente se quiere indicar con la
palabra. En cuanto al que dice que tal cosa es y no es, niega lo mismo que
afirma, y por consiguiente afirma que la palabra no significa lo que
significa. Pero esto es imposible; es imposible, si la expresión tal cosa
es tiene un sentido, que la negación de la misma cosa sea verdadera. Si la
palabra designa la existencia de un objeto, y esta existencia es una
realidad, necesariamente es una realidad; pero lo que existe
necesariamente no puede al mismo tiempo no existir. Es, por tanto,
imposible que las afirmaciones opuestas sean verdaderas al mismo tiempo
respecto del mismo ser.
Además, si la afirmación no es más verdadera que la negación, llamar
a tal ser hombre o no hombre no será decir la verdad en un caso más que en
otro; pero al decir entonces que el hombre no es un caballo, se estará más
en lo cierto, o no se estará menos que el que sostiene que no es hombre.
Se estará también, pues, en lo cierto diciendo que el hombre es un
caballo, porque los contrarios son igualmente verdaderos; resultando de
aquí que el hombre es idéntico al caballo o a cualquiera otro animal.
No hay, decimos, ninguna demostración real de estos principios; se
puede, sin embargo, demostrar su verdad al que los ataque con tales
argumentos. Preguntando al mismo Heráclito en este sentido, se le hubiera
precisado a conceder que es completamente imposible que las afirmaciones
opuestas sean verdaderas al mismo tiempo con relación a los mismos seres.
Por no haberse entendido a sí mismo, Heráclito abrazó esta opinión.
Admitamos por un momento que su sistema sea verdadero; en tal caso su
principio mismo no será verdadero; no será cierto que la misma cosa puede
ser y no ser al mismo tiempo; porque así como se dice verdad, afirmando y
negando separadamente cada una de estas dos cosas, el ser y el no-ser, en
igual forma se dice verdad afirmando, como una sola proposición, la
afirmación y la negación reunidas y negando esta proposición total,
considerada como una sola afirmación. Por último, si no se puede afirmar
nada con verdad, se incurrirá en error diciendo que ninguna afirmación es
verdadera. Si puede afirmarse alguna cosa, entonces cae por su propio peso
el sistema de los que rechazan los principios, y que por lo mismo vienen a
suprimir en absoluto toda discusión.
- VI -
Lo que dice Protágoras no difiere de lo que precede (418). En efecto,
Protágoras pretendía que el hombre es la medida de todas las cosas, lo
cual quiere decir simplemente que todas las cosas son, en realidad, tales
como a cada uno le parecen. Si así fuera, resultaría que la misma cosa es
y no es, es a la vez buena y mala, y que las demás afirmaciones opuestas
son igualmente verdaderas, pues muchas veces la misma cosa parece buena a
éstos, mala a aquéllos, y que lo que a cada uno parece es la medida de las
cosas.
Para resolver esta objeción basta examinar cuál ha podido ser el
principio de doctrina semejante. Unos la han profesado por haber adoptado
el sistema de los físicos, y en otros ha nacido de ver que no forman todos
los hombres el mismo juicio sobre las mismas cosas; así que tal sabor que
parece dulce a los unos, parece a los otros tener la cualidad contraria.
Un punto de doctrina común a casi todos los físicos es que nada viene del
no-ser, y que todo viene del ser. Lo no-blanco, es cierto, viene de lo que
es completamente blanco, de lo que no es en ninguna parte no blanco. Pero
cuando hay producción de lo no blanco, lo no-blanco, según ellos, debería
provenir de lo que es no-blanco, de donde se sigue, en la hipótesis dicha,
que vendría algo del no-ser, a menos que el mismo objeto sea a la vez
blanco y no-blanco. Esta dificultad es fácil de resolver. Hemos dicho en
la Física (419) cómo lo que es producido viene del no-ser y cómo del ser.
Por otra parte, dar crédito igualmente a las opiniones y a las falsas
aprensiones de los que están en desacuerdo sobre los mismos objetos, es
una pura necedad. Evidentemente, es de toda necesidad que unos u otros
estén en el error; verdad que se muestra con toda claridad si se considera
lo que tiene lugar en el conocimiento sensible. En efecto, jamás la misma
cosa parece dulce a unos, amarga a otros, a menos que en los unos el
sentido, el órgano que juzga de los sabores en cuestión, esté viciado o
alterado. Y si es así, es preciso admitir que unos son y otros no son la
medida de las cosas. Esto lo digo igualmente para lo bueno y lo malo, para
lo bello y lo feo y demás objetos de este género.
Profesar la opinión de que se trata es creer que las cosas son tales
como parecen a los que comprimen el párpado inferior con el dedo, y hacen
así que un solo objeto les parezca doble; es creer que hay dos objetos
porque se ven dos, y en seguida que no hay más que uno, porque los que no
ponen la mano en el ojo no ven más que uno. Por otra parte, es absurdo
formar juicio sobre la verdad al tenor de los objetos sensibles que vemos
que mudan sin cesar y no persisten nunca en el mismo estado. En los seres
que permanecen siendo siempre los mismos, y no son susceptibles de ningún
cambio, es donde debe buscarse la verdad. Tales como los cuerpos celestes.
No aparecen tan pronto con estos caracteres como con otros; son siempre
los mismos, y no experimentan ninguna mudanza.
Además, si el movimiento existe; si algo se mueve, siendo todo
movimiento el tránsito de una cosa a otra, es preciso, en el sistema que
nos ocupa, que lo que se mueve esté aún en aquello de donde procede y no
esté; que esté en movimiento hacia tal fin, y que al mismo tiempo haya
llegado ya a él. De no ser así, la negación y la afirmación de una cosa no
pueden ser verdaderas al mismo tiempo. Además, si los objetos sensibles
están en un flujo y en un movimiento perpetuo bajo la relación de la
cantidad, o si por lo menos se admite esto, aunque no sea verdadero, ¿por
qué la razón la cualidad no habrá de persistir? Porque una de las razones
que han obligado a admitir que las proposiciones contradictorias son
verdaderas al mismo tiempo, es el suponer que la cantidad no subsiste la
misma en los cuerpos, porque un mismo cuerpo tiene ahora cuatro codos y
más tarde no. La cualidad es lo que distingue la forma sustancial, la
naturaleza determinada; la cantidad afecta a lo indeterminado.
No para en esto. ¿Por qué cuando su médico les ordena que tomen tal
alimento, toman este alimento? ¿Qué más razón hay para creer que esto es
pan que para creer lo contrario? Y entonces será indiferente comer o no
comer. Y, sin embargo, toman el alimento convencidos de que el médico ha
afirmado algo que es verdad y que lo conveniente es el alimento que ha
ordenado. Y, no obstante, no deberían creerle si no hay una naturaleza
invariable en los seres sensibles; si todos, por el contrario, están en un
movimiento, en un flujo perpetuo.
Por otra parte, si nosotros mismos mudamos continuamente; si no
permanecemos siendo ni un solo instante los mismos, ¿es extraño que no
formemos el mismo juicio sobre los objetos sensibles, que nos parezcan
diferentes cuando estamos enfermos? Los objetos sensibles, bien que no
parezcan a los sentidos los mismos que antes, no han experimentado por
esto un cambio; no producen las mismas sensaciones y sí sensaciones
diferentes a los enfermos, porque éstos no se encuentran en el mismo
estado, en la misma disposición que cuando están sanos. Lo mismo sucede
necesariamente en el cambio de que hablamos antes. Si no mudáramos, si
permaneciésemos siempre los mismos, los objetos persistirían para
nosotros.
En cuanto a aquellos que, valiéndose del razonamiento, han suscitado
las objeciones precedentes, no es fácil convencerles si no admiten algún
principio respecto del que no exijan la razón. Porque toda prueba, toda
demostración, parte de un principio de este género. El no admitirlo es
suprimir toda discusión, y por consiguiente toda prueba. Para tales gentes
no hay pruebas que alegar. Pero los que sólo dudan, en razón de las
dificultades de que acabamos de hablar, es fácil disipar su incertidumbre
y descartar de su espíritu lo que constituye su duda. Esto es evidente
conforme a lo que hemos dicho antes.
De aquí resulta claramente que las afirmaciones opuestas no pueden
ser verdaderas al mismo tiempo del mismo objeto; que los contrarios
tampoco pueden encontrarse simultáneamente, puesto que toda contrariedad
contiene una privación, de lo que puede uno asegurarse reduciendo a su
principio las nociones de los contrarios. En igual forma, ningún término
medio puede afirmarse sino de un solo y mismo ser (420): supongamos que el
sujeto sea blanco; si decimos que no es blanco ni no-blanco, incurriremos
en error, porque resultaría de aquí que el mismo objeto sería blanco y no
lo sería. Sólo uno de los dos términos comprendidos a la vez en la
expresión podrá afirmarse del objeto; será, si se afirma lo no-blanco, la
negación de lo blanco. No se puede, por tanto, estar en la verdad
admitiendo el principio de Heráclito o el de Anaxágoras; sin esto podrían
afirmarse los contrarios del mismo ser. Porque cuando Anaxágoras sostiene
que todo está en todo, dice que lo dulce, lo amargo y todos los demás
contrarios se encuentran en ello igualmente, puesto que todo está en todo,
no sólo en potencia, sino en acto y distintamente. No es posible tampoco
que todo sea verdadero y todo falso; en primer lugar a causa de los
numerosos absurdos a que conduce esta hipótesis, según hemos dicho; y
luego porque, si todo es falso, no se estará en lo verdadero, al afirmar
que todo es falso; en fin, porque si todo es verdadero, el que diga que
todo es falso, no dirá una cosa falsa.
- VII -
Toda ciencia se ocupa de indagar ciertos principios y ciertas causas,
con ocasión de cada uno de los objetos a que se extiende su conocimiento
(421). Esto hacen la medicina, la gimnástica y las demás diversas ciencias
creadoras, así como las ciencias matemáticas. Cada una de ellas se
circunscribe, en efecto, a un género determinado, y trata únicamente de
este género; le considera como una realidad y un ser, sin examinarlo, sin
embargo, en tanto que ser. La ciencia que trata del ser en tanto que ser,
es diferente de todas estas ciencias y está fuera de ellas.
Las ciencias que acabamos de mencionar toman cada una por objeto en
cada género la esencia, y tratan de dar, sobre todo lo demás,
demostraciones más o menos sujetas a excepciones, más o menos rigurosas.
Las unas admiten la esencia percibida por los sentidos; las otras asientan
desde luego la esencia como hecho fundamental. Es claro entonces que no ha
lugar, con esta manera de proceder, a ninguna demostración, ni de la
sustancia, ni de la esencia.
La física es una ciencia; pero no es evidentemente una ciencia
práctica, ni una ciencia creadora. En las ciencias creadoras, es en el
agente, y no en el objeto que padece la acción, en el que reside el
principio del movimiento; y este principio es un arte o cualquiera otra
potencia. Lo mismo sucede con las ciencias prácticas; no es en la cosa que
es objeto de la acción donde reside el movimiento, y sí más bien en el ser
que obra. La ciencia del físico trata de los seres que tienen en sí mismos
el principio del movimiento. Por tanto, se ve que la ciencia física no es
una ciencia práctica, ni una ciencia creadora, sino que es de toda
necesidad una ciencia teórica, porque es imprescindible que esté incluida
en uno de estos tres géneros.
Puesto que es necesario que cada ciencia conozca desde cualquier
punto de vista la esencia, y que se sirva de ella como de un principio, el
físico no puede ignorar la manera de definir; es preciso que sepa qué es
verdaderamente la noción sustancial en los objetos de que trata, si
aquélla está en el mismo caso que lo chato, o más bien en el de lo romo.
La noción de chato implica la materia del objeto; la de romo es
independiente de la materia. En efecto, en una nariz se produce lo chato,
y por esto la noción de lo chato implica la de la nariz: el chato es el de
nariz roma. Es evidente que la materia debe entrar en la definición de la
carne, del ojo y de las otras partes del cuerpo.
Hay una ciencia del ser considerado en tanto que ser e independiente
de todo objeto material: veamos, pues, si es preciso admitir la identidad
de esta ciencia con la física, o más bien su diferencia. La física trata
de los seres que tienen en sí mismos el principio del movimiento. La
ciencia matemática es una ciencia teórica ciertamente y que trata de
objetos inmóviles; pero estos objetos no están separados de toda materia.
La ciencia del ser independiente e inmóvil es diferente de estas dos
ciencias; en el supuesto que haya una sustancia que sea realmente
sustancia, quiero decir, independiente e inmóvil, lo cual nos esforzaremos
por probar. Y si hay entre los seres una naturaleza de esta clase será la
naturaleza divina, será el primer principio, el principio por excelencia.
En este concepto hay tres ciencias teóricas: Física, Ciencia
matemática y Teología. Ahora bien, las ciencias teóricas están sobre las
demás ciencias. Pero la última nombrada supera a todas las ciencias
teóricas. Ella tiene por objeto el ser, que está por encima de todos los
seres, y la superioridad o inferioridad de la ciencia se gradúa por el
valor del objeto sobre que versa su conocimiento.
Importa averiguar si la ciencia del ser en tanto que ser es o no una
ciencia universal. Cada una de las ciencias matemáticas trata de un género
de seres determinado; la ciencia universal abraza todos los seres. Por
tanto, si las sustancias físicas fuesen las primeras entre todas las
esencias, entonces la primera de todas las ciencias sería la física. Pero
si existe otra naturaleza, una sustancia independiente e inmóvil, es
preciso que la ciencia de esta naturaleza sea otra ciencia, una ciencia
anterior a la física, una ciencia universal por su misma anterioridad.
- VIII -
El ser en general se entiende de varias maneras, y por lo pronto como
ser accidental: hablemos, pues, de ser accidental (422). Es completamente
evidente que ninguna de las ciencias que hemos enumerado trata del
accidente. El arte de construir de ninguna manera se ocupa de lo que pueda
acaecer a los que habrán de servirse de la casa; de saber, por ejemplo, si
les desagradarán o les gustarán las habitaciones. Lo mismo sucede con el
arte del tejedor, el del zapatero y en el arte culinario. Cada una de
estas ciencias se ocupa únicamente del objeto que le es propio, es decir,
de su fin propio; ninguna considera un ser en tanto que músico, en tanto
que gramático. Razonamientos como éste: un hombre es músico; se hace
gramático; luego debe de ser a la vez lo uno y lo otro; pero antes no era
ni lo uno ni lo otro; ahora bien, lo que no existe, de todo tiempo ha
devenido o llegado a ser; luego este hombre se ha hecho músico y gramático
simultáneamente.
Semejantes razonamientos, digo, jamás son los que busca una ciencia
reconocida por todos como tal, y sólo la Sofística los hace objeto de
ciencia. Sólo la Sofística trata del accidente. Y así el dicho de Platón
no carece de exactitud: la Sofística, ha dicho, versa sobre el no-ser.
Se verá claramente que toda ciencia de lo accidental es imposible, si
se examina con atención la naturaleza misma de lo accidental.
Hay entre los seres unos que existen siempre y necesariamente, no de
una necesidad que es efecto de la violencia, sino de la que sirve de
fundamento a las demostraciones; otras cosas sólo existen ordinariamente;
otras, por último, no existen ni ordinariamente, ni siempre, ni de toda
necesidad, sino sólo según las circunstancias. Que haga frío durante la
canícula, por ejemplo, es cosa que no sucede ni siempre, ni
necesariamente, ni en el mayor número de casos. Pero puede suceder a
veces. El accidente es lo que no sucede ni siempre, ni de toda necesidad,
ni en el mayor número de casos. Esto es, en nuestra opinión, el accidente.
La imposibilidad de una ciencia de lo accidental es por lo mismo evidente.
En efecto, toda ciencia se ocupa, o de lo que existe eternamente, o de lo
que existe ordinariamente; el accidente no existe ni eterna ni
ordinariamente.
Es claro, por otra parte, que las causas y los principios del ser
accidental no son del mismo género que las causas y los principios del ser
en sí. Si esto, todo sería necesario. En efecto, si existiendo esta cosa
otra cosa existe, y si existe también aquélla, existiendo otra esto se
verifica, no según las circunstancias, sino necesariamente, el efecto
producido necesariamente debe ser necesario, y así se llega hasta el
último efecto. Pues bien, este último efecto es el accidente. Todo sería
entonces necesario, lo cual equivale a la supresión absoluta de la acción
de las circunstancias sobre los seres que se hacen devenir, y de su
posibilidad de devenir o de no devenir; consecuencia a la que se llega aún
suponiendo que la causa no es, sino que deviene. Porque entonces todo
llegará a ser o devendrá necesariamente. Habrá mañana un eclipse si tal
cosa tiene lugar, y tal cosa tendrá lugar a condición de que otra cosa
también se verifique, la cual llegará a ser o devendrá bajo otra condición
también. Y si de un tiempo limitado, si de este tiempo que separa mañana
del instante actual, se rebaja sin cesar tiempo, como acabamos de hacer,
se llegará por último al instante presente. Por consiguiente, la
existencia de lo que es al presente arrastrará necesariamente la
producción de todo lo que deberá seguirse, y, por consiguiente, todo
deviene necesariamente.
Respecto al ser que significa lo verdadero y no el accidente,
consiste únicamente en lo que el pensamiento afirma o niega del sujeto; es
una modificación del pensamiento mismo; no se buscan los principios de
este ser, sino los del ser exterior e independiente. En cuanto al otro
ser, quiero decir, al accidental, es lo no necesario, es lo indeterminado.
Ahora bien, ningún orden hay en las causas del ser accidental y, por otra
parte, son infinitas en número, mientras que la causa final es el
fundamento de todo lo que se produce en la naturaleza o proviene del
pensamiento.
El azar (423) es toda producción accidental, ya de la naturaleza, ya
del pensamiento. La misma relación que hay entre el ser en sí y el ser
accidental, existe igualmente entre las causas de estos seres. El azar es
la causa accidental de lo que se hace con intención y con cierto fin. El
azar y el pensamiento se refieren al mismo objeto, no habiendo elección
sin pensamiento. Pero las causas que producen los efectos atribuidos al
azar son indeterminados; de donde se sigue que el azar es impenetrable a
la razón humana, que no es más que una causa accidental, o que no es causa
de nada. Un dichoso o desgraciado azar es el advenimiento de un bien o de
un mal; grandes bienes o grandes males, he aquí la prosperidad o la
adversidad.
Así como ningún ser accidental es anterior a un ser en sí, en igual
forma hay posterioridad para las causas del ser accidental. Aun admitiendo
que el cielo tiene por causa el azar o un concurso fortuito, habría
todavía una causa anterior: la inteligencia y la naturaleza.
- IX -
Entre los seres hay unos que existen en acto solamente, otros
solamente en potencia, otros en potencia y en acto a la vez; y hay, por
último, el ser propiamente dicho, el ser bajo la relación de la cantidad y
bajo la relación de las otras categorías. En cuanto al movimiento, éste no
existe fuera de las cosas: siempre se verifica el cambio [con relación a]
alguno de los puntos de vista del ser. Y el cambio difiere, no sólo según
las diferentes categorías, sino también en la misma categoría (424). Cada
categoría es doble en los seres: respecto de la esencia, por ejemplo, hay
la forma del objeto y la privación de la forma; en cuanto a la cualidad,
lo blanco y lo negro; para la cantidad, lo completo y lo incompleto; por
último, el objeto sube o baja, es ligero o pesado, si se trata de la
velocidad. Hay, por consiguiente, tantas especies de movimiento o de
cambio como especies tiene el ser en sí mismo (425).
En cada género de seres se da el ser en potencia y el ser en acto.
Llamo movimiento a la actualidad de lo posible en tanto que posible.
Veamos la prueba de la exactitud de esta definición. Cuando hay
posibilidad de construcción, mediante el paso al acto en esta cualidad
misma, decimos que hay acto en tanto que hay construcción, y esto es lo
que constituye la construcción.
Lo mismo acontece con la enseñanza, la curación de una enfermedad, la
rotación, la marcha, el salto, la degeneración, el crecimiento. Se sigue
de aquí que hay movimiento durante esta clase de actualidad, no antes, ni
después; y el movimiento es la actualidad de lo que existe en potencia,
cuando la actualidad se manifiesta, no en tanto que el ser es, sino en
tanto que móvil. Y he aquí lo que yo entiendo por en tanto que móvil. El
metal es la estatua en potencia; sin embargo la actualidad del metal en
tanto que metal no es el movimiento que produce la estatua. La noción del
metal no implica la noción de una potencia determinada. Si hubiese entre
estas nociones identidad absoluta, esencial, entonces la actualidad del
metal sería cierto movimiento. Pero no hay identidad como lo prueba el
examen de los contrarios. La potencia de gozar salud y la de estar enfermo
no son una y sola cosa, sin lo cual la salud y la enfermedad serían
idénticas. Y, sin embargo, el sujeto de la salud y el de la enfermedad no
son más que una y sola cosa, ya sea aquél los humores o la sangre. Puesto
que no hay identidad en el caso en cuestión, ni tampoco entre el color y
el objeto visible, se sigue de aquí que la actualidad de lo posible en
tanto que posible constituye el movimiento.
Esto es el movimiento; durante esta especie de actualidad el objeto
se mueve, no antes ni después; esto es completamente evidente. Todo objeto
puede tan pronto darse como no darse en acto. Y así, de una parte lo que
puede ser construido en tanto que puede ser construido, y de otra la
actualidad de lo que puede ser construido en tanto que puede ser
construido; he aquí la construcción. La construcción es: o la actualidad
misma o la casa. Pero cuando es una casa, la posibilidad de construir no
existe ya: lo que podía ser construido está ya construido. Es preciso que
el acto verdadero sea en este caso una construcción, porque la
construcción es un movimiento. El mismo razonamiento tiene lugar respecto
de los demás movimientos.
Una prueba de que nosotros no nos hemos equivocado, nos la
suministran los sistemas de los demás filósofos sobre el movimiento y la
dificultad que experimentan al definirlo de otra manera que como nosotros
lo hemos hecho. Sería imposible colocarlo en otro género que en el que
nosotros le hemos asignado; esto se advierte en sus mismas palabras. Hay
unos que llaman al movimiento una diversidad, una desigualdad, el no-ser;
cosas todas que no implican necesariamente el movimiento. El cambio no se
reduce a estos principios más que a sus opuestos, ni tampoco sale de
ellos. Lo que hace que se reduzca a los principios negativos es que el
movimiento parece algo indefinido. Ahora bien, principios que componen la
serie negativa son indefinidos, porque indican la privación, mientras que
ni la esencia, ni la cualidad, ni ninguna de las otras categorías son
principios indefinidos. La causa de que el movimiento parezca indefinido
es que no puede reducir ni a la potencia, ni al acto de los seres, porque
ni la cantidad en potencia se mueve necesariamente, ni la cantidad en
acto.
El movimiento es, pues, al parecer, una actualidad, pero una
actualidad imperfecta, y la causa de esto es que la potencia al pasar al
acto es una potencia imperfecta; y he aquí por qué no es fácil concebir la
naturaleza del movimiento. En efecto, sólo podía reducírsele a la
privación, o a la potencia pura y simple, o al acto puro y simple; pero es
evidente que ninguno de estos principios puede constituirle. Resta, pues,
que sea lo que ya hemos dicho, a saber: que el movimiento es una
actualidad y no es una actualidad; cosa difícil de comprender, pero que al
menos es posible.
Es claro, por otra parte, que el movimiento existe en el objeto
móvil, porque el movimiento es la actualidad del objeto móvil producida
por el motor. Además, la actualidad del motor no difiere de la actualidad
del móvil. Para que haya movimiento es preciso que haya actualidad del uno
o del otro. Ahora bien, la potencia del motor es el principio del
movimiento: su actualidad es este principio que produce el movimiento;
pero este movimiento es la actualidad misma del objeto móvil. No hay, por
tanto, más que una sola actualidad para ambos. Por lo demás, la misma
distancia hay de uno a dos que de dos a uno, de abajo arriba que de arriba
abajo, sin que haya, sin embargo, unidad de ser entre estas cosas: tal es
la relación del motor con el objeto en movimiento.
- X -
El infinito (426) es, o lo que no se puede recorrer, porque está en
su naturaleza el no poder ser recorrido, a manera que el sonido es
invisible, o lo que no puede acabar de recorrer, o lo que no se recorre
sino difícilmente o, en fin, lo que no tiene término, ni límite, aunque
sea susceptible tenerlo por su naturaleza. También hay el infinito por
adición o sustracción, o adición y sustracción a la vez (427).
El infinito no puede tener una existencia independiente, ser algo por
sí mismo, y al mismo tiempo ser un objeto sensible. En efecto, si no es
una magnitud, ni una cosa múltiple; si es el infinito sustancialmente y no
accidentalmente, debe de ser indivisible, puesto que todo lo divisible es
una magnitud o una multitud. Pero si es indivisible no es infinito, a no
ser que sea en el mismo concepto que el sonido es invisible. Pero no es de
este infinito del que se habla ni del que nosotros nos ocupamos, y sí del
infinito sin límites. ¿Cómo, por otra parte, es posible que el infinito
exista en sí, cuando el número y la magnitud de los cuales no es el
infinito más que un modo, no existen por sí mismos? Por lo demás, si el
infinito es accidental, no podrá ser, en tanto que infinito, el elemento
de los seres, así como lo invisible no es el elemento del lenguaje, no
obstante la invisibilidad del sonido. Por último, el infinito no puede
evidentemente existir en acto, porque entonces una parte cualquiera tomada
en el infinito sería a su vez infinita, habiendo identidad entre la
esencia de lo infinito y el infinito, si el infinito tiene una existencia
sustancial, y no es el atributo de un sujeto. El infinito será, por lo
tanto, o indivisible, o divisible, susceptible de ser dividido en
infinitos. Pero un gran número de infinitos no puede ser el mismo
infinito, porque el infinito sería una parte del infinito como el aire es
una parte del aire, si el infinito fuese una esencia y un principio (428).
El infinito es indivisible. Lo que existe en acto no puede ser infinito,
porque hay necesariamente cantidad en lo que existe en acto. El infinito
es, pues, accidental. Pero dijimos que en tal caso no podía ser un
principio, pues el principio es aquello de que el infinito es un
accidente, el aire, el número par.
Tales son las consideraciones generales relativas al infinito: vamos
a demostrar ahora que el infinito no forma parte de los objetos sensibles.
Un ser limitado por superficies: he aquí la noción de cuerpo; no hay,
pues, cuerpo infinito, ya sea sensible, ya inteligible (429). El número
mismo, aunque independiente, no es infinito (430), porque el número, como
todo lo que tiene un número, puede contarse. Si pasamos a los objetos
físicos, prueba que no hay cuerpos infinitos lo siguiente: un cuerpo
infinito no podría ser un cuerpo compuesto, ni un cuerpo simple. No es un
cuerpo compuesto desde el momento en que los cuerpos componentes son
limitados en número. Es preciso, en efecto, que en lo compuesto haya
equilibrio entre los elementos contrarios, y ninguno de ellos debe ser
infinito. Si uno de dos cuerpos constituyentes fuese de alguna manera
inferior en potencia, el finito sería absorbido por el infinito. Por otra
parte, es imposible que cada uno de los elementos sea infinito. El cuerpo
es el que tiene dimensión en todos sentidos, y el infinito es aquello cuya
dimensión no tiene límites: y si hubiese un cuerpo infinito, sería
infinito en todos sentidos.
El infinito tampoco puede ser un cuerpo uno y simple ni, como algunos
pretenden, una cosa fuera de los elementos, y de la que provienen los
elementos. No existe semejante cuerpo fuera de los elementos, porque todos
los cuerpos se resuelven, y nada más, en los elementos de donde provienen.
Es evidente que no hay fuera de los cuerpos simples un elemento como el
fuego, por ejemplo, o cualquier otro; porque sería preciso que fuese
infinito, para que el todo, aun siendo finito, pudiese ser o devenir este
elemento, como en el caso de que habla Heráclito, el todo, dice, deviene o
se hace fuego en ciertas circunstancias (431).
El mismo razonamiento cabe respecto de la unidad, que los físicos
colocan fuera de los elementos. Todo cambio se verifica de lo contrario a
lo contrario, de lo frío a lo caliente, por ejemplo. Mas el cuerpo
sensible ocupa un lugar determinado, y es el mismo lugar el que contiene
el todo y sus partes: el todo y las partes de la tierra están también en
el mismo lugar. Luego si el todo es homogéneo, o será inmóvil o estará en
perpetuo movimiento; pero la última suposición es imposible. ¿Por qué se
dirigiría hacia arriba más bien que hacia abajo o en una dirección
cualquiera? Si el todo fuese una masa de tierra, por ejemplo, ¿en qué
punto podría moverse o permanecer inmóvil? El lugar que esta masa ocupa,
el lugar de este cuerpo infinito, es infinito, y la masa le llenaría, por
tanto, por entero. ¿Y cómo puede ser así? ¿Cuál puede ser en este caso la
inmovilidad, cuál puede ser el movimiento? ¿Habría inmovilidad en todas
las partes del lugar? Entonces jamás habría movimiento. Por el contrario,
¿hay movimiento en todas las partes del lugar? Entonces jamás habrá
reposo. Pero si hay heterogeneidad en el todo, los lugares están entre sí,
en la misma relación que las partes que ellos contienen. Por lo pronto, no
hay unidad en el cuerpo que constituye el todo, sino unidad por contacto.
Luego o el número de las especies de cuerpos que le componen es finito o
es infinito. No es posible que este número sea finito; sin esto habría
cuerpos infinitos, otros que no lo serían, siendo el todo infinito: lo
sería el fuego, por ejemplo, o el agua. Pero semejante suposición es la
destrucción de los cuerpos finitos. Mas si el número de las especies de
cuerpos es infinito, y si son simples, habrá una infinidad de especies de
lugares, de especies de elementos. Ahora bien, esto es imposible: el
número de las especies de lugares es finito (432); luego el número de las
especies de cuerpos que componen el todo es necesariamente finito.
En general, un cuerpo no puede ser infinito, y de igual modo tampoco
el lugar que contiene los cuerpos, puesto que todo cuerpo sensible es
pesado o ligero. El cuerpo infinito tendría un movimiento, ya horizontal,
ya de abajo a arriba. Pero ni el infinito todo y entero podría ser
susceptible de semejante movimiento, ni la mitad del infinito, ni una
parte cualquiera del infinito. ¿Cómo establecer la distinción, y por qué
medio determinar que esto es lo bajo del infinito, aquello lo alto, el
fin, el medio? Por otra parte, todo cuerpo sensible está en un lugar. Pero
hay seis especies de lugar (433). ¿Dónde encontrarlas en el caso de la
existencia de un cuerpo infinito? En una palabra, si es imposible que el
lugar sea infinito, lo es que lo sea el cuerpo mismo. Lo que está en algún
lugar está en alguna parte, es decir, que está arriba, abajo, o en los
otros lugares. Ahora bien, cada uno de éstos es un límite.
No hay identidad entre el infinito en la magnitud, el infinito en el
movimiento y el infinito en el tiempo; no son una sola y misma naturaleza.
De estos tres infinitos, el que sigue se dice infinito por su relación con
el que precede. A causa de su relación con la magnitud que experimenta un
movimiento, una alteración, un aumento, se dice que es el movimiento
infinito. El tiempo es infinito a causa de su relación con el movimiento
(434).
- XI -
El ser que muda o experimenta un cambio accidental, como si el músico
se pasea, o tiene en sí algo que muda, y éste es el cambio propiamente
dicho (435). Todo cambio parcial está en este último caso: se cura el
cuerpo, porque se cura el ojo. En fin, hay aquello cuyo movimiento es
esencial y primero; quiero decir, lo que es móvil en sí (436). La misma
distinción cabe respecto al motor. Se mueve accidental, parcial o
absolutamente. Todo movimiento supone un primer motor, una cosa movida, en
un cierto tiempo, a partir de cierto punto y hacia cierto término. Las
formas, modificaciones, lugares, que son el fin del movimiento de los
seres que se mueven, son inmobles, como la ciencia, el calor. No es el
calor un movimiento, no es la calefacción.
El cambio no accidental no se encuentra en todos los seres, sino
solamente en los contrarios y en los intermedios, y en los seres respecto
de los cuales hay afirmación y negación. La inducción confirmará esto que
anticipo.
El cambio es, en los seres que mudan, un tránsito, o de un sujeto a
otro sujeto, o de lo que no es sujeto a otro sujeto; y llamo sujeto
aquello que se asienta por la afirmación. Hay, por tanto, necesidad de
tres especies de cambios, porque el cambio de lo que no es sujeto a lo que
no es sujeto no es un verdadero cambio. Aquí no hay contrarios, no hay
tampoco afirmación y negación, no habiendo oposición. El tránsito de lo
que no es sujeto al estado del sujeto, en cuyo caso hay contradicción,
este cambio es la producción; producción, absolutamente hablando, desde el
punto de vista absoluto; producción determinada, si se trata de un ser
determinado. El cambio de un sujeto en lo que no es sujeto, es
destrucción: destrucción, absolutamente hablando, desde el punto de vista
absoluto; destrucción determinada si se trata de un ser determinado.
Si el no ser se toma en muchas acepciones, y si el ser que consiste
en la conveniencia o disconveniencia del atributo con el sujeto (437) no
puede moverse, lo mismo sucede con el ser en potencia, con el ser opuesto
al ser propiamente dicho. Sin embargo, puede haber movimiento accidental
de lo que no es blanco o de lo que no es bueno; lo no blanco puede ser un
hombre. Pero lo que no tiene absolutamente existencia determinada no puede
jamás moverse; es imposible, en efecto, que el no ser esté en movimiento.
Por consiguiente, es imposible que la producción sea un movimiento, porque
lo que deviene es el no ser. Sólo accidentalmente, sin duda alguna, es
como el no ser deviene (438); es cierto, sin embargo, que el no ser es el
fondo de lo que deviene, o llega a ser en el sentido propio de esta
expresión (439). Lo mismo sucede con respecto al reposo. He aquí
dificultades insuperables. Añádase a esto que todo objeto en movimiento
está en un lugar. Pero el no ser no está en un lugar, pues de otro modo
estaría en alguna parte; luego la misma destrucción no es un movimiento.
En efecto, lo contrario al movimiento es un movimiento o el reposo; luego
lo contrario de la destrucción es la producción.
Puesto que todo movimiento es un cambio; puesto que de los tres
cambios que hemos enumerado, el cambio por la producción y el cambio por
la destrucción no son movimientos, bien que sean el tránsito de lo
contrario a lo contrario, no hay, de toda necesidad, más que un solo
cambio verdadero, que es el sujeto en un sujeto. Los sujetos son o
contrarios o intermedios. La privación es lo contrario del sujeto (440), y
a veces una expresión afirmativa resigna la privación, como en estos
ejemplos: ciego, negro.
- XII -
Las categorías del ser son la esencia, la cualidad, el lugar, la
acción y la pasión, la relación, la cantidad, etc.; el movimiento, por
tanto, presenta necesariamente tres casos: movimiento en la cualidad,
movimiento en la cantidad, movimiento en el lugar. No hay movimiento [en
relación] a la esencia, porque no hay cosa alguna que sea lo contrario de
la esencia, no hay nada que lo sea de la relación. Si no hay cambio en
algo que no es la relación misma, no hay cambio en la relación; de donde
se sigue que el movimiento en las relaciones no es más que un movimiento
accidental (441). Lo mismo sucede respecto del agente y del ser que padece
la acción, del motor y del ser en movimiento, pues jamás hay movimiento de
movimiento, producción de producción ni, en una palabra, cambio de cambio.
Podría haber dos maneras de admitir un movimiento de movimiento.
Podría ser como movimiento en un sujeto, del mismo modo que el hombre está
en movimiento, porque de blanco que era se ha cambiado en negro. De esta
manera, el movimiento experimentaría el calentamiento, el enfriamiento, el
cambio de lugar, el aumento. Pero esto es imposible, porque el cambio no
puede ser un sujeto. O sería el movimiento de movimiento el cambio que
realiza el tránsito de un sujeto a un sujeto de especie diferente, como el
tránsito en el hombre de la enfermedad a la salud. Pero esto mismo es
imposible como no sea accidentalmente. En efecto, todo movimiento es el
tránsito de un estado a otro estado; la producción misma y la destrucción
se encuentran en este caso. Sin embargo, los cambios que son el tránsito
de un estado a otro estado opuesto, no son siempre movimientos. Supongamos
que hay cambio de la salud a la enfermedad, y al mismo tiempo tránsito de
este cambio mismo a otro cambio. Es evidente, sin duda alguna, que si el
ser en cuestión está enfermo, puede experimentar al mismo tiempo un cambio
de cualquier otra naturaleza, porque nada impide que no esté entonces en
reposo. Pero el cambio es siempre de una especie determinada, es siempre
el tránsito de un estado al estado opuesto. El estado opuesto al estado de
enfermedad sería la vuelta a la salud. Pero éste no es más que un cambio
accidental, como el del ser que pasa del recuerdo al olvido; porque el ser
en quien se verifica esta clase de cambio, pasa tan pronto de la
ignorancia a la ciencia, como de la enfermedad a la salud. Por último, si
hay cambio de cambio, producción de producción, será preciso ir hasta el
infinito. Si el cambio posterior tiene lugar, es de toda necesidad que el
que es anterior tenga también lugar en este supuesto. Admitamos, por
ejemplo, que el devenir, absolutamente hablando, deviniese en cierta
circunstancia; en este caso también devendría aquello que devenía
absolutamente hablando. Por consiguiente, lo que devenía absolutamente
hablando, no existía aún; lo que existe es lo que deviene o se hace algo,
o aquello que ha devenido o se ha hecho ya algo. Por esto que devenía,
absolutamente hablando, devenía igualmente en cierta circunstancia,
devenía o se hacía algo; ¿por qué, pues, no existía aún?
En una serie infinita no hay primer término, no habrá primer cambio,
ni tampoco cambio que se ligue al primero; por tanto, no es posible que
nada devenga, o se mueva, o experimente un cambio. Y luego el mismo ser
experimentaría a la vez los dos movimientos contrarios, el reposo, la
producción y la destrucción; de suerte que lo que deviene perece en el
caso en que aquello que deviene deviniese aún, porque no existe ya, ni en
el instante mismo de este devenir, ni después de este devenir, y lo que
perece debe existir. Es preciso que lo que deviene, así como lo que
cambia, tenga una materia. ¿Qué movimiento, qué producción podrá tener,
como el cuerpo sujeto a alteraciones, o como el alma, una existencia
determinada, y que fuese aquello que deviene? ¿Y cuál sería el fin del
movimiento? El movimiento es tránsito de un sujeto de un estado a otro; el
fin del movimiento no debe ser un movimiento. ¿Cómo había de ser un
movimiento? La enseñanza no puede tener por fin la enseñanza; no hay
producción de producción.
Por lo tanto, el movimiento no se realiza ni en la esencia, ni en la
relación, ni en la acción y la pasión. Resta que se verifique en la
cualidad, en la cantidad, en el lugar, porque en cada una de estas
categorías hay contrariedad.
Llamo en este caso Cualidad, no a la cualidad en la sustancia (porque
la diferencia misma sería una cualidad), sino la facultad de ser
modificado, lo que hace que un ser sea o no susceptible de ser modificado.
Lo Inmóvil es lo que no puede absolutamente moverse; lo que no se
pone en movimiento sino con dificultad, empleando mucho tiempo o
lentamente; aquello que siendo susceptible por su naturaleza de
movimiento, no puede moverse cuando, donde y como pide su naturaleza el
moverse. Lo que yo llamo reposo, sólo se dice de los seres inmóviles,
porque el reposo es lo contrario del movimiento, y por consiguiente debe
ser una privación en el sujeto.
Reunión con relación al lugar (442) se dice de los seres que están
primitivamente en un solo y mismo lugar. Separación se dice de los seres
que están en diferentes lugares.
Hay Contacto cuando hay reunión de las extremidades de los objetos en
el mismo lugar.
Lo Intermedio es aquello por donde pasa el ser que muda antes de
llegar al término a que camina, en el cambio que permite su naturaleza,
todo ser cuyo cambio es continuo.
Lo Contrario con relación al lugar es lo que está más distante en
línea recta.
Consecuente se dice cuando entre un ser y el principio de donde
procede, sea por posición, por forma, cualquiera otra manera determinada,
no hay intermedio que forme parte del mismo género, y es lo que sigue como
consecuencia. Así las líneas vienen después de la línea, las mónadas
después de la mónada, etcétera. Pero nada impide que haya un intermedio de
otro género, porque lo consiguiente es siempre resultado de algo
posterior: la unidad no lo es de dos, el primer día de la Luna no es
consiguiente del segundo.
La Adherencia es el contacto con lo que se sigue.
Todo cambio tiene lugar en los opuestos, es decir, en los contrarios
y en la contradicción. No hay medio entre las cosas contradictorias:
evidentemente entre los contrarios es donde se encuentra el intermedio.
La Continuidad es una especie de adherencia o de contacto. Se dice
que hay continuidad cuando los límites en que dos seres se tocan y se
continúan el uno al otro, se confunden entre sí. Se ve entonces que la
continuidad se encuentra en los seres que son susceptibles por su
naturaleza de llegar a ser o hacerse un ser único por contacto, y que la
sucesión es el principio de la continuidad. En consiguiente no está en
contacto; pero lo que está es consiguiente. Si hay continuidad, hay
contacto; pero si no hay más que contacto, no hay todavía continuidad. En
cuanto a los seres que son susceptibles de contacto, no hay conexión. De
aquí se sigue que el punto no es lo mismo que la mónada, porque los puntos
son susceptibles de tocarse, mientras que las mónadas no lo son; no hay en
cuanto a ellas más que la sucesión; hay, por último, un intermedio entre
los puntos; no lo hay entre las mónadas.
Libro duodécimo
I. De la esencia. -II. De la esencia susceptible de cambio y del cambio.
-III. Ni la materia ni la forma devienen. -IV. De las causas, de los
principios, de los elementos. -V. De los principios de los seres
sensibles. -VI. Es preciso que exista una esencia eterna, causa primera de
todas las cosas. -VII. Del primer motor. De Dios. -VIII. De los astros y
de los movimientos del cielo. Tradiciones antiquísimas tocantes a los
dioses. -IX. De la inteligencia suprema. -X. Cómo el Universo contiene el
soberano bien.
- I -
La esencia es el objeto de nuestro estudio, porque buscamos los
principios y las causas de las esencias. Si se considera el Universo como
un conjunto de partes, la esencia es la parte primera; si como una
sucesión, entonces la esencia tiene el primer puesto, pues de ella viene
la cualidad, después la cantidad. Por lo demás, los objetos que no son
esencias no son seres propiamente hablando, sino cualidades y movimientos
(443); existen tan sólo en el mismo concepto que lo no blanco y que lo no
recto, a los cuales en el lenguaje común atribuimos la existencia, cuando
decimos, por ejemplo: lo no-blanco existe. En fin, nada puede tener una
existencia separada más que la esencia.
El ejemplo de nuestros mismos antepasados es una prueba de lo que
acabamos de asentar; porque lo que inquirían eran los principios de la
esencia, sus elementos, sus causas. Los filósofos de hoy prefieren
considerar como esencia los universales, pues que los universales son esos
géneros con que forman los principios y esencias, preocupados como están
con el punto de vista lógico. Para los antiguos, la esencia era lo
particular; era el fuego, la tierra, y no el cuerpo en general.
Hay tres esencias, dos sensibles, una de ellas eterna y la otra
perecedera; ninguna duda ocurre con respecto a esta última: son las
plantas, los animales. En cuanto a la esencia sensible eterna, es preciso
asegurarse si sólo tiene un elemento, o si tiene muchos (444). La tercera
esencia es inmóvil; y según algunos filósofos (445), tiene una existencia
independiente. Unos la dividen en dos elementos (446); otros reducen a una
sola naturaleza las ideas y los seres matemáticos (447); otros, por
último, sólo reconocen los seres matemáticos. Las dos esencias sensibles
son objeto de la física, porque son susceptibles de movimiento. Pero la
esencia inmóvil es objeto de una ciencia diferente, puesto que no tiene
ningún principio que sea común a ella y a las dos primeras.
- II -
La sustancia sensible es susceptible de mudanza. Pero si el cambio
tiene lugar entre los opuestos o los intermedios, no entre todos los
opuestos, porque el sonido es opuesto a lo blanco, sino de lo contrario a
lo contrario, hay necesariamente un sujeto que experimenta el cambio de lo
contrario a lo contrario, porque no son los contrarios mismos los que
mudan. Además, este sujeto persiste después del cambio, mientras que el
contrario no persiste. Hay, pues, además de los contrarios, un tercer
término: la materia. Hay cuatro clases de cambio: cambio de esencia lo
constituyen la producción y la destrucción propiamente dichas; el cambio
de cantidad, el aumento y la disminución; el cambio de cualidad, la
alteración; el cambio de lugar, el movimiento. El cambio debe verificarse
entre contrarios de la misma especie (448), y es preciso que la materia,
para mudar del uno al otro, los tenga ambos en potencia. Hay dos clases de
ser: el ser en potencia y el ser en acto; todo cambio se verifica pasando
de uno a otro, de lo blanco en potencia a lo blanco en acto. Lo mismo
sucede respecto al aumento y disminución. Se sigue de aquí que no es
siempre accidental el que una cosa provenga del no-ser. Todo proviene del
ser; pero sin duda del ser en potencia, es decir, del no-ser, en acto.
Esta es la unidad de Anaxágoras, porque este término expresa mejor su
pensamiento que las palabras: todo estaba confundido; esta es la mezcla de
Empédocles y Anaximandro, y esto es lo que dice Demócrito: todo existía a
la vez en potencia, pero no en acto. Estos filósofos tienen, pues, alguna
idea de lo que es la materia.
Todo lo que cambia tiene una materia; pero hay diferencias. Aquellos
seres eternos que, sin estar sometidos a las leyes de la producción son,
sin embargo, susceptibles de ser puestos en movimiento, tienen una
materia, pero una materia diferente: esta materia no ha sido producida;
está sujeta sólo al cambio de lugar.
Podría preguntarse de qué no-ser provienen los seres, porque el
no-ser tiene tres acepciones (449). Si hay realmente el ser en potencia,
de él es de quien provienen los seres; no de todo ser en potencia, sino
tal ser en acto de tal ser en potencia. No basta decir que todas las cosas
existían confundidas, porque difieren por su materia. ¿Por qué si no se
han producido una infinidad de seres y no un solo ser? La inteligencia en
este sistema es única y si no hubiera habido más que una materia, sólo se
hubiera convertido en acto aquello que hubiera sido la materia en
potencia.
Por lo tanto, hay tres causas, tres principios: dos constituyen la
contrariedad, de una parte la noción sustancia y la forma, de la otra la
privación; el tercer principio es la materia.
- III -
Probemos ahora que ni la materia ni la forma devienen; hablo de la
materia y de la forma primitivas (450). Todo lo que muda es algo, y el
cambio tiene una causa y un fin. La causa es el primer motor, el sujeto es
la materia, y el fin es la forma. Se caminaría, por tanto, hasta el
infinito, si lo que deviene o llega a ser fuese, no sólo el bronce
cilíndrico, sino la misma forma cilíndrica o el bronce: es preciso, pues,
pararse (451). Además, cada esencia proviene de una esencia del mismo
nombre (452), como sucede con las cosas naturales, las cuales son esencias
y lo mismo con los demás seres, porque hay seres que son producto del arte
y otros que vienen de la naturaleza, o de la fortuna, o del azar (453). El
arte es un principio que reside en un ser diferente del objeto producido;
pero la naturaleza reside en el objeto mismo, porque es un hombre el que
engendra un hombre (454). Respecto a las demás causas, no son más que
privaciones de estas dos.
Hay tres clases de esencia: la materia, que no es más que en
apariencia el ser determinado, porque las partes entre las que no hay más
que un simple contacto y no conexión no son más que una pura materia y un
sujeto; la naturaleza, es decir, esta forma, este estado determinado a que
va a parar la producción; la tercera esencia es la reunión de las dos
primeras, es la esencia individual, es Sócrates o Calias.
Hay objetos cuya forma no existe independientemente del conjunto de
la materia y de la forma, como sucede con la forma de una casa, a menos
que por forma se entienda el arte mismo. Las formas de estos objetos no
están, por otra parte, sujetas a producción ni a destrucción. De otra
manera existen o no existen la casa inmaterial y la salud, y todo lo que
es producto del arte. Pero no sucede lo mismo con las cosas naturales.
Así, Platón ha tenido razón para decir que no hay más ideas que las de las
cosas naturales, si se admite que puede haber otras ideas que los objetos
sensibles, por ejemplo, las del fuego, de la carne, de la cabeza; cosas
todas que no son más que una materia, la materia integrante (455) de la
esencia por excelencia (456).
Preguntemos ahora si subsiste algo después de la disolución del
conjunto. Tratándose de ciertos seres nada se opone a ello: el alma, por
ejemplo, está en este caso, no el alma toda, sino la inteligencia, porque
respecto del alma entera será quizá aquello imposible.
Es, por lo tanto, evidente que en todo lo que acabamos de ver no hay
razón para admitir la existencia de las ideas. Un hombre engendra un
hombre; el individuo engendra el individuo. Lo mismo sucede en las artes:
la medicina es la que contiene la noción de la salud.
- IV -
Las causas y los principios son distintos en los diferentes seres
desde un punto de vista, y desde otro punto no lo son. Si se les considera
generalmente y por analogía, son los mismos para todos los seres. Podría
plantearse esta cuestión: ¿hay diversidad o identidad de principios y de
elementos entre las esencias, las relaciones y, en una palabra, cada una
de las categorías? Pero es un absurdo admitir la identidad de principios,
porque entonces provendrían de los mismos elementos las relaciones y la
esencia. ¿Cuál sería entonces el elemento común? Y fuera de la esencia y
de las otras categorías no hay nada que sea común a todos los seres,
porque el elemento es anterior a aquello de que es elemento. Tampoco es la
esencia del elemento de las relaciones, ni una relación cualquiera el
elemento de la esencia. ¿Cómo, por otra parte, es posible que los
elementos sean los mismos para todos los seres? Jamás podrá haber
identidad entre un elemento y lo que se compone de elementos, entre B o A,
por ejemplo, y B A. Tampoco hay un elemento inteligible, como la unidad o
el ser, que pueda ser el elemento universal; estos son caracteres que
pertenecen a todo compuesto. Ni la unidad ni el ser pueden ser esencia ni
relación y, sin embargo, esto sería necesario. No tienen todos los seres
los mismos elementos, o más bien, y ésta es nuestra opinión, hay identidad
desde un punto de vista y desde otro no lo hay. Y así, en los cuerpos
sensibles, la forma es lo caliente, y de otra manera lo frío, es decir, la
privación de lo caliente; la materia es el principio que de suyo encierra
en potencia estos dos opuestos. Estos tres elementos son esencias, así
como los cuerpos que constituyen y de lo que son ellos principios. Todo
aquello que lo caliente y lo frío pueden producir que sea uno, como carne
o un hueso, por ejemplo, es una esencia, porque estos cuerpos tienen
necesariamente entonces una existencia distinta de la de los elementos de
que provienen.
Los cuerpos tienen los mismos elementos y los mismos principios; pero
los principios y los elementos difieren en los diferentes cuerpos. Sin
embargo, no se puede decir de una manera absoluta que haya identidad de
principios para todos los seres, a no ser por analogía; y por esta razón
se dice que no hay más que tres principios: la forma, la privación y la
materia. Cada principio es diferente para cada género de seres: para el
color es lo blanco, lo negro, la superficie; la luz, las tinieblas y el
aire son los principios del día y de la noche.
Los elementos constitutivos no son las únicas causas; hay también
causas externas, como el motor. Es claro, conforme a esto, que el
principio y el elemento son dos cosas diferentes. Ambos son causas; uno y
otro están comprendidos en el término general de principio, y el ser que
produce el movimiento o el reposo es también un principio (457).
Así pues, desde el punto de vista de la analogía, hay tres elementos
y cuatro causas, o cuatro principios; y desde otro punto de vista hay
elementos diferentes para los seres diferentes, y una primera causa motriz
diferente también para los diferentes seres. Salud, enfermedad, cuerpo: el
motor es el arte del médico; forma determinada, desorden, ladrillos: el
motor es el arte del arquitecto. Tales son los principios comprendidos
bajo el término general de principio. Por otra parte, puesto que respecto
de los hombres, productos de la naturaleza, el motor es un hombre,
mientras que para los seres que son productos del arte el motor es la
forma o lo contrario de la forma (458), resulta que de una manera hay tres
causas, de la otra cuatro; porque el arte del médico es en cierto modo la
salud; el del arquitecto la forma de la casa, y es un hombre el que
engendra un hombre. Por último, fuera de estos principios hay el primero
de todos los seres, el motor de todos los seres.